miércoles, 13 de diciembre de 2017

Rosa



Por Alejandro Ramírez Morón

Rosa. Se llamaba Rosa. Era negra como una perla, y su perfume se metía por las narices del más pintado: una fragancia suave y amaderada, que manaba de su entrepierna siempre perfectamente pulimentada con todo tipo de jabones y geles humectantes. Usaba un rosario blanco de marfil marroquí, con un crucifijo de plata, que coincidía felizmente con un hilo de vello enroscado, que iba a dar a su secreto más íntimo.

Ella sabía de hombres, sabía de amores, sabía de hembras, sabía de hambre. Rosa la maravillosa. ¡Qué cosa, Rosa! ¡Cuando tú vas por ahí, robando azules de corazón! Dos piernas pétreas y definidas se desbordaban en unas sandalias romanas, trenzadas sobre la batata prieta, como si Rosa fuera una amazona. “Allá va Rosa, caracha… quién pudiera…”, suspiraban los varones en la garita. Pero ella era rica, en todo sentido. En la forma y en el fondo.

Había escrito una telenovela en los buenos tiempos de RCTV, que le había permitido comprar un Mercedes Clase A, pero prefería las caminatas largas y elásticas. Le encantaba el empedrado del Boulevard del Cafetal, por ejemplo, y ver cómo los Golden Retriever paseaban como ángeles amarillos. Amor Amarillo… cristales de amor amarillo… Rosa… rosa… tan maravillosa… ay! Quién pudiera, Rosa… alguno de estos días… alguna de estas noches…

A veces, los domingos, se iba caminando hasta el kiosco de Plaza Las Américas, y compraba un par de revistas, a veces PRODUCTO, a veces GERENTE, a veces sólo miraba por mirar. “Rosa… tú tan negra… y tu novela tan rosa”, le piropeó una vez el bombero de la estación de servicio. “Rosa la que tienes tú entre las nalgas. ¿Cómo que rosa, si la protagonista muere de VIH?”, reventaron ambos en una estridente carcajada, como si el cielo de Crackas se viniera sobre las losas.

Llegó a su casa, y abrió una botella de El Record, un aguardiente barato que le calentaba las orejas y la hacía reírse como si se hubiese fumado una buena ganya. Echó a rodar Buddha Bar 12 by Ravin, y empezó a revisar las cuentas de todos los bancos. Hiperinflación. Era increíble: entre más dinero producía, más gastaba, y más le pedía la quincena. “Ay! Rosa… tú sí estás rica, tú si eres rica”, pensaba ella, una sonrisa de Mona Lisa sobre las ambiciones como un frío en el estómago.

Encendió un Belmont (“esta vaina ya es impagable”) y vio el parpadear nervioso del módem Netgear. “Coño, que no se me caiga la Internet”, masculló con el par de tragos ya colocados entre las tetas pequeñas como ciruelas. Hacker. Rosa había sido amante por años de un hacker. Podría cometer delitos informáticos, pero no se atrevía. Sabía que eso no estaba bien. Hiperinflación. Un crecimiento de los precios de 2000% al cierre de 2017.

Había que arreglarle el computador al Clase A. O tendría que seguir dando caminatas extenuantes. No es que no le gustara. Pero el Mercedes olía mejor que la mierda de la bestial Crackas.

FIN

jueves, 30 de noviembre de 2017

PÍO



Por Alejandro Ramírez Morón

Un rosario rojo. Perfume de mujer. Llevaba los estigmas en el alma. El Ávila rajaba el horizonte, como un macho cabrío, como un varón irreductible, como un sultán envenenado. La avenida Casanova era un infierno de rugidos de motor, aceite pringoso –como coños cachondos-, y pilotes de basura rancia. 3:14 pm. El vaho grasoso de una arepera le ofendió por un momento las narices, un rictus de asco le deformó por un segundo el entrecejo, mientras tomaba una bocanada de aire.

La oficina era una caja simétrica y amarillenta, repleta por todos lados de tomos innumerables, separatas soporíferas, y un puñado de trofeos de campeón sin corona. El licenciado Pío Colombres Antequera dejó reposar sobre la mesa fría un maletín aséptico de cuero italiano. Era un periódico pequeño y ortodoxo que había conocido mejores tiempos, épocas de gloria, en una Venezuela donde se podía comprar el caviar a precio de jamón endiablado.

“Joder, si me pudiera montar en un avión hoy mismo, y escapar de esta garita de país”, masculló una parrafada agria que se le atoró por un momento en el esófago. Tomó un sorbo hirviendo de café negro sin azúcar. Y se puso a contestar correos en Gmail. Gacetillas de varios diputados, artistas emergentes que nunca conocerían la fama, amantes que de vez en cuando gastaban un par de líneas –“para cuándo, dime, para cuándo”-; alumnos que hoy vería y mañana nunca más.

Allí estaba la noticia: “El presidente de Master Card quiere verlo la semana que viene. La franquicia ofrecerá detalles de facturación y otras cifras”, se leía en el correo de una asistente administrativa con la cual tenía más de 10 años de desconocimiento mutuo. Banca. Esa era la palabra clave. ¿Qué lugar tenía la banca en una república bananera? ¿En un narco estado? “El problema con nosotros es que no tenemos dónde guardar la plata”, había dicho alguna vez Escobar.

Sintió una sensación de ahogo, y una taquicardia pertinaz le sacudió por un minuto el corazón. Decidió bajar a los jardines, tomar un poco de aire fresco, y despachar un rubio ligero. El corazón de Sabana Grande estaba preñado de árboles verdes y frondosos. “¿Qué otra cosa es un árbol más que libertad?”, pensó en silencio, mientras la mirada se le perdía por unos segundos de hipnotismo brujo. Una hembra morena y carnosa pasó por la acera de enfrente, tarareando y tal.

Miró hacia el cielo despejado. 4:08 pm. Pensó que no estaría demasiado tiempo en este mundo. Así que decidió dar fuego a otro rubio ligero. Y entonces abrió punto y raya en un diálogo con Dios:

Dios.- Tal vez ahora no lo veas. Pero todo esto tendrá sus frutos. No bajes la guardia.

Pío.- Amanezco cada día con ganas de haber sufrido un infarto a media noche.

Dios.- No hay cielo sin cruz. Es el costo que debes pagar por ser quien eres.

