viernes, 30 de septiembre de 2016

RUT


Por Alejandro Ramírez Morón

“Escribir es un acto de salvajismo. El dolor que llevas en el pecho, lo clavas como un navajazo sobre la página en blanco. El arte es sexo. Déjate llevar, déjate caer. Perfuma tus manos, como el asesino cuando mata con la cuerda. Si el texto no transfigura la realidad, no has hecho nada. Si no te pasa algo con el arte, entonces no es arte. El escritor hurga en el estiércol, para dar con una perla negra”, pensó distendida sobre la alfombra de felpa negra.

Rut contó un portentoso fajo de dólares, dio un sorbo corto a un vaso de ron, y se acomodó la lingerie a la altura de su entrepierna. Un gato negro y elástico –como un gimnasta etiope- iba de acá para allá, ronroneando, presumiendo, y así. Sobre el escritorio negro azabache, un ejemplar de “Deudas y Dolores”, esa novelota ejemplar del norteamericano Philip Roth. Se sirvió un par de líneas, inhaló, y miró por el vasto ventanal con vista al Avila.

Estaba semidesnuda en aquel depto ejecutivo para solteros. Había gastado toda la mañana resolviendo asuntos de facturas e impuestos, que no paraban de afectar su revenue, que no hacían sino restarle market share, al final de cada jornada. Pero rebasada la soporífera hora el lunch, echó a andar un disco de Cerati, y comenzó a deshojar la margarita de sus planes de negocios: me quiere, no me quiere, me gana, no me gana, me arruina, no me arruina.

Encendió un rubio ligero, tabaco barato que compraba en Petare, para reducir costos, para optimizar la ganancia. Había almorzado un trozo de pizza fría, despachando a tragos golosos una Coca Cola Zero. El iPhone 7 reposaba como un demonio frío sobre la cama mullida, forrada con un edredón de Star Wars. Y de repente repicó el móvil, en un destello minimalista de luz alógena. ¿Es un imperio esa luz que se apaga? ¿O una luciérnaga?

“Aló? Sí? Ah! Claro… soy yo… en qué puedo servirle? No… estaré en Bogotá para las navidades… No… gracias… no podré tocar el órgano en la Misa de Gallo”, click. Había estudiado varios años de piano, y sentía un apego religioso por la música sacra. Sobre su cama, una reproducción del Cristo de Dalí. Desperdigados por todo el recinto, rosarios de todos los materiales, colores y olores. En el aire un vaho eucarístico a incienso de canela.

Se caló unos jeans ajustados color negro, una franela verde de algodón con cuello en V, y un par de cómodos mocasines rojos. Se echó a la calle. Encendió otro rubio y voló la mente en una bocanada. La avenida Libertador se abría ante ella como una herida dolorosa.

FIN

domingo, 25 de septiembre de 2016

LOV3


Por Alejandro Ramírez Morón

Amor. Amante. Amiga. Amar. Lov3. Tus carnes huelen a hierba, a crema, a paz. Tus dientes huelen a menta fresca. Tu nuca es fría como la madrugada virgen. Tienes los ojos poderosos como un gato eléctrico. Tienes la piel blanquísima, como un papel, como una nube, como polvo de luna. Ellos daban rondas por la playa, tomados de la mano, bebiendo un whisky, charlando de cualquier cosa. Ellos cayeron con el rayo de la noche.

El escritor surca las arrugas de tu cara. Lee la palma de tu mano. Se deja llevar del viento. Se deja dictar los textos por Satán. El escritor deambula, entre las sombras, entre las formas. No le importa ética, ni estética. Sólo es. Sólo lo deja ser. Lo mismo se rasura, que levanta un texto de una página. Lo mismo duerme contigo, que con la página en blanco. Amor. Amante. Amiga. Amar. Lov3.

Él era un coleccionista de mujeres. Un coleccionista de pasiones. Un coleccionista de relatos. The Beatles. Abbey Road. Something. ¡A cuántas mujeres había amado! “You are asking me will my love grow”. I don’t know. La cara salvaje, de la salvaje cara. Todas las máscaras, de la ciudad más cara. Caracas. Esa puta cara. Caracas para locos. La bestial Caracas. City of angels. Ciudad de Dios.

