miércoles, 28 de mayo de 2025

LA NARRATIVA DE ALEJANDRO

 

José Pulido es un Poeta, escritor y periodista venezolano, nacido en Villa de Cura, el 1° de noviembre de 1945. Actualmente vive en Génova, ciudad de Italia. Estuvo a cargo de la revista BCVCultural, del Banco Central de Venezuela hasta el año 2012. Y de la revista Circunvalación del Sur editada por el Círculo Metropolitano de poesía, 2008. Dirigió las páginas de arte de El Nacional (1981-1988), El Diario de Caracas (1991-1995) y El Universal (1996-98). Miembro fundador de los suplementos Bajo Palabra (Diario de Caracas-1995) y El otro cuerpo (Suplemento del Ateneo de Caracas, en El Nacional-1997-1998). Jefe de redacción, bajo la dirección de Salvador Garmendia, de la revista Imagen (1994-1996). Corresponsal de Agencia Venezolana de Noticias, Venpres en Perú, 1990. Corresponsal de la Organización de Estados Iberoamericanos, (Ciencia y Cultura)1992; y asesor del Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber. 1996.

En el 2000 le fue otorgado el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos.
Obtuvo el segundo premio Miguel Otero Silva de novela, que promueve la editorial Planeta, con su novela Una mazurkita en La mayor.

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PREFACIO

Por José Pulido

Han transcurrido veinticinco años desde la vez que Alejandro Ramírez Morón estuvo de pasante en El Diario de Caracas en 1999, donde yo dirigí un tiempo las páginas de arte. Alejandro trató de aclarar un recuerdo que estaba nebuloso: la ocasión en que me mostró unos poemas suyos y yo le regalé mi primer libro de cuentos Vuelve al lugar que se te ha señalado, publicado en 1998. No recuerdo mucho los detalles de esa conversación nuestra, pero Alejandro estaba por graduarse y su talento y su carisma hacían entender que haría una buena labor en la comunicación social y seguramente abordaría también con acierto la escritura como arte literario.

No nos vimos más, hasta estos tiempos, cuando nos encontramos en las redes, concretamente en su programa de Instagram. Y así reanudamos nuestra charla del año 1999. A punto de terminar el siglo.

Después de ese reencuentro, Alejandro se ha comunicado conmigo a cualquier hora, generalmente en sus madrugadas que son las mañanas mías. Y hemos hablado de sus cuentos y de sus poemas. De sus aventuras y sus desventuras. He leído su libro de cuentos. Alejandro ha estado interpretando esta época a través de lo que le ocurre, de lo que siente, de lo que ha sido su existencia como profesional, como ciudadano y como soñador en un país que atraviesa una difícil y dramática temporada. Su narrativa es cruda, hermosa y auténtica.

Me ha parecido que sus cuentos son como una ruta trazada al borde de un abismo y el lector siente que también puede correr el peligro de resbalar y caer en esas profundidades. Pero esa circunstancia cumple con una de las búsquedas de la buena narrativa: conmover, emocionar, sorprender.

En su libro de cuentos, Alejandro Ramírez Morón desata una energía extraña, oscura, que parece llevarse por delante toda esperanza y sin embargo logra un arte con esa escritura, una belleza profunda con ese oficio de escritor. Una energía que brota como intentando renacer a cada instante.

Giovanni Papini escribió en Gog, algo que podría muy bien servir como inicio de esta presentación:

“¿Nos detendremos en la utilización de la energía que se libera en la disgregación del átomo? ¿No hay tal vez en el hombre una energía mal conocida pero prodigiosa, que comúnmente se llama espíritu y que, en ciertos individuos y en determinados momentos, ha demostrado ser capaz de lograr efectos sorprendentes que hasta hoy ninguna máquina es capaz de producir? ¿Acaso no será posible que algún día tal vez lejano, esa energía espiritual, utilizada hasta ahora solamente para el trabajo del pensamiento, cuando esté educada, desarrollada y debidamente guiada, logre hacer todo lo que es necesario para la vida del hombre con la simple emanación y radiación de su voluntad? ¿No sucederá que en el próximo milenio, la veleidosa ilusión mágica de los primitivos llegue a convertirse en una realidad?”

