jueves, 21 de septiembre de 2017

Carlos Cruz-Diez: “El arte ya no es para las élites”




Considerado un genio del arte óptico y cinético, este emblema de la plástica venezolana tiene 93 años, y está activo como el primer día. Con varias importantes exposiciones suyas desperdigadas por el mundo, dice que la gente hoy busca el “placer y el regocijo” que sólo puede dar el arte.

Por Alejandro Ramírez Morón

Artista franco-venezolano de dimensiones planetarias, Carlos Cruz-Diez nace en Caracas, en el año 1923. Está radicado desde 1960 en París (Francia). Es uno de los emblemas más visibles del arte óptico y cinético, corriente artística que reivindica “la toma de conciencia de la inestabilidad de lo real”. Las investigaciones de Cruz-Diez dejan claro que se trata de uno de los más influyentes pensadores del color del siglo XX.
“El discurso plástico de Carlos Cruz-Diez gravita alrededor del fenómeno cromático concebido como una realidad autónoma que evoluciona en el espacio y en el tiempo, sin ayuda de la forma ni del soporte, en un presente continuo”, se lee en su web site (www.cruz-diez.com).
Las obras de este genio de la plástica se encuentran en prestigiosas colecciones permanentes como las del Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, Tate Modern (Londres), Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, Centre Pompidou (París), Museum of Fine Arts (Houston) y Wallraf-Richartz Museum (Colonia).

Todos vuelven
“Los médicos me tienen anclado en Panamá. Estoy acá por razones de salud. Ciudad de Panamá me recuerda a la Caracas de los años 50’s. Acá hay modernización y un crecimiento económico sostenido. No voy a Venezuela desde hace 10 años. El clima no me favorece”, pinta clara la cosa, el maestro Cruz-Diez.
“Hoy en día se ha popularizado mi obra en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, (Cromointerferencia de color aditivo). Pero eso tiene dos lecturas. Una mala, y es el doloroso éxodo de venezolanos. Y una buena, y es que por Maiquetía también van a regresar los venezolanos que se fueron. Cuando la gente vuelva se tendrá que tomar la foto de nuevo. Esa obra está hecha de un material indestructible”, desliza en torno al piso del terminal de salida de Maiquetía, que se ha hecho particularmente viral en redes sociales, a la luz de la feroz diáspora generada por la crisis local.
“En mis inicios fui fotógrafo, y era parte de mi trabajo plástico”, declara este icónico venezolano. En entrevista concedida a Edgar Cherubini Lecuna, para el tomo “Cruz-Diez en blanco y negro / Fotografías 1942-1986”, editado por Cruz-Diez Fundation y Fundación BBVA Provincial, que recoge una asombrosa muestra de sus trabajos iniciales como fotógrafo, el maestro dice que “desde muy niño me fascinó la posibilidad de multiplicar la imagen. Dedicaba horas a crear figuras usando los sellos de caucho destinados a la contabilidad del negocio de mi padre, estampándolos repetidamente sobre papel”, se lee en el libro, editado en 2013.
¿Una decisión importante en la vida de Cruz-Diez? A los 17 años le dijo a su padre que no quería ser bachiller, sino artista, por lo cual lo inscriben en la Escuela de Artes Plásticas. Luego, descubrir que en el mundo cromático había un campo de trabajo infinito e inexplorado, fue algo que cambió su vida, y –claro- determinó toda su obra posterior.
“Desde la infancia dibujé con creyones. Lo único que quería era dibujar y pintar. No había un interés por el dinero, lo único que me interesaba era pintar. El que busca el dinero no lo encuentra. Si uno hace algo bien, entonces el dinero llega solo”, se le oye soltar una risotada liviana, del otro lado de la bocina.

