jueves, 21 de septiembre de 2017

Jacobo Borges: “El Ávila me enseñó a ser pintor”

FOTO: José Alejandro Colón

Todo un emblema de las artes plásticas criollas, el pintor Jacobo Borges se confiesa 100% caraqueño. Asocia a la muerte con el río Guaire, por cierto incidente escolar, y revela que el artista hace un hueco en la pared, al cual termina por hacerse adicto. “A mí no me preocupa nada, ni añoro nada, lo único es si paso 4 meses lejos del Ávila”, se toma nuestro caos con soda.

Por Alejandro Ramírez Morón

“Yo tengo 85 años de edad. Aquiles Nazoa tenía 10 años más que yo. Él tenía 15 años, cuando yo tenía 5 años. Pero a partir, más o menos, de los 16 años tuve la suerte de tener amigos 15 o 20 años mayores que yo. Por lo tanto, yo no frecuentaba la ciudad de un muchacho de 16 años, sino la Caracas de un hombre de 26 años, o más de 30 años”, da cuenta el artista plástico, Jacobo Borges, de las múltiples máscaras de Caracas, que tuvo ocasión de vestir.
Relata que hizo –cuando tenía como 18 años- un paseo con Aquiles Nazoa. Estamos hablando del año 1948, y la Caracas que él le mostró había cambiado. Porque –dice Borges- tiene una visión de Caracas anterior a él, con las fotos de Luis Felipe Toro (Torito). “Es uno de los más grandes fotógrafos que ha existido en Venezuela. Él fotografiaba todo. Tiene millones de fotografías. Él fotografió los años 30 del siglo pasado. Yo mismo, cuando tenía 20 años, podía ver –desde donde queda hoy la Universidad Bolivariana, en Bello Monte- la Plaza Francia. No había nada que interrumpiera la visión de la Plaza Francia desde Bello Monte. Tomábamos leche de vaca”, recuerda a la sucursal del Cielo, hoy devenida capital del Infierno.
Borges llegó a viajar en tranvía, acá en Caracas. Pero hay amigos, con 15 o 20 años más que él, que le contaban que ellos se estaban afeitando, y el tranvía se detenía a esperarlos. Eso es 15 años antes de que Borges naciera; nació en 1931. Estuvo hasta el año 1957 estudiando en Europa. Entre París y esa ciudad pequeña que relata, garantiza el pintor, había un abismo. No se decía “vamos al centro”, sino “vamos a Caracas”.

Plaza Pérez Bonalde
Cuando llegó de Europa, en 1957, Caracas había cambiado mucho. Ahora había autopistas. Marcos Pérez Jiménez tumbó muchas casas. “Yo no dejé a mi mamá firmar para que tumbaran nuestra casa en Catia. Allí, yo me reunía con José Ignacio Cabrujas, en la Plaza Pérez Bonalde. Teníamos como 17 años. Estaba Emilio Santana, quien fue jefe de la página de Arte de El Nacional. Luego tuvo un programa de televisión. El gran escritor Oswaldo Trejo. Uno que fue decano de la UCV. Todos nos reuníamos en esa plaza. Cuando venía la policía corríamos, y nos perdíamos. Por la dictadura uno no se podía reunir en las plazas de noche. Ahí fue mi formación intelectual”, se pierde entre las páginas del guión de nuestra ciudad capital.
Y va a corazón de la tragedia: “Pero se podía caminar de noche. Crecimos juntos. Mario Abreu vivía en Caño Amarillo, y yo en la Plaza Pérez Bonalde, pegado de un cerro, y él me acompañaba –tenía 10 años más que yo- caminando a la medianoche. ¿Cuándo comencé a tener miedo de caminar en Caracas de noche? Regresé de París (1957) y caminaba del Centro a Catia de noche. Incluso por barrios. Hoy uno no se puede atrever a eso. Hasta 1980 yo caminaba con mi esposa, Diana, por todo el Boulevard de Sabana Grande hasta Altamira, y seguía caminando a la medianoche. Eso, de repente, ya no se pudo hacer. Una de las cosas que más me gusta es caminar de noche, y ya en los 90 había que pensarlo 2 veces. Ya en el año 2000 no se podía caminar de noche”, echa de menos el entrevistado.
“Yo he pintado el cerro Ávila. Siempre en una proporción entre el tiempo del cerro y el tiempo de la ciudad. El Ávila parece que no se mueve, es atemporal. Hice incluso un libro de dibujos que se llama ‘La montaña y su tiempo’. Pero no podría decir que en mi obra se pueda separar lo correspondiente a Caracas. Cuando yo era muchacho me sentaba en mi casa a ver el Ávila, a través de una pared rota. Y pasaba horas. Yo descubrí el color con el Ávila, cómo el color iba cambiando a cada minuto. El Ávila me enseñó a ser pintor. La influencia de Caracas es radical en mi obra. Si entiendes a Caracas como el cerro el Ávila. También todo el drama de la noche, los burdeles (fui una o dos veces), las siluetas, el agua (las lluvias de Caracas) aparecen en mi obra”.

