Por Alejandro Ramírez Morón
¿De qué color es el cielo del cielo del cielo? ¿Color cielo? “No lo sé, mi cielo”, se extravió Gustavo Adolfo Michelena, en una bocanada tóxica de tabaco barato y rancio como la mirada de una prostituta. El silencio nunca reinaba en El Silencio. El Palacio Federal Legislativo era el epicentro de un terremoto político mundial. El podio de prensa se abarrotó en un enjambre peligroso de reporteros, y allí estaba ella: la diputada Perla Jung, un poco negra, otro tanto china.
-Acaba de aprobarse la Ley contra Reinas de Belleza Drogadictas y otras plagas de la Nación –disparó ante la gélida artillería de micrófonos, un taller negro azabache sujetándole las caderas marmóreas.
-¿Cuál es la pena máxima estipulada? –preguntó Michelena, los dientes manchados de tanto tabaco día y noche, un sudor espeso sobre la calva recién rasurada.
-La Miss Mujerzuela que más mujerzuela llegue a ser quedará presa para siempre…
-¿Cuánto tiempo es para siempre? –ripostó el reportero, del Daily Miracle, donde todos los días tenía lugar al menos un milagrito.
-A veces, para siempre es un instante…
Jung se deshizo entre un tumulto de escoltas armados hasta los dientes. Esa fue toda su declaración. ¿De qué color es el infierno del infierno del infierno? ¿Color infierno? “No lo sé, infierno mío”, dijo Michelena a la reportera de Pornovisión, y le clavó los dientes en la nuca, detrás del Salón Francisco de Miranda, un rumor de motores y fábricas incendiando afuera la ciudad de C-r-a-c-k-a-s, capital del infierno… algún día sucursal del cielo…
Salieron por La Ceiba, se persignaron frente a San Onofre, y caminaron hasta el motel más cercano. Una ducha helada, que se les metió entre las nalgas, cocaína, y a la mustia cama. Michelena hundió un par de dedos marcados por la nicotina entre los labios mayores de Rebeca (01 en todas la materias de la universidad, 20 puntos en la cama de todos los ejecutivos de la industria), y sintió el gel delicioso de su secreto. Los ojos se le afilaron en un negro violento.
“Pinga, mami, pinga”, le peló los dientes como un animal rabioso. El TV viejo y desvencijado que colgaba sobre la pared mostraba las escenas furiosas de un porno comercial y sintético. El polvo habrá durado –pongamos por caso- 10 minutos. Pero experimentaron un orgasmo simultáneo que recordarían hasta el día de su muerte.
-Profesor Michelena, ahora que tiene ya 80 años, y está prácticamente retirado. ¿Qué consejo puede darle a las próximas generaciones? –preguntó 40 años después una periodista nervuda y pálida como una bruja europea.
-Muerdan duro… eso es todo…
FIN

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