Pío.- Vale. No te hagas rollos.

Dios.- No te los hagas tú. Ni creas que estarás por poco tiempo acá. Vivirás 100 años de libertad...

FIN

martes, 14 de noviembre de 2017

LA BESTIA NEGRA



Por Alejandro Ramírez Morón

¿De qué color es el cielo del cielo del cielo? ¿Color cielo? “No lo sé, mi cielo”, se extravió Gustavo Adolfo Michelena, en una bocanada tóxica de tabaco barato y rancio como la mirada de una prostituta. El silencio nunca reinaba en El Silencio. El Palacio Federal Legislativo era el epicentro de un terremoto político mundial. El podio de prensa se abarrotó en un enjambre peligroso de reporteros, y allí estaba ella: la diputada Perla Jung, un poco negra, otro tanto china.

-Acaba de aprobarse la Ley contra Reinas de Belleza Drogadictas y otras plagas de la Nación –disparó ante la gélida artillería de micrófonos, un taller negro azabache sujetándole las caderas marmóreas.

-¿Cuál es la pena máxima estipulada? –preguntó Michelena, los dientes manchados de tanto tabaco día y noche, un sudor espeso sobre la calva recién rasurada.

-La Miss Mujerzuela que más mujerzuela llegue a ser quedará presa para siempre…

-¿Cuánto tiempo es para siempre? –ripostó el reportero, del Daily Miracle, donde todos los días tenía lugar al menos un milagrito.

-A veces, para siempre es un instante…

Jung se deshizo entre un tumulto de escoltas armados hasta los dientes. Esa fue toda su declaración. ¿De qué color es el infierno del infierno del infierno? ¿Color infierno? “No lo sé, infierno mío”, dijo Michelena a la reportera de Pornovisión, y le clavó los dientes en la nuca, detrás del Salón Francisco de Miranda, un rumor de motores y fábricas incendiando afuera la ciudad de C-r-a-c-k-a-s, capital del infierno… algún día sucursal del cielo…

Salieron por La Ceiba, se persignaron frente a San Onofre, y caminaron hasta el motel más cercano. Una ducha helada, que se les metió entre las nalgas, cocaína, y a la mustia cama. Michelena hundió un par de dedos marcados por la nicotina entre los labios mayores de Rebeca (01 en todas la materias de la universidad, 20 puntos en la cama de todos los ejecutivos de la industria), y sintió el gel delicioso de su secreto. Los ojos se le afilaron en un negro violento.

“Pinga, mami, pinga”, le peló los dientes como un animal rabioso. El TV viejo y desvencijado que colgaba sobre la pared mostraba las escenas furiosas de un porno comercial y sintético. El polvo habrá durado –pongamos por caso- 10 minutos. Pero experimentaron un orgasmo simultáneo que recordarían hasta el día de su muerte.

-Profesor Michelena, ahora que tiene ya 80 años, y está prácticamente retirado. ¿Qué consejo puede darle a las próximas generaciones? –preguntó 40 años después una periodista nervuda y pálida como una bruja europea.

-Muerdan duro… eso es todo…

FIN


jueves, 21 de septiembre de 2017

Carlos Cruz-Diez: “El arte ya no es para las élites”




Considerado un genio del arte óptico y cinético, este emblema de la plástica venezolana tiene 93 años, y está activo como el primer día. Con varias importantes exposiciones suyas desperdigadas por el mundo, dice que la gente hoy busca el “placer y el regocijo” que sólo puede dar el arte.

Por Alejandro Ramírez Morón

Artista franco-venezolano de dimensiones planetarias, Carlos Cruz-Diez nace en Caracas, en el año 1923. Está radicado desde 1960 en París (Francia). Es uno de los emblemas más visibles del arte óptico y cinético, corriente artística que reivindica “la toma de conciencia de la inestabilidad de lo real”. Las investigaciones de Cruz-Diez dejan claro que se trata de uno de los más influyentes pensadores del color del siglo XX.
“El discurso plástico de Carlos Cruz-Diez gravita alrededor del fenómeno cromático concebido como una realidad autónoma que evoluciona en el espacio y en el tiempo, sin ayuda de la forma ni del soporte, en un presente continuo”, se lee en su web site (www.cruz-diez.com).
Las obras de este genio de la plástica se encuentran en prestigiosas colecciones permanentes como las del Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, Tate Modern (Londres), Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, Centre Pompidou (París), Museum of Fine Arts (Houston) y Wallraf-Richartz Museum (Colonia).

Todos vuelven
“Los médicos me tienen anclado en Panamá. Estoy acá por razones de salud. Ciudad de Panamá me recuerda a la Caracas de los años 50’s. Acá hay modernización y un crecimiento económico sostenido. No voy a Venezuela desde hace 10 años. El clima no me favorece”, pinta clara la cosa, el maestro Cruz-Diez.
“Hoy en día se ha popularizado mi obra en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, (Cromointerferencia de color aditivo). Pero eso tiene dos lecturas. Una mala, y es el doloroso éxodo de venezolanos. Y una buena, y es que por Maiquetía también van a regresar los venezolanos que se fueron. Cuando la gente vuelva se tendrá que tomar la foto de nuevo. Esa obra está hecha de un material indestructible”, desliza en torno al piso del terminal de salida de Maiquetía, que se ha hecho particularmente viral en redes sociales, a la luz de la feroz diáspora generada por la crisis local.
“En mis inicios fui fotógrafo, y era parte de mi trabajo plástico”, declara este icónico venezolano. En entrevista concedida a Edgar Cherubini Lecuna, para el tomo “Cruz-Diez en blanco y negro / Fotografías 1942-1986”, editado por Cruz-Diez Fundation y Fundación BBVA Provincial, que recoge una asombrosa muestra de sus trabajos iniciales como fotógrafo, el maestro dice que “desde muy niño me fascinó la posibilidad de multiplicar la imagen. Dedicaba horas a crear figuras usando los sellos de caucho destinados a la contabilidad del negocio de mi padre, estampándolos repetidamente sobre papel”, se lee en el libro, editado en 2013.
¿Una decisión importante en la vida de Cruz-Diez? A los 17 años le dijo a su padre que no quería ser bachiller, sino artista, por lo cual lo inscriben en la Escuela de Artes Plásticas. Luego, descubrir que en el mundo cromático había un campo de trabajo infinito e inexplorado, fue algo que cambió su vida, y –claro- determinó toda su obra posterior.
“Desde la infancia dibujé con creyones. Lo único que quería era dibujar y pintar. No había un interés por el dinero, lo único que me interesaba era pintar. El que busca el dinero no lo encuentra. Si uno hace algo bien, entonces el dinero llega solo”, se le oye soltar una risotada liviana, del otro lado de la bocina.