Las coordenadas de la Historia
El maestro Cruz-Diez tiene 93 años, pero habla con la soltura de un adolescente, y cada tanto sazona su declaración con alguna broma divertida o algún comentario jocoso. “Yo me interno en el arte óptico y cinético porque la pintura se había agotado. Había que buscar nuevas opciones. Cuando llego a París, había otros artistas en la misma búsqueda. Yo quería exponer mi trabajo en un lugar por donde pasaran las coordenadas de la Historia. Inmediatamente me comencé a proyectar en el mundo. No pensé en New York City (NYC), porque en ese momento no había mucho allí todavía”, explica Cruz-Diez.
Tiene casi 60 años radicado en París (Francia), y toda su obra se ha proyectado desde allá. Radicarse en París –garantiza- influyó mucho en el hecho de que sea hoy el artista plástico venezolano mejor cotizado del mundo. “El arte ha tenido en las últimas décadas un cambio. El coleccionismo antes era cosa de élites. Eso ya no es así. La clase media se ha sumado. Actualmente, alrededor de 400 millones de personas en el mundo coleccionan arte”, revela un dato increíble.
Y va a la médula de su pasión: “El arte es placer y estamos en una sociedad que busca el placer y el regocijo. Nunca antes se había leído tanto en el mundo. Nunca hubo tanta música como ahora. La comunicación inmediata, producto de las nuevas tecnologías, ha influido en esto. El arte ya no es para las élites”, se toca el corazón.
“Actualmente, estoy pasando una temporada en Panamá, esperando la inauguración de una gran exposición en los Estados Unidos, y haciendo obras de gran formato en varias partes del mundo”, da cuenta de una vida enteramente activa, este joven de 93 años.
Entretanto, algunas de las exposiciones que tiene ahora mismo son estas: Un musée imaginé. Trois collections européennes (Pompidou / Francia); In the studio (Tate Modern / UK); Split, Spiegel, Licht, Reflection (Alemania), Lightopia (MARCO / México) y Un être flottant: Carlos Cruz-Diez (Gallerie Mitterrand / Paris).

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Esta entrevista se publicó originalmente en la Edición 2do Aniversario / 2017 
Revista CÓNDOR (Aserca/SBA)




Jacobo Borges: “El Ávila me enseñó a ser pintor”

FOTO: José Alejandro Colón

Todo un emblema de las artes plásticas criollas, el pintor Jacobo Borges se confiesa 100% caraqueño. Asocia a la muerte con el río Guaire, por cierto incidente escolar, y revela que el artista hace un hueco en la pared, al cual termina por hacerse adicto. “A mí no me preocupa nada, ni añoro nada, lo único es si paso 4 meses lejos del Ávila”, se toma nuestro caos con soda.

Por Alejandro Ramírez Morón

“Yo tengo 85 años de edad. Aquiles Nazoa tenía 10 años más que yo. Él tenía 15 años, cuando yo tenía 5 años. Pero a partir, más o menos, de los 16 años tuve la suerte de tener amigos 15 o 20 años mayores que yo. Por lo tanto, yo no frecuentaba la ciudad de un muchacho de 16 años, sino la Caracas de un hombre de 26 años, o más de 30 años”, da cuenta el artista plástico, Jacobo Borges, de las múltiples máscaras de Caracas, que tuvo ocasión de vestir.
Relata que hizo –cuando tenía como 18 años- un paseo con Aquiles Nazoa. Estamos hablando del año 1948, y la Caracas que él le mostró había cambiado. Porque –dice Borges- tiene una visión de Caracas anterior a él, con las fotos de Luis Felipe Toro (Torito). “Es uno de los más grandes fotógrafos que ha existido en Venezuela. Él fotografiaba todo. Tiene millones de fotografías. Él fotografió los años 30 del siglo pasado. Yo mismo, cuando tenía 20 años, podía ver –desde donde queda hoy la Universidad Bolivariana, en Bello Monte- la Plaza Francia. No había nada que interrumpiera la visión de la Plaza Francia desde Bello Monte. Tomábamos leche de vaca”, recuerda a la sucursal del Cielo, hoy devenida capital del Infierno.
Borges llegó a viajar en tranvía, acá en Caracas. Pero hay amigos, con 15 o 20 años más que él, que le contaban que ellos se estaban afeitando, y el tranvía se detenía a esperarlos. Eso es 15 años antes de que Borges naciera; nació en 1931. Estuvo hasta el año 1957 estudiando en Europa. Entre París y esa ciudad pequeña que relata, garantiza el pintor, había un abismo. No se decía “vamos al centro”, sino “vamos a Caracas”.