Cuando Estrella canta. Cuando Paula grita, su condena escrita por amor. Me vuelvo yo. Mamiya Sekor 1000 DTL. Samsung Galaxy S4 Mini. Photo. Foto. El fotógrafo que nunca fue. El hombre que amó, y no la quiso. La hembra, el hombre, el hambre. Un ron con hielo, a las 3 am. La misa de gallo que vendría ya. El año nuevo que lo demolería. Coca. Cristo. Pan & agua. Piano & agua. La máquina de hacer palabras.

Amor. Amante. Amiga. Amar. Lov3. Vargas Vila. Ibis. No puedes amar la rosa, y odiar la espina. El dolor lleva al amor. Y el amor trae dolor. “Ama hasta que duela, si duele es buena señal”, había dicho Teresa. Un mundo para Julius. El niño proletario. Caracas repleta de niños proletarios. Portazo en la cara del niño proletario, cuando busca pan, cuando busca un papá. Dios es amor. Dios es humor. Lov3.

Hembra salvaje, yegua galáctica. Jevita astral. De libros olorosos voy a tapizar la alcoba de tu alma. Con letras rítmicas y chiquitas te voy a hacer cosquillas en el alma. Cardio. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Lagartijas, abdominales, ducha helada. El cuerpo de Cristo. Las greñas de Cristo. La calle. Las calles. Corazón clandestino, envuelto en llamas.

Reporter. Just a reporter. Piano Rhodes. Rickenbacker. Fender Stratocaster. Vox. Esta ciudad se llama Caracas. Esta ciudad en llamas, se llama Caracas. Lov3. Hampa, cuatro y Caracas. La ciudad de los hechos rojos. La ciudad de los lechos rojos. That’s it…

FIN

miércoles, 14 de septiembre de 2016

BLACK HOLINESS





Por Alejandro Ramírez Morón

Ciego. Negro como el hondo abismo de la mirada de un ciego. Era un santo, sí, pero era un santo negro. Black saint. Black holiness. Un bohemio franciscano, a ratos se dejaba llevar del viento. En el centro de su corazón, una maraña de alacranes violentos y perfumados. Cara cortada. Hierro. Cojones de hierro. Greñas negro azabache. Caballo malo. Satán. Un puñal con cacha de nácar le servía para cortar el aire, de una Caracas en ruinas. Mad Max.

Mandingo. Pinga negra y portentosa. Vello y táctica. Mano de hierro, guante de seda. El padrino. Si su rosario era perfecto, su ferocidad era letal. Pero sabía bien que la humildad antecede a la gloria. Atesoraba un puñado de devociones piadosas. Mi Biblia abierta, y fresca, como el pan y el vino. La hembra, el hombre, el hambre. Puta deluxe. “El negro es el color de la elegancia, del piano, del dominó”, le deslizó un viejo sabio. Wise.

“Pirámide de sombra de la noche”, había escrito Sor Juana Inés de la Cruz. Una santa negra, al fin. Rushdie. Los versos satánicos. Baudelaire: Les fleurs du mal. Fukuyama. Gucci & Mercedes Benz. Un mundo para Julius. De chico salía por las calles, con una Mamiya Sekor 1000 DTL, y hacía fotos en blanco y negro, de los cementerios y de las calles. El santo negro eleva las neuronas hasta el cénit de la Trinidad Santa.

Gestalt. Figura y fondo. Cruz-Diez. La cámara fotográfica de Cruz-Diez. Aquel rosario negro de coral, comprado por 50 pesos en una playa de Cartagena. Negras eran sus pupilas aceradas, inescrutables como el petróleo virgen. Negro era su cabello, hilo fino. Black magic woman. Misa negra. No. Jamás una misa negra. Porque la palidez eucarística era lo que engendraba al santo negro. Sin sombra no hay luz. Dark side of the moon.

