miércoles, 4 de diciembre de 2019

NAVIDAD NEGRA



Por Alejandro Ramírez Morón 

@aleramirezve 

Su vida era como un mar negro y embrujado. Sobre su escritorio, la cajita de las píldoras para dormir, un par de libros de Phillip Roth, tabaco, café y los cassettes de Motown. Caracas la sorda. Caracas la bestia sorda. Había recogido una gata callejera, llena de rasguños en toda la cara, que se afilaba las uñas en las cornetas del stereo. Dios y el Diablo. Una honda herida en el corazón. Y aquel diciembre que llegó con sus días hermosos, y el hambre cruel mordiendo las avenidas.

Sobre los 40 años, Xavier Viscayne -el imposible, el superhéroe que no fue-, dejaba correr la hiel por su garganta, como una medicina ya conocida por años. El jarabe para la tos que le producía la presencia de gente extraña. El bálsamo que le curaba las heridas. Viscayne era, en cierta medida, un tipo malo, o un mal tipo. No creía en nada, ni en nadie. Y daba el zarpazo cuando era necesario. No se lo pensaba dos veces. Pensaba, como Vargas Vila, que piedad es debilidad.

La noche de Navidad compró un licor barato y aceitunas. Y se pasó toda la jornada escuchando el soundtrack de Kill Bill y leyendo Las Flores del Mal. Pasadas las 12 de la noche se asomó al ventanal de su casa, un pequeño anexo en Bello Monte que le había alquilado a una pareja amiga, que se había marchado de Venezuela como quien huye de la peste bubónica. Recordó su infancia, ya con los tragos en la cabeza, cerró los ojos y alcanzó a hacer una pequeña plegaria.

Una salva divertida y juvenil de fuegos de artificio reventó en el horizonte. El olor a pólvora fresca se le metió por la nariz, y le hizo recordar cómo cuando niño se pegaba de los frascos de querosene de su madre, para aletargarse los sentidos. Caracas era una ruina. Una ruina lastimera. Era la Navidad de 2019 y Xavier sintió todo el peso de su propia pesadilla carcomiendo sus entrañas. Lanzó un juramento, espetó una maldición, y se tumbó en el sofá cama de la sala.

La gata se le montó sobre la barriga, mientras él se servía otra copa de licor de esquina. Encendió un puro y acarició a la minina, como quien desea volver a ser niño. Maligna, que se así se llamaba la gata, era negra y brillante, y sus pupilas destellaban verdísimas como algas marinas. Viscayne había tomado un par de somníferos, pero realmente quería dormir para siempre.

Así que tomó papel y lápiz, y escribió: “Me voy, porque ya no aguanto el peso de mis demonios. He decidido salir de este plano, en la esperanza de que -más allá- la paz esté en algún lugar. Soy un hombre joven todavía, pero en realidad me siento como de cien años. Luché por años, sin ver el fruto de esa lucha. Me voy en Navidad. Y tal vez por eso Cristo se apiade de mi alma. Me voy sereno. Con la cabeza volada de alcohol y pastillas. Ciao. No lloren por mí. No vale la pena”.

Se levantó como pudo, llegó hasta el armario, y sacó la Smith & Wesson plateada. No le costó mucho llevar el cañón hasta su sien, y apretar el gatillo. La detonación sonó como un petardo más en medio de la candela de una salsa brava, que quemaba el edificio contiguo. Así se nos fue Xavier. Bye.

FIN



  

viernes, 1 de noviembre de 2019

El ruiseñor de la mafia



Por Alejandro Ramírez Morón

Se hundió en la tina caliente con el cuerpo resquebrajado por los calambres y el cansancio. Había sido un día de trabajo demoledor. Stella no tenía coche, y debía trajinar Caracas a pie, en autobús, y –lo peor- en un Metro cada vez más pestilente y brutal. Sus nalgas se relajaron al extremo al tocar el piso de la tina, una cerámica color azul petróleo que había hecho instalar hacía años atrás, cuando la economía de Venezuela era una muy distinta. It’s the economy, stupid.

Frente a aquel prodigio de agua y burbujas de jabón, un pequeño ventanal ofrecía un fragmento del Avila. Llovía. Era una lluvia persistente, pertinaz, cuyo susurro la hizo adormecerse y sentir todos los músculos del cuerpo distenderse. Caían las 6:30 pm sobre el valle de balas.