Plaza Pérez Bonalde
Cuando llegó de Europa, en 1957, Caracas había cambiado mucho. Ahora había autopistas. Marcos Pérez Jiménez tumbó muchas casas. “Yo no dejé a mi mamá firmar para que tumbaran nuestra casa en Catia. Allí, yo me reunía con José Ignacio Cabrujas, en la Plaza Pérez Bonalde. Teníamos como 17 años. Estaba Emilio Santana, quien fue jefe de la página de Arte de El Nacional. Luego tuvo un programa de televisión. El gran escritor Oswaldo Trejo. Uno que fue decano de la UCV. Todos nos reuníamos en esa plaza. Cuando venía la policía corríamos, y nos perdíamos. Por la dictadura uno no se podía reunir en las plazas de noche. Ahí fue mi formación intelectual”, se pierde entre las páginas del guión de nuestra ciudad capital.
Y va a corazón de la tragedia: “Pero se podía caminar de noche. Crecimos juntos. Mario Abreu vivía en Caño Amarillo, y yo en la Plaza Pérez Bonalde, pegado de un cerro, y él me acompañaba –tenía 10 años más que yo- caminando a la medianoche. ¿Cuándo comencé a tener miedo de caminar en Caracas de noche? Regresé de París (1957) y caminaba del Centro a Catia de noche. Incluso por barrios. Hoy uno no se puede atrever a eso. Hasta 1980 yo caminaba con mi esposa, Diana, por todo el Boulevard de Sabana Grande hasta Altamira, y seguía caminando a la medianoche. Eso, de repente, ya no se pudo hacer. Una de las cosas que más me gusta es caminar de noche, y ya en los 90 había que pensarlo 2 veces. Ya en el año 2000 no se podía caminar de noche”, echa de menos el entrevistado.
“Yo he pintado el cerro Ávila. Siempre en una proporción entre el tiempo del cerro y el tiempo de la ciudad. El Ávila parece que no se mueve, es atemporal. Hice incluso un libro de dibujos que se llama ‘La montaña y su tiempo’. Pero no podría decir que en mi obra se pueda separar lo correspondiente a Caracas. Cuando yo era muchacho me sentaba en mi casa a ver el Ávila, a través de una pared rota. Y pasaba horas. Yo descubrí el color con el Ávila, cómo el color iba cambiando a cada minuto. El Ávila me enseñó a ser pintor. La influencia de Caracas es radical en mi obra. Si entiendes a Caracas como el cerro el Ávila. También todo el drama de la noche, los burdeles (fui una o dos veces), las siluetas, el agua (las lluvias de Caracas) aparecen en mi obra”.