Negro es el abismo que pintó Dalí tras su versión del Cristo crucificado. Negro es el Cristo de los gitanos. Negra es la sotana de los confesores. Píntame angelitos negros. Black holiness. Holiness is not about naivety. Como una malagueña maldita, como un malandro chic. Puta cara fantasy. La sucursal del cielo. ¿O la capital del infierno? Caracas maldita. Maldita Caracas. Caracas para locos, hubiera dicho Vytas Brenner.

Color de hormiga, se le pone la cosa al santo negro, cuando desafía a Dios, cuando cree que no habrá más dolor. ¡Bendito sea el dolor! Dijo monseñor Escrivá de Balaguer. Negro es el aguijón del escorpión. El de la avispa. Negra es la sangre del muerto. Negra es la pesadilla de los que sembramos vientos. De negro viste la Virgen del Socorro, patrona de Valencia.

Que mientras no estemos en la luz sin sombra de la Nueva Jerusalén, tendremos que decir: “Sin sombra no hay luz”. Que no hay dos sin tres, que no hay anverso sin reverso. Que no hay blanco sin negro. Que nunca falta un negro que sea buen blanco. Un blanco fácil.

FIN

COJONES DE HIERRO



Por Alejandro Ramírez Morón

Una aguja. Él era flaco como una aguja. Fibroso, como Cristo. El cuerpo de Cristo. No tatoos. No piercings. Sólo una greña corta. Entre las piernas una verga portentosa y químicamente loca. El epítome del macho cabrío. Manso como una paloma. Astuto como una serpiente. Desnudo, se daba brevísimas duchas de agua helada, como un nirvana de astillas quebrándole la nuca. Coca. Loca. Huevos de oro. Cojones de hierro.

Caracas era su hembra feroz. Salía a caminar, el sol impío quemándole la piel, una víbora deluxe alojada en el corazón. Cabilla. Cemento y cabilla. Olores pringosos se adherían a sus dedos, y despachaba con furia animal incontables cigarrillos. High tech. Era un santo high tech. Un pitoniso. Un malandro chic. Un santo malandro. Un malandro santo. Lengua, dedo y jabón azul. La noche atenazaba su mente filosa, como una daga, como un puñal.

Acicateaba sus neuronas con trocitos celestes –estridencias chic- de textos. Liscano, Cabrujas, la Biblia, Baudelaire. El día era bestial, la noche negra y espectral. Cazaba a una niña maluquita. Chiquita, tetona y bien riquita. Rosario, misa y penitencia. Política en la sangre, cruel poeta. Su módem conectaba con la Luna. La Luna conectaba con su cuna. La página en blanco. El área de diseño. Su ring de box más entrañable. Cruzaba desiertos devastadores para afinar la pluma.

Cristo rock. La piedra que era Cristo. Su pana, su bro, su causa. Cristo era su flaco. “Loco lindo, que te comes las veredas”. No tenía que ir a tener al Vaticano. No era cosa de irse a la Sixtina. Su capilla era allí mismito, allí en la esquina. Su mamita era María, su maestra. Y la calle era su escuela, su vil apuesta. Chill out. José Gregorio. WhatsApp. Reportero de libreta; y metralleta. “Para tirar lo que hacen falta son las ganas”, le había disparado a quemarropa alguna vez su viejo.

Catia. El mercado de Catia. Carmen. La abuela. La casa de la abuela. Todos tuvimos una casa de la abuela. Cuando te mueres, si vas al cielo, entras a través de la casa de tu abuela. Perro bravo. Gato loco. Congorochos. Alacranes. Neblina. Rosal fragante. Otra vez Cristo. Otra vez Cristo. Otra vez Cristo. Guarapo. Delicada de guayaba. Su madre un genio; de la vida. Dama de hierro. Madrina. Ovarios de hierro, parieron cojones de hierro.