Me parece que el espíritu de Alejandro, esa energía basada en el uso de las palabras y los sentimientos, ese impulso que lo moviliza constantemente a seguir viviendo con la imaginación alerta, terminará creando bellas páginas o al menos impresionantes páginas en busca de lectores.

 


jueves, 11 de mayo de 2023

 


Single

Se cerraron los cerrojos. No más. Se tragó el corazón. Casi todas las mujeres casadas podían ser seducidas. Pasó tranca. No había amor. Estaba listo para la jugada ruda. Sin dulces romances.

Todas las canciones de amor que el submundo de la telenovela había inventado conducían a lo mismo: tres años de luna de miel, un chamo, un divorcio, un corazón roto.

Era crecer. Hacerse hombre. Adulto. Abandonar la fantasía católica, el ensueño poético; había que darse un apretón de manos con el Diablo.

André se quedaría soltero. Se compraría un depto single y trataría de hacer tanta plata como le fuera posible. El dinero sí era una medida.

Sería un sugar de cuerpo atlético y aceitado. La crisis del matrimonio católico hacía parte de la miseria humana del siglo XXI, pero ya no era más su asunto. Que viera el papa.

Su padre, su abuelo, todos los hombres de su familia habían sido unos putos. “De casta le viene al galgo”, pensó y dio una calada a un cigarrillo King size.

Cualquier mujer podría ser infiel. “Yo no confiaría en nadie”, le había concluido en las narices un buen amigo, en medio de una conversación sobre el tema.

Al final, había comprendido que la mejor compañía es uno mismo, y uno solo cuenta en esta vida con uno mismo.

¿Machista? No: realista. André, además, era bisexual. Bastaba. Ya no más curas. Ni una castidad forzada por el Catecismo.

“Pa’ tirar lo que hacen falta son las ganas”, solía decir su papá. Y a sus 48 años lo veía con entera claridad. Siempre hay alguien que le da. Sea macho. Sea hembra.

Ya hacían varios años de un amor platónico estilo José José: 40 y 20. Se alcoholizó. Tontamente. Por una carajita de 20 años que pasó la mopa con él.

Esa era la barajita que le faltaba. Ese había sido el último coñazo. Por fin se había desengañado. Estaba listo para la jugada ruda. Sin dulces romances.

A la muerte de su madre, vendería todo, y se iría a Bogotá, a París, a Madrid, a donde fuera. Venezuela era una poceta.

Y supo que solo se vive una vez. Que ya iba siendo “caballo viejo”, y que –después de esta vida- no hay otra oportunidad.

Se sumergió en la oscuridad. Sin sombra no hay luz. Seguía siendo católico. Pero le parecía un chiste todo el tiempo que había tirado por la ventana.

Le gustaban las hembras, y los hombres. Pero, sobre todo, le gustaban las hembras. Estaba con Dios, y con el Diablo, pero –sobre todo- estaba con Dios.

Se cerraron los cerrojos. No más. Se tragó el corazón.

FIN

 


sábado, 22 de abril de 2023

Javi


 

La madrugada era negra, como una inmensa mantarraya bailando en fondo de un océano viscoso. Todos aquellos años habían pasado en vano. Un amor platónico que lo llevó al alcoholismo, ahora se desvanecía entre sus dedos como el humo de un cigarrillo caótico. Nada. El tiempo se lo había llevado todo. La niña ya no era parte de su repertorio de anécdotas, se le antojaba una extraña, una maldición, un anatema.

La cocaína y la impudicia. Dos vicios con el corazón negro. Anciano. Se sentía anciano. Sin horizonte, más que la muerte. Palabras. Le sobraban las palabras. Javi era un escritor del under. Nunca había publicado un libro, pero sus textos habían sido recorridos por muchas pupilas atónitas. ¿Cómo se podía ser tan inmoral?