Cerró los ojos, y llevó su mano derecho a su entrepierna. Se tocó. Se tocó suavecito. Pensando en ella, y luego en él, y luego otra vez en ella. Apretó muy duro los dedos de los pies, y las mandíbulas sonaron como risitas de niño, cuando el orgasmo le llegó a la tapa de la cabeza. Ufff… encendió un Belmont, luego de secarse un poco las manos con la toalla que encontró más cerca. Ufff… el plexo solar se le relajó, en una especie de brisa fresca y mentolada. No hay nada mejor que casa.

Recostó el cuello del respaldar, y encendió un pequeño radio negro petróleo, marca Stereophonic, que se había encontrado en la basura de su edificio, y que había logrado reparar, echando mano de un par de herramientas. Una emisora de jazz dejaba escuchar “On the Sunny Side of the Street”, una pequeña exquisitez del swing de los años 50’s. Se fue quedando dormida, fue cayendo bajo el embrujo de esa serie de signos y señales que anteceden al sueño.

Soñó con Michael Corleone. Iba trajeado de negro impecable y le decía: “Stella, debes darte cuenta de todo el dinero que gastas en tonterías. No es personal. Son sólo negocios. ¿Qué vas a hacer luego con ese montón de libros de segunda mano, que ni siquiera te has molestado en leer?”, le decía el vástago de Don Corleone. Y luego le daba un beso en la boca. Se convertía en ruiseñor y salía volando por la ventanilla frente a la tina. Un aleteo la despertó.

En el borde del pequeño ventanal había un ruiseñor parado con majestad de capo. Cantó. Cantó precioso. Y ella no quiso mover ni un dedo. Era un instante de mágica hermosura que hubiese sido una torpeza romper. El pájaro voló finalmente. Y ella soltó una lágrima de alegría que cayó en el fondo de la tina. Se levantó, ya más relajada y descansada, el par de tetas corpóreas colgándole sobre el abdomen. Se secó. Se puso una bata de baño color crema. Y se sirvió un té negro.

FIN




lunes, 12 de agosto de 2019

ROXY



Por Alejandro Ramírez Morón 

Su cuello era fino, como el de un cisne. Sus greñas una maraña blonda, que sujetaba con una pequeña daga con cacha de carey. Ella quería amar. Ella quería gritar. Morder y arañar. Soñaba con un macho cabrío, moreno y de rasgos angulosos. Todas las noches. Roxy le había dado el nombre de Miguel Ángel. Tenía la certeza de que ese hombre que veía en sus sueños un día llegaría a su vida real. Lo sabía. Desde niña había tenido sueños premonitorios.

Aquella mañana fría de diciembre en Caracas, la avenida San Juan Bosco de Altamira era un atajo de carros, y las aceras un hervidero de transeúntes ávidos de festejar. Esa noche era la Navidad del año 2020, y los caraqueños –ya resignados a la peste negra- igual sonreían, tarareaban y lanzaban piropos a las negras, cargadas con bolsas de regalo. Roxy miró por la ventana enrejada de su depto para solteros. Decidió ir a hacer algunas pequeñas compras para esa noche.

Por fortuna, la panadería y el expendio de licores quedaban muy cerca, apenas cruzando una calle, ahí en la zona rosa. Compró pan de jamón, panetón, turrones, panecillos, cremas de ajo y berenjena, y un dulce de lechosa que venía empacado al vacío. En la licorería se decantó por el ron Cacique, Coca Cola, hielo y limones frescos. Tomaría Cuba Libre para recordar los tiempos de Carlos Andrés Pérez, cuando era todavía una liceísta, y se iba de farra con sus compañeros.

Miguel Ángel. Así lo había bautizado ella. Y de repente, luego de pagar, y al cruzar de nuevo la calle, allí estaba: era él. Era el mismo tipo que la visitaba en sueños. En la plazoleta había un busto de cierto prócer italiano, una especie de filántropo de la provincia italiana, que había redactado un corpulento manual de ortografía para estudiantes de primaria. Los parroquianos, en gran medida colonia de la bota, habían querido agasajar al intelectual. Roxy fingió tropezar con el busto.

Dejó caer el pan de jamón. Quería trabar conversación con aquel hombre, que la había perseguido durante los últimos 6 meses en sueños. En efecto, el hombre se inclinó y recogió el paquete con el pan.

-Acá tiene, señorita. No sea tan atorada, que estamos en Navidad…

-Gracias! Eres muy gentil. Cómo te llamas?

-Miguel Ángel. Y tú?