Las coordenadas de la Historia
El maestro Cruz-Diez tiene 93 años, pero habla con la soltura de un adolescente, y cada tanto sazona su declaración con alguna broma divertida o algún comentario jocoso. “Yo me interno en el arte óptico y cinético porque la pintura se había agotado. Había que buscar nuevas opciones. Cuando llego a París, había otros artistas en la misma búsqueda. Yo quería exponer mi trabajo en un lugar por donde pasaran las coordenadas de la Historia. Inmediatamente me comencé a proyectar en el mundo. No pensé en New York City (NYC), porque en ese momento no había mucho allí todavía”, explica Cruz-Diez.
Tiene casi 60 años radicado en París (Francia), y toda su obra se ha proyectado desde allá. Radicarse en París –garantiza- influyó mucho en el hecho de que sea hoy el artista plástico venezolano mejor cotizado del mundo. “El arte ha tenido en las últimas décadas un cambio. El coleccionismo antes era cosa de élites. Eso ya no es así. La clase media se ha sumado. Actualmente, alrededor de 400 millones de personas en el mundo coleccionan arte”, revela un dato increíble.
Y va a la médula de su pasión: “El arte es placer y estamos en una sociedad que busca el placer y el regocijo. Nunca antes se había leído tanto en el mundo. Nunca hubo tanta música como ahora. La comunicación inmediata, producto de las nuevas tecnologías, ha influido en esto. El arte ya no es para las élites”, se toca el corazón.
“Actualmente, estoy pasando una temporada en Panamá, esperando la inauguración de una gran exposición en los Estados Unidos, y haciendo obras de gran formato en varias partes del mundo”, da cuenta de una vida enteramente activa, este joven de 93 años.
Entretanto, algunas de las exposiciones que tiene ahora mismo son estas: Un musée imaginé. Trois collections européennes (Pompidou / Francia); In the studio (Tate Modern / UK); Split, Spiegel, Licht, Reflection (Alemania), Lightopia (MARCO / México) y Un être flottant: Carlos Cruz-Diez (Gallerie Mitterrand / Paris).

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Esta entrevista se publicó originalmente en la Edición 2do Aniversario / 2017 
Revista CÓNDOR (Aserca/SBA)




Jacobo Borges: “El Ávila me enseñó a ser pintor”

FOTO: José Alejandro Colón

Todo un emblema de las artes plásticas criollas, el pintor Jacobo Borges se confiesa 100% caraqueño. Asocia a la muerte con el río Guaire, por cierto incidente escolar, y revela que el artista hace un hueco en la pared, al cual termina por hacerse adicto. “A mí no me preocupa nada, ni añoro nada, lo único es si paso 4 meses lejos del Ávila”, se toma nuestro caos con soda.

Por Alejandro Ramírez Morón

“Yo tengo 85 años de edad. Aquiles Nazoa tenía 10 años más que yo. Él tenía 15 años, cuando yo tenía 5 años. Pero a partir, más o menos, de los 16 años tuve la suerte de tener amigos 15 o 20 años mayores que yo. Por lo tanto, yo no frecuentaba la ciudad de un muchacho de 16 años, sino la Caracas de un hombre de 26 años, o más de 30 años”, da cuenta el artista plástico, Jacobo Borges, de las múltiples máscaras de Caracas, que tuvo ocasión de vestir.
Relata que hizo –cuando tenía como 18 años- un paseo con Aquiles Nazoa. Estamos hablando del año 1948, y la Caracas que él le mostró había cambiado. Porque –dice Borges- tiene una visión de Caracas anterior a él, con las fotos de Luis Felipe Toro (Torito). “Es uno de los más grandes fotógrafos que ha existido en Venezuela. Él fotografiaba todo. Tiene millones de fotografías. Él fotografió los años 30 del siglo pasado. Yo mismo, cuando tenía 20 años, podía ver –desde donde queda hoy la Universidad Bolivariana, en Bello Monte- la Plaza Francia. No había nada que interrumpiera la visión de la Plaza Francia desde Bello Monte. Tomábamos leche de vaca”, recuerda a la sucursal del Cielo, hoy devenida capital del Infierno.
Borges llegó a viajar en tranvía, acá en Caracas. Pero hay amigos, con 15 o 20 años más que él, que le contaban que ellos se estaban afeitando, y el tranvía se detenía a esperarlos. Eso es 15 años antes de que Borges naciera; nació en 1931. Estuvo hasta el año 1957 estudiando en Europa. Entre París y esa ciudad pequeña que relata, garantiza el pintor, había un abismo. No se decía “vamos al centro”, sino “vamos a Caracas”.