Pero ahora el tiempo se lo había llevado todo. Su brillo de reportero estrella de las revistas de mayor recalada en Caracas, de a poco, había sido cubierto por la muerte. Por la mantilla fúnebre de la muerte. Había terminado a las putadas con casi todos sus editores. Y se apagó. La gran promesa que había sido a los 18 años ahora era Satán y daga. Cocuy de penca, con cigarrillos de contrabando, y la melancolía de Radiohead dejándolo ciego, como a Borges.

Javi Roth. Sexual. Sensual. Frontal. El enemigo de las multinacionales, de los burós de comunicaciones. El amable traidor. El devoto de Charly García. Javi Roth se había despertado en medio de aquella madrugada buscando algo que ver en el Smartphone. Y sólo encontró gente feliz y exitosa en las redes. ¿Acaso no había alguien por ahí no tan feliz?

Después de Los Beatles, Radiohead era su banda de rock favorita. Shuffle. Un playlist de Radiohead, café negro sin azúcar y tabaco de a 1 dólar la cajetilla. Se sentó a escribir. Con casi 50 años a cuestas, sabía ya que el tiempo es una lápida. Que todo lo borra. Que destruye hasta la más amarga pesadilla. Se supo un tipo con suerte, sin embargo.

Se le daban las mujeres. Javi había pasado de ser un flaco fibroso y aceitado, a pesar 100 kilos. Se había dejado un mostacho que no permitía distinguir si se estaba frente a un notario, o frente a algún Freddy Mercury petareño; se había enrollado el alma en el ombligo, se había tragado el corazón, y nunca más se le vio en los cocteles, en las fiestas, en los bares. Se encerró con tranca dentro de sí mismo, y botó la llave.

Sin embargo, esa madrugada de mediados de abril de 2023, entendió que se podía ser un tipo con suerte, y a la vez un absoluto desconocido.

Brillaba en la oscuridad. Apagaba la luz de la alcoba y fluorescía, mientras el humo de sus cigarrillos describían en el aire, lentos espirales azul turquesa. Palabras. Le sobraban las palabras. Y por eso puso Radiohead y se sentó a escribir: sería un escritor de buhardilla de ser preciso. Pero jamás transaría con el mundo rosa de mariquitas exitosas, que salían retratadas en el Facebook con los más añejos y cabronazos de los historiadores.

Escuchó “How to disapear completely”. Voló. Atravesó las paredes mustias del viejo depto de mamá. Vió las luces estraboscópicas, y los parlantes destrozados. Los fuegos de artificio y los huracanes en su vientre. Al menos estaba vivo, y, sí, era un tipo con suerte.

FIN



miércoles, 4 de diciembre de 2019

NAVIDAD NEGRA



Por Alejandro Ramírez Morón 

@aleramirezve 

Su vida era como un mar negro y embrujado. Sobre su escritorio, la cajita de las píldoras para dormir, un par de libros de Phillip Roth, tabaco, café y los cassettes de Motown. Caracas la sorda. Caracas la bestia sorda. Había recogido una gata callejera, llena de rasguños en toda la cara, que se afilaba las uñas en las cornetas del stereo. Dios y el Diablo. Una honda herida en el corazón. Y aquel diciembre que llegó con sus días hermosos, y el hambre cruel mordiendo las avenidas.

Sobre los 40 años, Xavier Viscayne -el imposible, el superhéroe que no fue-, dejaba correr la hiel por su garganta, como una medicina ya conocida por años. El jarabe para la tos que le producía la presencia de gente extraña. El bálsamo que le curaba las heridas. Viscayne era, en cierta medida, un tipo malo, o un mal tipo. No creía en nada, ni en nadie. Y daba el zarpazo cuando era necesario. No se lo pensaba dos veces. Pensaba, como Vargas Vila, que piedad es debilidad.

La noche de Navidad compró un licor barato y aceitunas. Y se pasó toda la jornada escuchando el soundtrack de Kill Bill y leyendo Las Flores del Mal. Pasadas las 12 de la noche se asomó al ventanal de su casa, un pequeño anexo en Bello Monte que le había alquilado a una pareja amiga, que se había marchado de Venezuela como quien huye de la peste bubónica. Recordó su infancia, ya con los tragos en la cabeza, cerró los ojos y alcanzó a hacer una pequeña plegaria.

