Un rosario rojo. Perfume de mujer. Llevaba los estigmas en el alma. El Ávila rajaba el horizonte, como un macho cabrío, como un varón irreductible, como un sultán envenenado. La avenida Casanova era un infierno de rugidos de motor, aceite pringoso –como coños cachondos-, y pilotes de basura rancia. 3:14 pm. El vaho grasoso de una arepera le ofendió por un momento las narices, un rictus de asco le deformó por un segundo el entrecejo, mientras tomaba una bocanada de aire.
La oficina era una caja simétrica y amarillenta, repleta por todos lados de tomos innumerables, separatas soporíferas, y un puñado de trofeos de campeón sin corona. El licenciado Pío Colombres Antequera dejó reposar sobre la mesa fría un maletín aséptico de cuero italiano. Era un periódico pequeño y ortodoxo que había conocido mejores tiempos, épocas de gloria, en una Venezuela donde se podía comprar el caviar a precio de jamón endiablado.
“Joder, si me pudiera montar en un avión hoy mismo, y escapar de esta garita de país”, masculló una parrafada agria que se le atoró por un momento en el esófago. Tomó un sorbo hirviendo de café negro sin azúcar. Y se puso a contestar correos en Gmail. Gacetillas de varios diputados, artistas emergentes que nunca conocerían la fama, amantes que de vez en cuando gastaban un par de líneas –“para cuándo, dime, para cuándo”-; alumnos que hoy vería y mañana nunca más.
Allí estaba la noticia: “El presidente de Master Card quiere verlo la semana que viene. La franquicia ofrecerá detalles de facturación y otras cifras”, se leía en el correo de una asistente administrativa con la cual tenía más de 10 años de desconocimiento mutuo. Banca. Esa era la palabra clave. ¿Qué lugar tenía la banca en una república bananera? ¿En un narco estado? “El problema con nosotros es que no tenemos dónde guardar la plata”, había dicho alguna vez Escobar.
Sintió una sensación de ahogo, y una taquicardia pertinaz le sacudió por un minuto el corazón. Decidió bajar a los jardines, tomar un poco de aire fresco, y despachar un rubio ligero. El corazón de Sabana Grande estaba preñado de árboles verdes y frondosos. “¿Qué otra cosa es un árbol más que libertad?”, pensó en silencio, mientras la mirada se le perdía por unos segundos de hipnotismo brujo. Una hembra morena y carnosa pasó por la acera de enfrente, tarareando y tal.
Miró hacia el cielo despejado. 4:08 pm. Pensó que no estaría demasiado tiempo en este mundo. Así que decidió dar fuego a otro rubio ligero. Y entonces abrió punto y raya en un diálogo con Dios:
Dios.- Tal vez ahora no lo veas. Pero todo esto tendrá sus frutos. No bajes la guardia.
Pío.- Amanezco cada día con ganas de haber sufrido un infarto a media noche.
Dios.- No hay cielo sin cruz. Es el costo que debes pagar por ser quien eres.
Pío.- Vale. No te hagas rollos.
Dios.- No te los hagas tú. Ni creas que estarás por poco tiempo acá. Vivirás 100 años de libertad...
FIN