Plaza Pérez Bonalde
Cuando llegó de Europa, en 1957, Caracas había cambiado mucho. Ahora había autopistas. Marcos Pérez Jiménez tumbó muchas casas. “Yo no dejé a mi mamá firmar para que tumbaran nuestra casa en Catia. Allí, yo me reunía con José Ignacio Cabrujas, en la Plaza Pérez Bonalde. Teníamos como 17 años. Estaba Emilio Santana, quien fue jefe de la página de Arte de El Nacional. Luego tuvo un programa de televisión. El gran escritor Oswaldo Trejo. Uno que fue decano de la UCV. Todos nos reuníamos en esa plaza. Cuando venía la policía corríamos, y nos perdíamos. Por la dictadura uno no se podía reunir en las plazas de noche. Ahí fue mi formación intelectual”, se pierde entre las páginas del guión de nuestra ciudad capital.
Y va a corazón de la tragedia: “Pero se podía caminar de noche. Crecimos juntos. Mario Abreu vivía en Caño Amarillo, y yo en la Plaza Pérez Bonalde, pegado de un cerro, y él me acompañaba –tenía 10 años más que yo- caminando a la medianoche. ¿Cuándo comencé a tener miedo de caminar en Caracas de noche? Regresé de París (1957) y caminaba del Centro a Catia de noche. Incluso por barrios. Hoy uno no se puede atrever a eso. Hasta 1980 yo caminaba con mi esposa, Diana, por todo el Boulevard de Sabana Grande hasta Altamira, y seguía caminando a la medianoche. Eso, de repente, ya no se pudo hacer. Una de las cosas que más me gusta es caminar de noche, y ya en los 90 había que pensarlo 2 veces. Ya en el año 2000 no se podía caminar de noche”, echa de menos el entrevistado.
“Yo he pintado el cerro Ávila. Siempre en una proporción entre el tiempo del cerro y el tiempo de la ciudad. El Ávila parece que no se mueve, es atemporal. Hice incluso un libro de dibujos que se llama ‘La montaña y su tiempo’. Pero no podría decir que en mi obra se pueda separar lo correspondiente a Caracas. Cuando yo era muchacho me sentaba en mi casa a ver el Ávila, a través de una pared rota. Y pasaba horas. Yo descubrí el color con el Ávila, cómo el color iba cambiando a cada minuto. El Ávila me enseñó a ser pintor. La influencia de Caracas es radical en mi obra. Si entiendes a Caracas como el cerro el Ávila. También todo el drama de la noche, los burdeles (fui una o dos veces), las siluetas, el agua (las lluvias de Caracas) aparecen en mi obra”.

El agua al cuello
La lluvia de Caracas llegó en Catia a su obra. Había pequeñas lagunas, y los muchachos aprovechaban de bañarse. Él no sabía nadar, lo comenzaron a insultar para que se lanzara, y lo hizo desde la parte más alta. Comenzó a ahogarse. “Me salvé porque me agarré de una rama. Desde entonces he estado varias veces en peligro de morir por el agua, incluso en una bañera. Eso es lo que se ve en mi obra. Esa relación con el agua. El agua es quizá el elemento que le da una continuidad a todo mi trabajo. Desde el Ávila se ve La Guaira. En Caracas siempre tiene uno el mar presente”, hace alusión al eterno antagonista del Ávila, el mismo mar de los deslaves.  
¿Sus recuerdos más entrañables de Caracas? Uno por supuesto las reuniones en Catia con Cabrujas, y otros amigos. Luego, unas reuniones que hacían en cierta librería que quedaba debajo de las Torres de El Silencio. También las reuniones con el Grupo Sardio, donde estaba Adriano González León, y Salvador Garmendia, entre otros.
Vivió en casa de Aquiles Nazoa, incluso. Él le dio –nos cuenta Jacobo Borges- un espacio en su casa para pintar, y siempre se lo llevaba preso (a Nazoa) la Seguridad Nacional. Él fue una influencia determinante, indica Borges, con él aprendió cómo leer. Sergio Antillano, el papá de Pablo Antillano, le enseñó a vivir el jazz, en los años 50. Alejo Carpentier le daba mucha información. El periodista Héctor Mujica. También Carlos Cruz Diez, con quien empezó a trabajar a los 14 años.  “La República del Este se reunía en Sabana Grande, en un restaurante cerca del Moulin Rouge”.
Jacobo Borges se detiene en uno de los más singulares íconos de la capital venezolana: “Cuando yo estaba en 4to grado, un compañerito inteligentísimo, de apellido Izaguirre, se ahogó en el río Guaire. Era un río normal, y crecía mucho, era incluso navegable. Izaguirre se tiró al Guaire y se ahogó, no apareció nunca. En la escuela le hicimos un homenaje, con un sacerdote. Fue mi primer contacto con la muerte. Hay un vínculo para mí entre el Guaire y la muerte. También estaba la laguna de Catia”, se deja empapar por uno de los ríos bravos más importantes de su obra.
“Yo he rotado por varias ciudades con mi trabajo. Vi casi morir unos amigos venezolanos en Nueva York. A mí no me gustaría morir en un hospital de un país extranjero. Es posible que acá no te atiendan bien, y se equivoquen los médicos, pero me encanta la mentira: siempre te dirán que estás bien. Si yo me enfermo afuera, trataré de tomar un avión para venir a morir en Caracas”.
Dice ser 100% caraqueño. Cuando está en Venezuela no se puede mover ni a 30 kilómetros de Caracas. Vive en una casa, pero hasta hace poco vivía en un apartamento. Tan solo 30 kilómetros le parece lejísimo del Ávila.

Su propia burbuja
“El pintor es como lo que eran los zapateros remendones: trabajamos en casa. Salgo muy poco. Si puedo caminar de noche no estoy preso, pero acá ya no se puede. Yo trabajo hasta las 10 pm, y a esa hora no puedo salir a caminar. Vivo en Caracas, pero no es que viva tranquilo. Es un problema conseguir la comida, y hay mucha delincuencia. Por otro lado, si yo paso 4 días sin esta pastilla (muestra un empaque de Diovan, un antihipertensivo) quedaría parapléjico y sin aire. No es fácil conseguirla. Además, nos bañamos con perolita, porque ya estamos bajo racionamiento de agua”, pinta claro nuestra más cruda realidad de hoy.
Pero se encoge de hombros, respira profundo, y se lo toma con soda: “A mí no me preocupa nada, ni añoro nada, lo único es si paso 4 meses lejos del Ávila. Yo puedo comer todos los días lo mismo, no bebo, no fumo, no frecuento restaurantes. La pintura te obliga a encerrarte 3 meses para hacer un cuadro. El problema del artista es que abre un hueco en la pared, y se hace adicto a ese hueco. Yo siento el peso de los problemas de Caracas, sin embargo, y lo único que uno puede hacer es ayudar a que eso se modifique, discutir, aportar. Hay gente que quisiera estar en París. Yo estoy acá, y no estoy en otro sitio. Caracas es caótica, y yo soy eso. Yo soy parte de Caracas”.
Jacobo Borges da la última pincelada: “Claro que quisiera ver mejor a Caracas. Yo di clases 12 años en Salzburgo. Iba cada año. Tomaba el autobús a las 9:01 am. Nunca fue un minuto antes, o después. Yo me afeitaba y calculaba exactamente el tiempo del trayecto. Si llegaba un minuto después perdía el autobús. Uno hace ese plan acá en Caracas, al chofer le parece maravilloso, lo hace dos semanas, y a la tercera semana se fastidia, y no lo hace más”. Así somos. Es verdad.