El agua al cuello
La lluvia de Caracas llegó en Catia a su obra. Había pequeñas lagunas, y los muchachos aprovechaban de bañarse. Él no sabía nadar, lo comenzaron a insultar para que se lanzara, y lo hizo desde la parte más alta. Comenzó a ahogarse. “Me salvé porque me agarré de una rama. Desde entonces he estado varias veces en peligro de morir por el agua, incluso en una bañera. Eso es lo que se ve en mi obra. Esa relación con el agua. El agua es quizá el elemento que le da una continuidad a todo mi trabajo. Desde el Ávila se ve La Guaira. En Caracas siempre tiene uno el mar presente”, hace alusión al eterno antagonista del Ávila, el mismo mar de los deslaves.  
¿Sus recuerdos más entrañables de Caracas? Uno por supuesto las reuniones en Catia con Cabrujas, y otros amigos. Luego, unas reuniones que hacían en cierta librería que quedaba debajo de las Torres de El Silencio. También las reuniones con el Grupo Sardio, donde estaba Adriano González León, y Salvador Garmendia, entre otros.
Vivió en casa de Aquiles Nazoa, incluso. Él le dio –nos cuenta Jacobo Borges- un espacio en su casa para pintar, y siempre se lo llevaba preso (a Nazoa) la Seguridad Nacional. Él fue una influencia determinante, indica Borges, con él aprendió cómo leer. Sergio Antillano, el papá de Pablo Antillano, le enseñó a vivir el jazz, en los años 50. Alejo Carpentier le daba mucha información. El periodista Héctor Mujica. También Carlos Cruz Diez, con quien empezó a trabajar a los 14 años.  “La República del Este se reunía en Sabana Grande, en un restaurante cerca del Moulin Rouge”.
Jacobo Borges se detiene en uno de los más singulares íconos de la capital venezolana: “Cuando yo estaba en 4to grado, un compañerito inteligentísimo, de apellido Izaguirre, se ahogó en el río Guaire. Era un río normal, y crecía mucho, era incluso navegable. Izaguirre se tiró al Guaire y se ahogó, no apareció nunca. En la escuela le hicimos un homenaje, con un sacerdote. Fue mi primer contacto con la muerte. Hay un vínculo para mí entre el Guaire y la muerte. También estaba la laguna de Catia”, se deja empapar por uno de los ríos bravos más importantes de su obra.
“Yo he rotado por varias ciudades con mi trabajo. Vi casi morir unos amigos venezolanos en Nueva York. A mí no me gustaría morir en un hospital de un país extranjero. Es posible que acá no te atiendan bien, y se equivoquen los médicos, pero me encanta la mentira: siempre te dirán que estás bien. Si yo me enfermo afuera, trataré de tomar un avión para venir a morir en Caracas”.
Dice ser 100% caraqueño. Cuando está en Venezuela no se puede mover ni a 30 kilómetros de Caracas. Vive en una casa, pero hasta hace poco vivía en un apartamento. Tan solo 30 kilómetros le parece lejísimo del Ávila.

Su propia burbuja
“El pintor es como lo que eran los zapateros remendones: trabajamos en casa. Salgo muy poco. Si puedo caminar de noche no estoy preso, pero acá ya no se puede. Yo trabajo hasta las 10 pm, y a esa hora no puedo salir a caminar. Vivo en Caracas, pero no es que viva tranquilo. Es un problema conseguir la comida, y hay mucha delincuencia. Por otro lado, si yo paso 4 días sin esta pastilla (muestra un empaque de Diovan, un antihipertensivo) quedaría parapléjico y sin aire. No es fácil conseguirla. Además, nos bañamos con perolita, porque ya estamos bajo racionamiento de agua”, pinta claro nuestra más cruda realidad de hoy.
Pero se encoge de hombros, respira profundo, y se lo toma con soda: “A mí no me preocupa nada, ni añoro nada, lo único es si paso 4 meses lejos del Ávila. Yo puedo comer todos los días lo mismo, no bebo, no fumo, no frecuento restaurantes. La pintura te obliga a encerrarte 3 meses para hacer un cuadro. El problema del artista es que abre un hueco en la pared, y se hace adicto a ese hueco. Yo siento el peso de los problemas de Caracas, sin embargo, y lo único que uno puede hacer es ayudar a que eso se modifique, discutir, aportar. Hay gente que quisiera estar en París. Yo estoy acá, y no estoy en otro sitio. Caracas es caótica, y yo soy eso. Yo soy parte de Caracas”.
Jacobo Borges da la última pincelada: “Claro que quisiera ver mejor a Caracas. Yo di clases 12 años en Salzburgo. Iba cada año. Tomaba el autobús a las 9:01 am. Nunca fue un minuto antes, o después. Yo me afeitaba y calculaba exactamente el tiempo del trayecto. Si llegaba un minuto después perdía el autobús. Uno hace ese plan acá en Caracas, al chofer le parece maravilloso, lo hace dos semanas, y a la tercera semana se fastidia, y no lo hace más”. Así somos. Es verdad.

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Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista CÓNDOR (Aserca / SBA)

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