Una salva divertida y juvenil de fuegos de artificio reventó en el horizonte. El olor a pólvora fresca se le metió por la nariz, y le hizo recordar cómo cuando niño se pegaba de los frascos de querosene de su madre, para aletargarse los sentidos. Caracas era una ruina. Una ruina lastimera. Era la Navidad de 2019 y Xavier sintió todo el peso de su propia pesadilla carcomiendo sus entrañas. Lanzó un juramento, espetó una maldición, y se tumbó en el sofá cama de la sala.

La gata se le montó sobre la barriga, mientras él se servía otra copa de licor de esquina. Encendió un puro y acarició a la minina, como quien desea volver a ser niño. Maligna, que se así se llamaba la gata, era negra y brillante, y sus pupilas destellaban verdísimas como algas marinas. Viscayne había tomado un par de somníferos, pero realmente quería dormir para siempre.

Así que tomó papel y lápiz, y escribió: “Me voy, porque ya no aguanto el peso de mis demonios. He decidido salir de este plano, en la esperanza de que -más allá- la paz esté en algún lugar. Soy un hombre joven todavía, pero en realidad me siento como de cien años. Luché por años, sin ver el fruto de esa lucha. Me voy en Navidad. Y tal vez por eso Cristo se apiade de mi alma. Me voy sereno. Con la cabeza volada de alcohol y pastillas. Ciao. No lloren por mí. No vale la pena”.

Se levantó como pudo, llegó hasta el armario, y sacó la Smith & Wesson plateada. No le costó mucho llevar el cañón hasta su sien, y apretar el gatillo. La detonación sonó como un petardo más en medio de la candela de una salsa brava, que quemaba el edificio contiguo. Así se nos fue Xavier. Bye.

FIN



  

viernes, 1 de noviembre de 2019

El ruiseñor de la mafia



Por Alejandro Ramírez Morón

Se hundió en la tina caliente con el cuerpo resquebrajado por los calambres y el cansancio. Había sido un día de trabajo demoledor. Stella no tenía coche, y debía trajinar Caracas a pie, en autobús, y –lo peor- en un Metro cada vez más pestilente y brutal. Sus nalgas se relajaron al extremo al tocar el piso de la tina, una cerámica color azul petróleo que había hecho instalar hacía años atrás, cuando la economía de Venezuela era una muy distinta. It’s the economy, stupid.

Frente a aquel prodigio de agua y burbujas de jabón, un pequeño ventanal ofrecía un fragmento del Avila. Llovía. Era una lluvia persistente, pertinaz, cuyo susurro la hizo adormecerse y sentir todos los músculos del cuerpo distenderse. Caían las 6:30 pm sobre el valle de balas.

Cerró los ojos, y llevó su mano derecho a su entrepierna. Se tocó. Se tocó suavecito. Pensando en ella, y luego en él, y luego otra vez en ella. Apretó muy duro los dedos de los pies, y las mandíbulas sonaron como risitas de niño, cuando el orgasmo le llegó a la tapa de la cabeza. Ufff… encendió un Belmont, luego de secarse un poco las manos con la toalla que encontró más cerca. Ufff… el plexo solar se le relajó, en una especie de brisa fresca y mentolada. No hay nada mejor que casa.

Recostó el cuello del respaldar, y encendió un pequeño radio negro petróleo, marca Stereophonic, que se había encontrado en la basura de su edificio, y que había logrado reparar, echando mano de un par de herramientas. Una emisora de jazz dejaba escuchar “On the Sunny Side of the Street”, una pequeña exquisitez del swing de los años 50’s. Se fue quedando dormida, fue cayendo bajo el embrujo de esa serie de signos y señales que anteceden al sueño.