Bogotá, Sao Paolo, Cartagena. Javeriano. Nobody was really sure if he was from the House of Lords. El cielo del poder. El poder del cielo. This is da Pope. Piano Rhodes. Richenbacker. Voz de daga. Un bolero rock como una UZI envenenada. Que Cristo está a la derecha del Padre. Que Cristo intercede ante el Padre. Que el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Que sin el flaco, nada de lo que fue creado, fue creado.

Que, si te fijas bien, todo desaparecerá. Nada del mundo real. The real thing, dice la politología norteamericana. Nothing is real, but U. Que la humildad antecede a la gloria. Que nunca se debe dejar de callar, si no se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Que un hombre es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que dice. Que Marceau callaba, y no paraba de gritar. Pan pan. Los que matan. Pan pan. Ciao.

FIN

ESTRELLA



Por Alejandro Ramírez Morón

Estrella era una estrella negra, como una placenta pura y limpia. Brillante y chic. Sexy y maldita. Tenía tatuado un alacrán, en el borde blanquísimo del tobillo izquierdo. Tomaba coca todas las noches, y perfumaba sus lóbulos con Chanel Number 5. Sideral bomba, de menudas extremidades inferiores, y dedos largos, como antenas de insectos. Estrella amaba la pólvora en las venas, los Smith & Wesson, calibre 38, y el vino tinto Gato Negro, Cabernet Sauvignon. “Los Cabernet Sauvignon son machos bellos”, disparaba cuando le pedían una sugerencia.

Tocaba un piano Rhodes, y conducía un Escarabajo Volkswagen de 1968, azul celeste y con una calcomanía de Radiohead en el vidrio trasero. Le gustaba usar el Rhodes para tocar nocturnos de Chopin, o malagueñas malditas. Tenia tres amantes fogosos, varones ásperos, prietos y calientes, pero su suavidad estaba reservada para Isabella, una lesbiana divina, francesa y adicta a los libros de Mario Puzo. Estrella vivía en un pequeño depto de la Avenida Victoria.

Le gustaba desayunar arepas asadas, con queso telita, y un café Arábica, que costeaba a razón de 250 BsF, cada 100 gramos. Hundía sus dedos en la vagina, y luego comía sus fluidos, como quien devora un néctar de vida eterna. Había querido ser estrella de rock, y había terminado por ser una connotada reportera de negocios. Market share, penetración de mercados, brand awarness, marketing guerrilla, publicidad emocional, lovemarks. Estrella se estrellaba. Más que reportera estrella, era la reportera estrellada del periodismo de negocios caraqueño.

Tenía un PC Lenovo negro como el petróleo, y fumaba una pipa marca Brebbia, que le servía para pasar por la garganta toneladas de chill out, house y drum & bass. Su mamá había sido tipógrafo en la Biblioteca Nacional, y por eso había tenido acceso a los mejores libros de Gallegos, de Garmendia, de Sánchez Peláez, de Ludovico Silva.

Recorría, con 10 años de edad, el Boulevard Panteón jugando a contar las losas. Y el olor rancio de los negros de El Silencio, comenzaron a ponerla cachonda a los 15 años, cuando todavía jugaba rayuela frente a La Catedral. A los 20 años se atrevió a tomar LSD, y conoció Abbey Road, de The Beatles, para jurar a la luna que nunca se casaría, que nunca fregaría platos, que nunca sería una tonta ama de casa, pestilente a aceite agrio. Estrella sería estrella. De rock. De lo que fuera.

Pero un día, hurgando en su biblioteca, topó con una edición de la Biblia, de los Gedeones Internacionales, esa horda de evangélicos que inundan los hospitales y las cárceles con un librito azul rey. Leyó por curiosidad antropológica. Y Cristo conquistó su corazón, por curiosidad teológica. Estrella decidió en ese momento –Cristo le habló, y le dijo que la quería coronando el universo- que sería católica practicante.

Lo que vino después no fue fácil. Nunca dejó la coca, ni dejó de tocar malagueñas malditas en el piano Rhodes, pero se hizo adicta al Santo Rosario, a la misa, a la confesión, al ayuno, y a la Biblia, pero en su edición latinoamericana. Pretty chic.


FIN