-Yo me llamo Roxy. Y te conozco desde hace tiempo. Pero tú no me conoces a mí…

-Jajaja. En serio? Qué loco. Cómo así? –Roxy tenía 40 años y él apenas pasaba de los 20-.

-Qué harás esta noche? Quieres cenar conmigo y escuchar aguinaldos en mi casa?

-Bueno, mira. Yo tampoco tengo familia. Puedo poner unos disquitos de Lavoe, si no te molesta. Los aguinaldos me cansan al rato –dijo con voz de niño lindo y la besó en los labios con calor de carne-.

Esa noche cenaron juntos. Bailaron con los discos de Lavoe, y el ron se les fue a la cabeza. Se metieron en la cama, y entonces fueron llamas ardientes por dos horas y un poco más. Finalmente, el sueño pudo más que ellos. Se encontraron en el mundo de Morfeo, y soñaron al mismo tiempo que tenían un hijo en común. Al amanecer, Miguel Ángel salió del depto sin hacer ruido. Nunca más se vieron. Pero Roxy quedó embarazada esa noche. El niño se llamó Héctor, en homenaje a Lavoe.

FIN 



domingo, 21 de julio de 2019

LA GUERRA LOS 60 AÑOS



Por Alejandro Ramírez Morón 

La tesis estaba precintada. Un libraco delgado pero consistente, pasta color azul rey, con el logo de la UCV impreso en un dorado brillante, y el título de aquel reportaje investigativo: “La guerra de los 60 años. Secuela de una revolución de extrema izquierda”. Unas 120 páginas reunían testimonios de torturas, acosos a la prensa, presos políticos y políticos presos. ¿Qué planteaba aquel vistoso tomo? Vendría una venganza. Que duraría 60 años.

Paca de Lastaria era uno de los dos jurados; era una gallega entrada en años, que portaba unos anteojos nacarados y que colgaba de su cuello con una cadenilla metálica. Rompió la cinta. “Ha de ser una tesis burguesa”, masculló entre la ristra de amalgamas y las maldiciones adheridas a su paladar. Era una expatriada española, de la era post Franco, atea y conspicua adepta del vendaval rojo rojito.

Leyó con los vasos capilares de las piernas entumecidos. El asombro congelado en la tráquea, apurando un licor de alcachofa muy venerado en su terruño. “Joder! Tendremos que reprobar a este tío, jolines”. La tesis de Alexandro Quijada Morenza, en efecto, era una tesis burguesa y vaticana. Que planteaba lo siguiente: los rojos habían sembrado vientos. ¡Cosecharían tempestades! Un epígrafe citaba los Evangelios: “por sus frutos los conoceréis”.

Una Colt plateada con orlas de vinil sobre la cacha ilustraba la primera página del trabajo de pregrado, en la Escuela de Estudios Políticos de la UCV. La defensa fue gélida y pugnaz. Su tutor no hallaba donde meter la cara, se acomodaba en el pupitre, se ajustaba la corbata: apenas había dado una leída rauda y veloz al reportaje.

Lo cierto es que tan bien redactado estaba aquel texto, que Quijada Morenza logró el “aprobado”. Era un equivalente a 10 puntos, que le permitía al menos salir de aquel infierno de facultad.

Los años pasaron, y en 2035, un par de décadas después, Alex estaba en su pent house de la zona financiera de Caracas, escaseando un poco de cocuy deluxe en un vasito de porcelana, con la palabra "poder" tatuada en japonés, y dando varoniles caladas a su puro cumanés. “Acá está, así los quería ver”, un resoplido de brisa vino desde al Ávila por el amplio ventanal. La avenida Francisco de Miranda era un apuro de chavistas marchando, ahora del lado de la oposición. Habían perdido todo poder. Y mascullaban consignas entre la bravata y el despecho. Pero la guerra de los 60 años estaba en pleno apogeo.

Alexandro Quijada Morenza tenía 60 años. Su salud era la de un roble, y su poder económico y político había llegado a un punto de asentamiento franciscano, como las aguas que se sosiegan luego de un maremágnum. Su juventud lo había sido. Más de una vez sintió en la nuca una pistola fría. Se buscó enemigos de alto calibre. Y la edad le enseñó a ser agua mansa.