Soñó con Michael Corleone. Iba trajeado de negro impecable y le decía: “Stella, debes darte cuenta de todo el dinero que gastas en tonterías. No es personal. Son sólo negocios. ¿Qué vas a hacer luego con ese montón de libros de segunda mano, que ni siquiera te has molestado en leer?”, le decía el vástago de Don Corleone. Y luego le daba un beso en la boca. Se convertía en ruiseñor y salía volando por la ventanilla frente a la tina. Un aleteo la despertó.

En el borde del pequeño ventanal había un ruiseñor parado con majestad de capo. Cantó. Cantó precioso. Y ella no quiso mover ni un dedo. Era un instante de mágica hermosura que hubiese sido una torpeza romper. El pájaro voló finalmente. Y ella soltó una lágrima de alegría que cayó en el fondo de la tina. Se levantó, ya más relajada y descansada, el par de tetas corpóreas colgándole sobre el abdomen. Se secó. Se puso una bata de baño color crema. Y se sirvió un té negro.

FIN




lunes, 12 de agosto de 2019

ROXY



Por Alejandro Ramírez Morón 

Su cuello era fino, como el de un cisne. Sus greñas una maraña blonda, que sujetaba con una pequeña daga con cacha de carey. Ella quería amar. Ella quería gritar. Morder y arañar. Soñaba con un macho cabrío, moreno y de rasgos angulosos. Todas las noches. Roxy le había dado el nombre de Miguel Ángel. Tenía la certeza de que ese hombre que veía en sus sueños un día llegaría a su vida real. Lo sabía. Desde niña había tenido sueños premonitorios.

Aquella mañana fría de diciembre en Caracas, la avenida San Juan Bosco de Altamira era un atajo de carros, y las aceras un hervidero de transeúntes ávidos de festejar. Esa noche era la Navidad del año 2020, y los caraqueños –ya resignados a la peste negra- igual sonreían, tarareaban y lanzaban piropos a las negras, cargadas con bolsas de regalo. Roxy miró por la ventana enrejada de su depto para solteros. Decidió ir a hacer algunas pequeñas compras para esa noche.

Por fortuna, la panadería y el expendio de licores quedaban muy cerca, apenas cruzando una calle, ahí en la zona rosa. Compró pan de jamón, panetón, turrones, panecillos, cremas de ajo y berenjena, y un dulce de lechosa que venía empacado al vacío. En la licorería se decantó por el ron Cacique, Coca Cola, hielo y limones frescos. Tomaría Cuba Libre para recordar los tiempos de Carlos Andrés Pérez, cuando era todavía una liceísta, y se iba de farra con sus compañeros.

Miguel Ángel. Así lo había bautizado ella. Y de repente, luego de pagar, y al cruzar de nuevo la calle, allí estaba: era él. Era el mismo tipo que la visitaba en sueños. En la plazoleta había un busto de cierto prócer italiano, una especie de filántropo de la provincia italiana, que había redactado un corpulento manual de ortografía para estudiantes de primaria. Los parroquianos, en gran medida colonia de la bota, habían querido agasajar al intelectual. Roxy fingió tropezar con el busto.

Dejó caer el pan de jamón. Quería trabar conversación con aquel hombre, que la había perseguido durante los últimos 6 meses en sueños. En efecto, el hombre se inclinó y recogió el paquete con el pan.

-Acá tiene, señorita. No sea tan atorada, que estamos en Navidad…

-Gracias! Eres muy gentil. Cómo te llamas?

-Miguel Ángel. Y tú?

-Yo me llamo Roxy. Y te conozco desde hace tiempo. Pero tú no me conoces a mí…

-Jajaja. En serio? Qué loco. Cómo así? –Roxy tenía 40 años y él apenas pasaba de los 20-.

-Qué harás esta noche? Quieres cenar conmigo y escuchar aguinaldos en mi casa?

-Bueno, mira. Yo tampoco tengo familia. Puedo poner unos disquitos de Lavoe, si no te molesta. Los aguinaldos me cansan al rato –dijo con voz de niño lindo y la besó en los labios con calor de carne-.