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Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista CÓNDOR (Aserca / SBA)

lunes, 21 de agosto de 2017

PAULA



Por Alejandro Ramírez Morón

Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el refulgir plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?

Cada mes que pasa me hago menos a la idea de ya no tenerte. Recuerdo el embrujo de estrellas tornasoles alborotadas en mi cabeza –como navajas- que fue amarte, enamorarme de ti. Cómo hundías con ternura tus dedos largos y delicados en la maraña de mi pelo negro azabache. El piano robusto en medio de la sala de nuestro apartamento. La biblioteca ciclópea en el estudio. Las revistas regadas por el suelo. El café negro y el chocolate a media tarde.

Ahora me paso los días escuchando música sin parar. Es la única forma en que consigo apaciguar un poco los pensamientos. Creo que venderé los muebles y el apartamento. Necesito comenzar una nueva vida. Lejos de todo lo que me recuerde que tú y yo fuimos una pareja estable y hermosa. Que fuimos… que fuimos lo más bello y lo más grande…

Quizá me valla a París o a Bogotá. ¿Tú que piensas? Creo que me vendría bien cambiar de ambiente y de clima. ¿Ya encontraste una nueva pareja? ¿Qué se yo? A mí se me ha hecho difícil, pero sólo han pasado tres meses y medio. Llené nuestro viejo cuarto de rosas rojas y abrí las ventanas de par en par. El olor me recuerda tu sonrisa, que me hace tanta falta. Además compré la misma marca de champú que tú usas. No debería aferrarme. Lo sé.

¿Sabes? Siempre me gustaron tus pies, perfectamente cortados. Tus labios cremosos, limpios y rosas. Siempre me gustó ver el brillo de tu lengua rojo escarlata. Tus pestañas largas como cisnes negros. En cierta forma era música. Todo lo que nos pasaba era música. Y ahora que acabó… bueno… ¿Alguna vez podrás perdonar todo lo fuerte que fue mi manera de afrontar el final? Ojala que sí.

Yo todavía te amo. Me imagino que lo sabes. La verdad siempre se impone. Y quiero que sepas que no, que en el fondo de mi corazón, no hay nada más fuerte que el deseo de volver a estar junto a ti. Quizá más adelante podamos comprar la casa que nunca compramos, y cultivar las fresas que siempre soñamos en cultivar. Y quizá también podamos tener unos críos milagrosos, sanos y fuertes… Creo que voy a romper a llorar…

Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el refulgir plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?

I

No sé en qué año, ni en qué hora, perdí el rumbo de mis días… no sé en que trago de agua, en qué vuelta de hoja, en qué momento, al amarrarme los zapatos, se me deshizo el destino entre las muelas… cada hombre tiene un solo destino… ya lo sé… pero el mío arrastra sus cadenas cual fantasma… no sé si en algún momento debí haber girado a la izquierda, y lo hice a la derecha… no sé si perdí la vida en un instante y aún no me he dado cuenta…

¿Sabes? Es una cuestión relativa… acaso de segundos… acaso determinada por un simple pensamiento… quizá deba dedicarme a escribir y escribir hasta que me alcance la muerte… dejarlo ser… que sé yo… abandonarme… esta soledad es como una pared de hierro… tanta gente, tanta gente que ha ido y venido… no sé en qué año, ni en qué hora, perdí el rumbo de mis días…

Miro el centro de mi corazón… intento deshacer los nudos… hay que ser fuerte, Paula… en esta vida no hay otro camino que ser fuerte… en mis manos hay miles de huellas, he tenido que usarlas para amar y para matar… uno es lo que es, mi bella Paula… uno nunca cambia… cada hombre tiene un solo destino… estoy agradecido de la vida, porque te tuve entre esas, mis dos manos… porque mis manos de hierro tocaron tu cintura de papel… porque te vi reír como una niña… y también lloraste entre mis manos hasta deshacerte del dolor…

Han sido muchos años postergando lo que realmente quiero… eso me hizo el tipo irascible que rompió una relación de 10 años… el prepotente que tiró la mesa al suelo… y te gritó que eras una puta en medio de una medianoche lunar magnífica… que debió ser más bien el escenario de fondo para un buen vino… sí, me voy a dedicar a escribir… a hacer música… sin abandonar los negocios, eso sí… la vida es lo que es… yo soy lo que soy… y no puedo hacer nada por ser alguien más… ya todo está dicho… dos más dos siempre serán cinco… that’s it…  vendrá la muerte y tendrá tus ojos…

II

El domingo amaneció brillante. Me despertaron unos pajaritos que se pararon en la ventana. Anoche estuvo mi hermana con las niñas en casa, y dejaron en el suelo un lego con el que tropecé y de vaina me parto la frente del tremendo resbalón que dí al saltar de la cama… jejeje… venía de leer no sé que cosa sobre la prostitución en Bankok en una revista y lo primero que grité cuando caí al suelo fue: ¡puta madre!... ¿Puedes creer?

Sí… aquella vez te grité puta y es verdad que era una noche de estrellas… es verdad… pero ya sabes que andabas de tragos con el maldito producer ese del demonio… tienes que entender… no sé… además nos habíamos metido coca… de verdad, no sé… para colmo te habías puesto aquel vestidito negro que apenas te cubría la espalda… lo que vino después es como un mazazo en la cabeza a plena luz del día…

¿Qué pensaste cuando te montaste en ese vuelo rumbo a Barcelona? Me dejabas hecho mierda, un manojo de nervios y lágrimas. Ahí quedé, negociando con el dolor. En la tarde me fui al gimnasio y rompí a llorar en el sauna. Deben haber pensado que soy maricón. No me dejaste opción alguna. Actuaste de modo cruel y calculado. ¿Tan mal te hice sentir, en realidad? No dejaste ni un número telefónico, una dirección… sólo una nota sobre la mesa de la sala: “Me voy a España… por favor, no se te ocurra tratar de localizarme”. ¿Cómo demonios esperabas que me sintiera? Ahora me paso los días escuchando música sin parar. Sí.