La guerra de los 60 años terminaría con su muerte, en 2075. Sabía que llegaría a los 100 años de edad. Pero era disciplinado y atento a cada noticia, a cada despacho de las agencias de noticias. Se recibió de politólogo, pero luego ejerció por años como periodista. Llegó a ser dueño del diario más influyente de Venezuela: El Diario Glocal. La Internet lo había cambiado todo. Los capitales ahora eran unos muy distintos. Y aquella niña, finalmente, le había dado 4 hijos que heredarían su imperio. Todo había quedado consumado.

FIN


domingo, 14 de julio de 2019

MOTEL ORQUIDEA





Por Alejandro Ramírez Morón 

Pasó el cerrojo y la cadenilla detrás de la puerta. Una fetidez a semen y tabaco rancio se fundía en un almizcle raro con las exudaciones criogénicas del aire acondicionado. Paul “Taco” Lancaster llevaba unos jeans apretados y con el ruedo remangado, una franela negra de algodón con la cara de José Gregorio Hernández, y calzaba un par de mocasines de suela, cuero negro, trenzas que ataba con doble nudo. En su cuello un cuero negro con un cristo de plata mexicana.

Abrió el paquete de Marlboro Rojo y encendió un rubio picante y demoniaco. Rompió la cinta de seguridad de su botella de ron Cacique y dio un trago largo directo desde la botella. Un par de líneas sobre la mesa de noche y “sniffff… sniffff…”. La cabeza le retumbó como un bombo borracho y la entrepierna se le pringó en un escalofrío que le tensó el cuero de las bolas y le erizó el vello púbico, infernal y negrísimo, como el afro de Prince en los 70’s.

Levantó la bocina del teléfono, un aparato vetusto color beige y con teclas marrón cigarro, los números desteñidos y la bocina llena de quemaduras de tabaco.

-Hola –su voz de tenor rasgada por el vicio y la noche se oyó bajo la sordina del hilo telefónico-.

-Motel Orquídea, buenas noches –un rumor de vasos y risotadas se confundió con el timbre nasal de la recepcionista.

-Buenas noches. Le hablo de la habitación 15-A. Tráigame, si es tan gentil, una pizza margarita con champiñones y anchoas negras.

-Listo. A su cuenta…

-OK. Gracias –se filtró como data sensible aquella voz de Leonard Cohen, a medianoche-. También quiero un negro…

-¿Ah?

-Un negro. Sí. Un hombre de raza negra…

-Ah!!! Ok… está bien. Y, ¿antes o después de la pizza margarita?

-No, no… después, claro. Hágalo venir un par de horas después de traer la pizza.

-Entendido, señor Lancaster. A su cuenta también…

-Ciao –habló con voz de Dionisio o Baco caraqueño-. Click…

Prendió el televisor Hitachi que pendía de un paral en la pared de la cómoda. Se desnudó y se dio una ducha de agua helada. Jabón de olor y más coca. Encontró una porno de faena dura y sucia. Se masturbó con rabia. Heavy. Se hirió el glande. “Riiiing”… sonó el timbre. Ahí estaba la pizza.

FIN


domingo, 5 de mayo de 2019

DISCOS QUE RECOMIENDO 100%


-ABBEY ROAD (The Beatles)
-POP (U2)
-Nocturnos. Chopin. (Pollini)
-La epopeya de Bolivar (Aldemaro Romero / Soundtrack)
-Homogenic (Björk)
-Last night (Moby)
-Flaming Pie (Paul McCartney)
-Imagine (Lennon)
-Mama Said (Kravitz)
-Caribe Atómico (Aterciopelados)
-Plomo Revienta (Desorden Público)
-La Mató, La Violó y La Picó (Dermis)
-Infecto de afecto (Sentimiento Muerto)
-Invítame (Los Pixel)
-Nuestra (La Vida Boheme)
-Arepa 3000 (A Invisibles)
-Miss Mujerzuela (C de Cianuro)
-Fantasma (Call On)
-Ovalo (Ale Ramirez)
-Caracas Saudade Tropical (Jose Manuel Pinto)
-Calle 54 (Varios Jazz)
-El solar de los Aburridos (Blades / Colon)
-Disco Negro (Yordano)
-Shine a Light (Stones)
-Diamonds and Pearls (Prince)
-10.000 Hz Legend (Air)
-OK Computer (Radiohead)
-Amor Amarillo (Cerati)
-Esto ya lo toque mañana (Suñé)
-Clic Modernos (Charly)
-El Sacrificio (Paez)
-Alta Suciedad (Calamaro)
-Buddha Bar 12 (Ravin)
-Rogamar (Cesaria Evora)