Esa noche cenaron juntos. Bailaron con los discos de Lavoe, y el ron se les fue a la cabeza. Se metieron en la cama, y entonces fueron llamas ardientes por dos horas y un poco más. Finalmente, el sueño pudo más que ellos. Se encontraron en el mundo de Morfeo, y soñaron al mismo tiempo que tenían un hijo en común. Al amanecer, Miguel Ángel salió del depto sin hacer ruido. Nunca más se vieron. Pero Roxy quedó embarazada esa noche. El niño se llamó Héctor, en homenaje a Lavoe.

FIN 



domingo, 21 de julio de 2019

LA GUERRA LOS 60 AÑOS



Por Alejandro Ramírez Morón 

La tesis estaba precintada. Un libraco delgado pero consistente, pasta color azul rey, con el logo de la UCV impreso en un dorado brillante, y el título de aquel reportaje investigativo: “La guerra de los 60 años. Secuela de una revolución de extrema izquierda”. Unas 120 páginas reunían testimonios de torturas, acosos a la prensa, presos políticos y políticos presos. ¿Qué planteaba aquel vistoso tomo? Vendría una venganza. Que duraría 60 años.

Paca de Lastaria era uno de los dos jurados; era una gallega entrada en años, que portaba unos anteojos nacarados y que colgaba de su cuello con una cadenilla metálica. Rompió la cinta. “Ha de ser una tesis burguesa”, masculló entre la ristra de amalgamas y las maldiciones adheridas a su paladar. Era una expatriada española, de la era post Franco, atea y conspicua adepta del vendaval rojo rojito.

Leyó con los vasos capilares de las piernas entumecidos. El asombro congelado en la tráquea, apurando un licor de alcachofa muy venerado en su terruño. “Joder! Tendremos que reprobar a este tío, jolines”. La tesis de Alexandro Quijada Morenza, en efecto, era una tesis burguesa y vaticana. Que planteaba lo siguiente: los rojos habían sembrado vientos. ¡Cosecharían tempestades! Un epígrafe citaba los Evangelios: “por sus frutos los conoceréis”.

Una Colt plateada con orlas de vinil sobre la cacha ilustraba la primera página del trabajo de pregrado, en la Escuela de Estudios Políticos de la UCV. La defensa fue gélida y pugnaz. Su tutor no hallaba donde meter la cara, se acomodaba en el pupitre, se ajustaba la corbata: apenas había dado una leída rauda y veloz al reportaje.

Lo cierto es que tan bien redactado estaba aquel texto, que Quijada Morenza logró el “aprobado”. Era un equivalente a 10 puntos, que le permitía al menos salir de aquel infierno de facultad.

Los años pasaron, y en 2035, un par de décadas después, Alex estaba en su pent house de la zona financiera de Caracas, escaseando un poco de cocuy deluxe en un vasito de porcelana, con la palabra "poder" tatuada en japonés, y dando varoniles caladas a su puro cumanés. “Acá está, así los quería ver”, un resoplido de brisa vino desde al Ávila por el amplio ventanal. La avenida Francisco de Miranda era un apuro de chavistas marchando, ahora del lado de la oposición. Habían perdido todo poder. Y mascullaban consignas entre la bravata y el despecho. Pero la guerra de los 60 años estaba en pleno apogeo.

Alexandro Quijada Morenza tenía 60 años. Su salud era la de un roble, y su poder económico y político había llegado a un punto de asentamiento franciscano, como las aguas que se sosiegan luego de un maremágnum. Su juventud lo había sido. Más de una vez sintió en la nuca una pistola fría. Se buscó enemigos de alto calibre. Y la edad le enseñó a ser agua mansa.

La guerra de los 60 años terminaría con su muerte, en 2075. Sabía que llegaría a los 100 años de edad. Pero era disciplinado y atento a cada noticia, a cada despacho de las agencias de noticias. Se recibió de politólogo, pero luego ejerció por años como periodista. Llegó a ser dueño del diario más influyente de Venezuela: El Diario Glocal. La Internet lo había cambiado todo. Los capitales ahora eran unos muy distintos. Y aquella niña, finalmente, le había dado 4 hijos que heredarían su imperio. Todo había quedado consumado.

FIN