III

Sí… Voy a vender este apartamento de mierda y estos muebles comprados a plazos. ¿Sabes qué? En Bogotá dejé una noviecita que bien podría sustituirte. Pensándolo mejor, no sé qué demonios te has pensado. Me la voy a llevar en teleférico a la montaña de Monserrat y le voy a mostrar el Cristo greñudo que se arrastra allá en la cima, bien en el frío: “de velo y corona, mi ángel… listo… fresco… ante Dios y ante los hombres”… tú consíguete un españolete de esos que huelen bien mal...

¡No joda, Paula! ¿Por qué demonios me dejaste tirado como un trapo sucio? Coño, yo te amaba… te amaba deep and hard… te dí mi carne, te dí mi piso, te dí mi alma, te dí una extensión de mi Master Card que ni siquiera necesitabas, te dí mis recuerdos, mis cuentos de fantasmas… te lo hubiera dado todo menos mi cuenta Gmail… esa la descubriste tu misma el día desgraciado en que me faltó hacer logout… ¿cómo te vas a poner a revisar mis correos, coño? Sí, vale, te estaba pegando cachos…

¡Coño de la madre! ¡Lo lograste! ¡Acá estoy llorando como un crío!

IV

“Flaca… no me claves… tus puñales… por la espalda… tan profundo… no me duele… no me hace mal… lejos… en el centro… de la tierra… las raíces… del amor… donde estaban… quedarán…”. No. Que va. Voy a abrir una botella de vino chileno mientras oigo este condenado tema de Calamaro. Y te voy a escribir una carta. O vuelves o no vuelves… no hay dos… de cualquier manera, vendrá la muerte y tendrá tus ojos…

Caracas, 15 de mayo de 20…

En estos momentos sobre Caracas cae una lluvia serena y pertinaz que me ensordece. Han pasado casi cuatro meses y ahora apenas me resuelvo a escribir estas líneas. No sé a qué dirección te la voy a mandar. Pero ten por seguro que voy a encontrar la indicada. ¡Ay, Paula! El ángel de tus manos quedó gravitando sobre mi cabeza…

Ahí están tus creyones Mongol, con los que hacías retratos por las tardes. Bella, mi bella Paula, mi altanera y orgullosa Paula, dime una cosa: ¿Qué demonios haces en Barcelona? ¿Venden Nutella? Sí, claro… cómo no van a vender Nutella…

Coño, Paula, cómo me haces esto. ¿De verdad hasta acá nos trajo el río? Hace nada estaba sonando Flaca, de Andrés Calamaro. Y sabes qué suena ahora, Eternal Flame, de Bangels. Te imaginarás que estoy llorando. Pero hasta aquí. Pongámonos serios, que la vaina es seria.

Es verdad que te pegué unos cachos, pero también es verdad que no has debido revisar mi correo, ni por error. Y también es verdad que tenías tiempo bebiendo en exceso con tu productor. Con tu condenado y –maldita sea la hora en que nació- productor estrella.

¡Fueron diez años, Paula! ¡Diez años! ¿Alguna vez podrás perdonar todo lo fuerte que fue mi manera de afrontar el final? Ojala que sí. Quiero que sepas que te amo con un amor redondo, azul, cabrujiano y –a esta hora- más demoledor de lo que yo quisiera.

Yo todavía te amo. Me imagino que lo sabes. La verdad siempre se impone. Y quiero que sepas que no, que en el fondo de mi corazón, no hay nada más fuerte que el deseo de volver a estar junto a ti. Quizá más adelante podamos comprar la casa que nunca compramos, y cultivar las fresas que siempre soñamos en cultivar. Y quizá también podamos tener unos críos milagrosos, sanos y fuertes… Creo que voy a romper a llorar…

Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el refulgir plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?

Yours,

A

FIN







sábado, 22 de julio de 2017

ZAPATA



Por Alejandro Ramírez Morón

Gerenció el año con mano de hierro y guante de seda. Aquella oscuridad siniestra que se había apoderado de Caracas lo hacía todo más difícil. La capital era un acertijo maligno, un garabato ilegible, un enrevesamiento de vectores negros, como maldiciones de gélidas brujas europeas; ser católico practicante no era cosa fácil, ser luz en las tinieblas era cosa que dolía, y a veces dolía mucho. A veces sentía como si un ejército impío de puñales se le clavara en el corazón.

Pero las mañanas de Caracas eran radiantes, y pensar en Eva le sembraba mariposas en el estómago, imaginar que dormía abrazado con ella le calmaba aquel vértigo ciego. Bendijo sus ojos pardos, de niña dulce y mansa; quiso tener una guitarra acústica entre los dedos, quiso tener el poder de ordenar el fin de aquella terrible era de violencia y mala saña. Extrañó la ciudad de su infancia, el Fairlane 500 de su padre, aquel olor a limpio, el cosquilleo de su aire acondicionado.

Se tendió boca arriba en la cama tibia, cerró los ojos y miró hacia adentro: allá estaba el universo-abismo, allí adentro estaba el allá afuera, el out there. Quiso llorar a gritos, quiso pedir perdón a todas las personas a las cuales había hecho daño, quiso ver a Cristo decretar una amnistía; quiso llorar a gritos. Dio un sorbo generoso a su vaso de ron con hielo, y un par de caladas varoniles a su puro cumanés. Se desnudó. Se masturbó un rato largo. Y cayó dormido toda la noche. 11:47 pm.

Soñó con mafias negras, con oficinas angulosas, con tacones lejanos, soñó que estaba en una mansión de impoluta arquitectura victoriana, y que se lanzaba por un tobogán de plástico negro, que lo escupía en una calle sucia y vacía; soñó que volaba en un Ícaro sobre temibles vastedades oscuras. Soñó con Eva, vestida de blanco y descalza, con un cáliz de plata en la mano derecha, y un ángel sobre su cabeza que le decía: “Ella vendrá por ti, pero sólo vendrá una vez”.

Despertó sobresaltado y empapado en sudor frío. Apretó fuertemente un rosario negro de plástico que tenía sobre la mesa de noche, y tocó su frente con un poco de agua bendita. Se levantó, fue a la cocina, y montó un café negro bien cargado. Más tabaco. Un café negro con un toque de ron. Se asomó al ventanal insólito y frío, como una entrada hacia otra dimensión, e inhaló con furia el aire criogénico de la madrugada. “Dios, ten piedad y misericordia de nosotros”, deslizó hacia el fresco bambolear de los árboles.

