domingo, 21 de julio de 2019

LA GUERRA LOS 60 AÑOS



Por Alejandro Ramírez Morón 

La tesis estaba precintada. Un libraco delgado pero consistente, pasta color azul rey, con el logo de la UCV impreso en un dorado brillante, y el título de aquel reportaje investigativo: “La guerra de los 60 años. Secuela de una revolución de extrema izquierda”. Unas 120 páginas reunían testimonios de torturas, acosos a la prensa, presos políticos y políticos presos. ¿Qué planteaba aquel vistoso tomo? Vendría una venganza. Que duraría 60 años.

Paca de Lastaria era uno de los dos jurados; era una gallega entrada en años, que portaba unos anteojos nacarados y que colgaba de su cuello con una cadenilla metálica. Rompió la cinta. “Ha de ser una tesis burguesa”, masculló entre la ristra de amalgamas y las maldiciones adheridas a su paladar. Era una expatriada española, de la era post Franco, atea y conspicua adepta del vendaval rojo rojito.

Leyó con los vasos capilares de las piernas entumecidos. El asombro congelado en la tráquea, apurando un licor de alcachofa muy venerado en su terruño. “Joder! Tendremos que reprobar a este tío, jolines”. La tesis de Alexandro Quijada Morenza, en efecto, era una tesis burguesa y vaticana. Que planteaba lo siguiente: los rojos habían sembrado vientos. ¡Cosecharían tempestades! Un epígrafe citaba los Evangelios: “por sus frutos los conoceréis”.

Una Colt plateada con orlas de vinil sobre la cacha ilustraba la primera página del trabajo de pregrado, en la Escuela de Estudios Políticos de la UCV. La defensa fue gélida y pugnaz. Su tutor no hallaba donde meter la cara, se acomodaba en el pupitre, se ajustaba la corbata: apenas había dado una leída rauda y veloz al reportaje.

Lo cierto es que tan bien redactado estaba aquel texto, que Quijada Morenza logró el “aprobado”. Era un equivalente a 10 puntos, que le permitía al menos salir de aquel infierno de facultad.

Los años pasaron, y en 2035, un par de décadas después, Alex estaba en su pent house de la zona financiera de Caracas, escaseando un poco de cocuy deluxe en un vasito de porcelana, con la palabra "poder" tatuada en japonés, y dando varoniles caladas a su puro cumanés. “Acá está, así los quería ver”, un resoplido de brisa vino desde al Ávila por el amplio ventanal. La avenida Francisco de Miranda era un apuro de chavistas marchando, ahora del lado de la oposición. Habían perdido todo poder. Y mascullaban consignas entre la bravata y el despecho. Pero la guerra de los 60 años estaba en pleno apogeo.

Alexandro Quijada Morenza tenía 60 años. Su salud era la de un roble, y su poder económico y político había llegado a un punto de asentamiento franciscano, como las aguas que se sosiegan luego de un maremágnum. Su juventud lo había sido. Más de una vez sintió en la nuca una pistola fría. Se buscó enemigos de alto calibre. Y la edad le enseñó a ser agua mansa.

La guerra de los 60 años terminaría con su muerte, en 2075. Sabía que llegaría a los 100 años de edad. Pero era disciplinado y atento a cada noticia, a cada despacho de las agencias de noticias. Se recibió de politólogo, pero luego ejerció por años como periodista. Llegó a ser dueño del diario más influyente de Venezuela: El Diario Glocal. La Internet lo había cambiado todo. Los capitales ahora eran unos muy distintos. Y aquella niña, finalmente, le había dado 4 hijos que heredarían su imperio. Todo había quedado consumado.

FIN


domingo, 14 de julio de 2019

MOTEL ORQUIDEA





Por Alejandro Ramírez Morón 

Pasó el cerrojo y la cadenilla detrás de la puerta. Una fetidez a semen y tabaco rancio se fundía en un almizcle raro con las exudaciones criogénicas del aire acondicionado. Paul “Taco” Lancaster llevaba unos jeans apretados y con el ruedo remangado, una franela negra de algodón con la cara de José Gregorio Hernández, y calzaba un par de mocasines de suela, cuero negro, trenzas que ataba con doble nudo. En su cuello un cuero negro con un cristo de plata mexicana.

Abrió el paquete de Marlboro Rojo y encendió un rubio picante y demoniaco. Rompió la cinta de seguridad de su botella de ron Cacique y dio un trago largo directo desde la botella. Un par de líneas sobre la mesa de noche y “sniffff… sniffff…”. La cabeza le retumbó como un bombo borracho y la entrepierna se le pringó en un escalofrío que le tensó el cuero de las bolas y le erizó el vello púbico, infernal y negrísimo, como el afro de Prince en los 70’s.

Levantó la bocina del teléfono, un aparato vetusto color beige y con teclas marrón cigarro, los números desteñidos y la bocina llena de quemaduras de tabaco.

-Hola –su voz de tenor rasgada por el vicio y la noche se oyó bajo la sordina del hilo telefónico-.

-Motel Orquídea, buenas noches –un rumor de vasos y risotadas se confundió con el timbre nasal de la recepcionista.

-Buenas noches. Le hablo de la habitación 15-A. Tráigame, si es tan gentil, una pizza margarita con champiñones y anchoas negras.

-Listo. A su cuenta…

-OK. Gracias –se filtró como data sensible aquella voz de Leonard Cohen, a medianoche-. También quiero un negro…

-¿Ah?

-Un negro. Sí. Un hombre de raza negra…

-Ah!!! Ok… está bien. Y, ¿antes o después de la pizza margarita?

-No, no… después, claro. Hágalo venir un par de horas después de traer la pizza.

-Entendido, señor Lancaster. A su cuenta también…

-Ciao –habló con voz de Dionisio o Baco caraqueño-. Click…

Prendió el televisor Hitachi que pendía de un paral en la pared de la cómoda. Se desnudó y se dio una ducha de agua helada. Jabón de olor y más coca. Encontró una porno de faena dura y sucia. Se masturbó con rabia. Heavy. Se hirió el glande. “Riiiing”… sonó el timbre. Ahí estaba la pizza.

FIN