Single
Se cerraron los cerrojos. No más. Se tragó el corazón. Casi
todas las mujeres casadas podían ser seducidas. Pasó tranca. No había amor.
Estaba listo para la jugada ruda. Sin dulces romances.
Todas las canciones de amor que el submundo de la telenovela
había inventado conducían a lo mismo: tres años de luna de miel, un chamo, un
divorcio, un corazón roto.
Era crecer. Hacerse hombre. Adulto. Abandonar la fantasía
católica, el ensueño poético; había que darse un apretón de manos con el
Diablo.
André se quedaría soltero. Se compraría un depto single y
trataría de hacer tanta plata como le fuera posible. El dinero sí era una
medida.
Sería un sugar de cuerpo atlético y aceitado. La crisis del
matrimonio católico hacía parte de la miseria humana del siglo XXI, pero ya no
era más su asunto. Que viera el papa.
Su padre, su abuelo, todos los hombres de su familia habían
sido unos putos. “De casta le viene al galgo”, pensó y dio una calada a un
cigarrillo King size.
Cualquier mujer podría ser infiel. “Yo no confiaría en nadie”,
le había concluido en las narices un buen amigo, en medio de una conversación
sobre el tema.
Al final, había comprendido que la mejor compañía es uno
mismo, y uno solo cuenta en esta vida con uno mismo.
¿Machista? No: realista. André, además, era bisexual.
Bastaba. Ya no más curas. Ni una castidad forzada por el Catecismo.
“Pa’ tirar lo que hacen falta son las ganas”, solía decir su
papá. Y a sus 48 años lo veía con entera claridad. Siempre hay alguien que le
da. Sea macho. Sea hembra.
Ya hacían varios años de un amor platónico estilo José José:
40 y 20. Se alcoholizó. Tontamente. Por una carajita de 20 años que pasó la
mopa con él.
Esa era la barajita que le faltaba. Ese había sido el último
coñazo. Por fin se había desengañado. Estaba listo para la jugada ruda. Sin
dulces romances.
A la muerte de su madre, vendería todo, y se iría a Bogotá,
a París, a Madrid, a donde fuera. Venezuela era una poceta.
Y supo que solo se vive una vez. Que ya iba siendo “caballo
viejo”, y que –después de esta vida- no hay otra oportunidad.
Se sumergió en la oscuridad. Sin sombra no hay luz. Seguía
siendo católico. Pero le parecía un chiste todo el tiempo que había tirado por
la ventana.
Le gustaban las hembras, y los hombres. Pero, sobre todo, le
gustaban las hembras. Estaba con Dios, y con el Diablo, pero –sobre todo- estaba
con Dios.
Se cerraron los cerrojos. No más. Se tragó el corazón.
FIN