Decidió darse una ducha de agua helada, y trabajar un poco sobre dos textos que tenía descolgados y en el tintero. Entonces sintió sobre su escritorio el aletear astuto de una tara verde, verdísima. El insecto se paró sobre el módem negrísimo, y se quedó mirándolo fijamente a los ojos, como un emisario elegante y bien trajeado, como un soldado que ha venido a traer un mensaje de guerra a muerte, como un designio que se materializa de repente, sacro y mineral.

Sobre la pared comenzaron a rebotar los primeros azules del amanecer. La tara voló y salió por el ventanal con violencia nipona. El vecino cocinaba panquecas a esa hora, y el olor noble de la mantequilla se coló hasta sus narices. Cerró los ojos. Se sujetó la cabeza entre las manos masculinas. La sensación de tormento comenzó a disiparse con aquel aroma sereno. Crucifixxio Zapata entendió que había comenzado la jornada. Entró al portal de New York Times. 5:30 am.

Sonó el teléfono de su despacho. “Es Eva. Buen día, mi amor. Voy por ti en media hora”, susurró. Click.


FIN



martes, 16 de mayo de 2017

HILL



Por Alejandro Ramírez Morón

Trinitaria. Flor de Verano; así le dicen en Colombia. Las hay en mi jardín, y también en el campus. The fool on the hill. El hombre de las 1000 voces. La cuerda de Cristo. El tenor de Dios. El hombre de las 1000 mujeres. El siervo de María Santísima. El Niño del Rosario. HIRCUS. El epítome del macho cabrío. El hombre de las 1000 mujeres; de una sola mujer. Todas las mujeres en una: María Santísima. Católico, apostólico y romano. Católico de los de antes. Practicante. Fiel al Papa.

Estamos en la tierra de nadie, pero es mía. Los inocentes son los culpables… eso digo yo… que soy SU SEÑORÍA… el Rey de Espadas… no se puede caminar… sin colaborar… con SU SANTIDAD--- EL SEÑOR MATANZA /// decido quién la paga… digo quién vivirá… y entonces llegó mayo… entonces llegó ella… con sus balas y flores… 100 años de la aparición de la Vírgen de Fátima… “era una señora más brillante que el Sol”… eso dijeron los pastorcitos… THE BLACK POPE… His Holiness…

Estamos en la tierra de todos, en la vida. Sobre el pasado, y sobre el futuro, ruina sobre ruina, querida Alicia. Sal a la calle hoy, 19 de abril. “Marcha, marcha, queremos marcha”, gritan en el valle de balas. No cuentes qué hay detrás de aquel espejo, no tendrás poder… yo te lo quité… LOV3 / LOV3 / LOV3… Cristo me la dio en la Cruz de Santiago, en la Carta de Santiago… porque yo soy el pequeño fuego… que encendió el bosque entero… yo soy ese rayo… que cayó del cielo… que vino a quemarte… desde el mismo infierno… en latín… Carmen significa música y poesía…

Ellos consideran que él es sólo un tonto… pero los ojos en su cabeza… ven el mundo GIRAR… I can see the World Tonight… Linda… “pero me puede decir Linda”… THE LOV3LY LINDA… is in the hands of my lov3… AND MY LOV3 DO3S IT GOOD… (a ese ñero se lo llevan es pa’l monte)… buhrrrr… clack… clack… zigzag maligno… luna hiena… tonada de luna hiena… moto EMPIRE… 2017 es el año de los exoplanetas… de la Flor de Verano… de la sotana de San Ignacio de Loyola…

2017 es el año de Juan Pablo II, de Teresa de Calcuta, de Cristo, del vientre de la Virgen de Coromoto (patrona de v.e.n.e.z.u.e.l.a --- y de crackas) /// Un mundo para Julius. Píntame angelitos negros. BLACK HOLINESS. Santo negro. HOLINESS IS NOT ABOUT NAIVETY… Que beatifiquen a José Gregorio… y el presidente al sanatorio… 2017 es el año del sombrero de José Gregorio… el problema es el sombrero… cómo le ponemos la aureola???

Quién sabe, Alicia, este país… no estuvo hecho “porque sí”… QUE VIVA LA PATRIA DEL GENERAL BOLÍVAR… caterva de cabrones… sean varones, y den el culo… porque no deja de ser cierto… hay maricas, tan maricas, que no se atreven a serlo… métete en la autopista… en sentido contrario… y luego me cuentas… (a ese ñero se lo llevan es pa’l monte)… buhrrrr… clack… clack… zigzag maligno… luna hiena… tonada de luna hiena… moto EMPIRE… marca la milla… y arranca…

Zzzzz… Zzzzz… Zzzzz… ciao… bye bye… pompa bye bye… la película te la montás vos… SNM…

FIN

H.I.R.C.U.S



Por Alejandro Ramírez Morón

Del santo Evangelio según san Mateo 19, 3-12
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo? Él les respondió: ¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: "Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne"? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Ellos insistieron: ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse? Él le contestó: Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero al principio no era así. Ahora os digo yo que si uno se divorcia de su mujer –no hablo de prostitución- y se casa con otra, comete adulterio. Los discípulos le replicaron: Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse. Pero Él les dijo: No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el Reino de los Cielos. El que pueda con esto, que lo haga.

Ella llegó cuando él menos se lo esperaba. Ludovico no esperaba un plomazo en el pecho de ese calibre, apenas rebasada la cuarentena. Un infarto. Eso era lo único que él esperaba de su corazón. Pero un día llegó ella, como una luz que da un salto entre dos velas, y se queda alumbrando el azul de la Tierra. “Pero me puede decir Linda”. Ella era un domingo luminoso, de pan fresco, prensa, café, buena música, misa y críos milagrosos. “Y su mamita, que era linda”… Un mundo para Julius…

Aquella mañana sabatina en que se casaron, las guacamayas de Caracas gritaron particularmente duro, aletearon con violencia, fueron una carcajada desgarrando el azul transparente del cielo de la capital. H.I.R.C.U.S // Las guacas cantaban una loa a la hombría, a los ovarios de hierro de Nena, una oda a la Teología del Cuerpo, a la hostia, al Rosario, a la pureza católica romana, un canto al Ávila, una reverencia ante la inmensidad de la palabra “pareja”, que en ellos era redonda y cabrujiana.