El agua al cuello
La lluvia de Caracas llegó en Catia a su obra. Había pequeñas lagunas, y los muchachos aprovechaban de bañarse. Él no sabía nadar, lo comenzaron a insultar para que se lanzara, y lo hizo desde la parte más alta. Comenzó a ahogarse. “Me salvé porque me agarré de una rama. Desde entonces he estado varias veces en peligro de morir por el agua, incluso en una bañera. Eso es lo que se ve en mi obra. Esa relación con el agua. El agua es quizá el elemento que le da una continuidad a todo mi trabajo. Desde el Ávila se ve La Guaira. En Caracas siempre tiene uno el mar presente”, hace alusión al eterno antagonista del Ávila, el mismo mar de los deslaves.  
¿Sus recuerdos más entrañables de Caracas? Uno por supuesto las reuniones en Catia con Cabrujas, y otros amigos. Luego, unas reuniones que hacían en cierta librería que quedaba debajo de las Torres de El Silencio. También las reuniones con el Grupo Sardio, donde estaba Adriano González León, y Salvador Garmendia, entre otros.
Vivió en casa de Aquiles Nazoa, incluso. Él le dio –nos cuenta Jacobo Borges- un espacio en su casa para pintar, y siempre se lo llevaba preso (a Nazoa) la Seguridad Nacional. Él fue una influencia determinante, indica Borges, con él aprendió cómo leer. Sergio Antillano, el papá de Pablo Antillano, le enseñó a vivir el jazz, en los años 50. Alejo Carpentier le daba mucha información. El periodista Héctor Mujica. También Carlos Cruz Diez, con quien empezó a trabajar a los 14 años.  “La República del Este se reunía en Sabana Grande, en un restaurante cerca del Moulin Rouge”.
Jacobo Borges se detiene en uno de los más singulares íconos de la capital venezolana: “Cuando yo estaba en 4to grado, un compañerito inteligentísimo, de apellido Izaguirre, se ahogó en el río Guaire. Era un río normal, y crecía mucho, era incluso navegable. Izaguirre se tiró al Guaire y se ahogó, no apareció nunca. En la escuela le hicimos un homenaje, con un sacerdote. Fue mi primer contacto con la muerte. Hay un vínculo para mí entre el Guaire y la muerte. También estaba la laguna de Catia”, se deja empapar por uno de los ríos bravos más importantes de su obra.
“Yo he rotado por varias ciudades con mi trabajo. Vi casi morir unos amigos venezolanos en Nueva York. A mí no me gustaría morir en un hospital de un país extranjero. Es posible que acá no te atiendan bien, y se equivoquen los médicos, pero me encanta la mentira: siempre te dirán que estás bien. Si yo me enfermo afuera, trataré de tomar un avión para venir a morir en Caracas”.
Dice ser 100% caraqueño. Cuando está en Venezuela no se puede mover ni a 30 kilómetros de Caracas. Vive en una casa, pero hasta hace poco vivía en un apartamento. Tan solo 30 kilómetros le parece lejísimo del Ávila.

Su propia burbuja
“El pintor es como lo que eran los zapateros remendones: trabajamos en casa. Salgo muy poco. Si puedo caminar de noche no estoy preso, pero acá ya no se puede. Yo trabajo hasta las 10 pm, y a esa hora no puedo salir a caminar. Vivo en Caracas, pero no es que viva tranquilo. Es un problema conseguir la comida, y hay mucha delincuencia. Por otro lado, si yo paso 4 días sin esta pastilla (muestra un empaque de Diovan, un antihipertensivo) quedaría parapléjico y sin aire. No es fácil conseguirla. Además, nos bañamos con perolita, porque ya estamos bajo racionamiento de agua”, pinta claro nuestra más cruda realidad de hoy.
Pero se encoge de hombros, respira profundo, y se lo toma con soda: “A mí no me preocupa nada, ni añoro nada, lo único es si paso 4 meses lejos del Ávila. Yo puedo comer todos los días lo mismo, no bebo, no fumo, no frecuento restaurantes. La pintura te obliga a encerrarte 3 meses para hacer un cuadro. El problema del artista es que abre un hueco en la pared, y se hace adicto a ese hueco. Yo siento el peso de los problemas de Caracas, sin embargo, y lo único que uno puede hacer es ayudar a que eso se modifique, discutir, aportar. Hay gente que quisiera estar en París. Yo estoy acá, y no estoy en otro sitio. Caracas es caótica, y yo soy eso. Yo soy parte de Caracas”.
Jacobo Borges da la última pincelada: “Claro que quisiera ver mejor a Caracas. Yo di clases 12 años en Salzburgo. Iba cada año. Tomaba el autobús a las 9:01 am. Nunca fue un minuto antes, o después. Yo me afeitaba y calculaba exactamente el tiempo del trayecto. Si llegaba un minuto después perdía el autobús. Uno hace ese plan acá en Caracas, al chofer le parece maravilloso, lo hace dos semanas, y a la tercera semana se fastidia, y no lo hace más”. Así somos. Es verdad.

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Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista CÓNDOR (Aserca / SBA)