¿Es un imperio esa luz que se apaga, o una luciérnaga? Buhrrrrr… se vieron a lo lejos los cocuyos de aquel Dodge Dart descapotable de colección, regalo de papá para salir corriendo al banquete. Ludovico vestía un traje azul rey –diseño de Mario Benguiguí-, pespunteado en la solapa, con una imagen del Jesús Misericordioso estampada sobre la espalda. Nena iba de un blanco blanquísimo (ella había diseñado el vestido de novia y lo había cosido su abuela materna), más blanco que la nieve, una corona de rosas rojas –como la de Santa Rosa de Lima- tocando sus greñas un poco rubio, otro tanto marrón tabaco.

“¡Que vivan los novios!”, reventó una algarabía de viejas pavas, y chamitos de 20 años. Ludovico recién había cumplido los 42 años, pero Nena sí que era una nena, una beba; un bebé, pues. Nena contaba apenas 21 años. Una salva mágica de fuegos de artificio resplandeció aquella mañana cualquiera de sábado sobre Caracas, y un olor a cuaderno nuevo, a paticas de niño de 5 años, a cartulina recién comprada, se esparció por cada vereda, por cada rendija, sembrando risas y luz.

Sirvieron Ying Yang de Caraota Negra, receta de Helena Ibarra. Chocolate de Paria, en bombones de María Fernanda Di Giacobbe, y un café negro de Pietro Carbone que le devolvió el alma al cuerpo a todo el mundo en aquel rumbón de antología. El vino rodó como un río de agua viva, y una banda de rock compacta y afinada (como un cuarteto de cuerdas) puso música a aquel arroz, el sarao más comentado de C.r.a.c.k.a.s en muchos años. Se fue metiendo la tarde, y –cuando ya habían tenido suficiente- Nena y Ludovico salieron por la puerta de atrás, rumbo al Hotel Tamanaco Intercontinental. Entraron borrachos a la habitación, y echaron un gran polvo deluxe.

La luna de miel sería en Cartagena, saldrían el lunes a primera hora, para alojarse en la suite presidencial del Cartagena Hilton. Al despertar el domingo siguiente (“Dios es amor”, se susurraron al oído al sentir en las pupilas un tibio rayo de Sol), pasaron un par de horas metidos en la tina, comiendo fresas con champagne, y fumando marihuana. En el plasma Sony del baño corría un documental de National Geografic sobre los osos panda, y un olor mágico a champú de durazno preñaba cada molécula del sitio, un vapor espeso apretando las paredes. Plop… plop… plop…

El lunes bajaron a Maiquetía temprano: aquel fue el primer día del resto de sus vidas. Y fueron felices para siempre. Sí. Para siempre. Tuvieron 4 hijos, y adoptaron a un niño de la calle, al cual bautizaron como Julius. Lov3. LOV3 AND P3ACE OR 3LSE… Ciao… Bye… Au revoir… C’est fini… Zzz…

FIN


jueves, 16 de febrero de 2017

AD MAJOREM DEI GLORIAM


Por Alejandro Ramírez Morón

Los pies eran su fetiche. De niña caminaba descalza en el jardín de la casa de su abuela, sólo para sentir las punzadas agudas –como tildes en un poema de Baudelaire- de las tozudas piedritas en las plantas de sus pies. Una piel blanquísima como una capa de cebolla, era el envoltorio perfecto para aquel cuerpo de ninfa, siempre perfumado y suave, vagamente cubierto por una película de vello rubio y delicado, como finos hilos dorados que pespunteaban sus formas femeninas.

Un par de tetas corpulentas y lechosas se escondían bajo aquella blusa blanca de seda, un rosario de oro muy discreto alojado entre las comisuras carnosas. Miró la montaña borracha de verdes y marrones, e inhaló con fuerza el aire frío de las 6:30 am. Bajó a los jardines del campus. Era hora de oír misa. Casi nadie merodeaba todavía. En la capilla sólo el cura –sotana negra y mirada fresca como un vaso de leche-, disponía sobre el altar la Biblia, el cáliz y la hostia.

Comulgó. Tenía el hábito de confesar cada mes y medio, o dos meses, porque para Carmen la misa no era otra cosa que una gran fiesta, en la cual si no comulgas es como si no bebieras, ni comieras, ni bailaras. Un Cristo de caoba se empinaba sobre el Sagrario, y mientras se leía el Evangelio del día, Carmen se preguntó qué cosa pasaba entre la mano, el clavo y la madera. ¿Podía morir la sangre de Cristo? ¿Qué hubiera pasado si una muestra hubiese sido sometida al microscopio?

“Podéis ir en paz”, retumbó la voz nasal del sacerdote, al tiempo que un aletear de feligreses ebrios del Espíritu Santo cruzaban apretones de manos, echaban mano de sus maletines, y empezaban a perderse en el eco sordo de los perros callejeros ladrando allende las puertas del templo. Carmen María Solano Olivares. Ese era su nombre completo. Así figuraba en la lista de asistencia de los profesores. El sol ya mordía la pasta astrosa del césped. Show time.

Dio fuego a un rubio ligero, y repasó mentalmente la estructura de la clase que le tocaba dar en una hora. Había leído una frase del Cardenal Ratzinger que sugería mantener “la mente en la Cruz”, y entendió que esa cruz también estaba en sus apuntes mentales, en el centro de toda área de diseño, en los zapatos de sus alumnos (que ella intentaba llevar por buen camino), es decir, en todo lo que había de puro y santo frente a sus ojos.

Alzó los ojos a los montes que bordeaban la universidad, miró las nubes robustas, los zamuros de Caracas describiendo siluetas inteligentes muy arriba sobre el cielo, y recordó aquellas mañanas transparentes caminando descalza en casa de su abuela. Más allá se escondía una inmensidad de astros criogénicos y galaxias minerales, que nada tenían que ver con el afán de smartphones y cigarrillos que ya se había apoderado de los jardines.

“AD MAJOREM DEI GLORIAM”, susurró muy suave, elevando el zig zag de su plegaria más allá de la estratósfera. Un helicóptero militar rompió el ensueño en un repiquetear atronador y ciego. Entonces recordó que la conversión de San Ignacio de Loyola había comenzado con una guerra. Paz.

FIN