miércoles, 13 de diciembre de 2017

Rosa



Por Alejandro Ramírez Morón

Rosa. Se llamaba Rosa. Era negra como una perla, y su perfume se metía por las narices del más pintado: una fragancia suave y amaderada, que manaba de su entrepierna siempre perfectamente pulimentada con todo tipo de jabones y geles humectantes. Usaba un rosario blanco de marfil marroquí, con un crucifijo de plata, que coincidía felizmente con un hilo de vello enroscado, que iba a dar a su secreto más íntimo.

Ella sabía de hombres, sabía de amores, sabía de hembras, sabía de hambre. Rosa la maravillosa. ¡Qué cosa, Rosa! ¡Cuando tú vas por ahí, robando azules de corazón! Dos piernas pétreas y definidas se desbordaban en unas sandalias romanas, trenzadas sobre la batata prieta, como si Rosa fuera una amazona. “Allá va Rosa, caracha… quién pudiera…”, suspiraban los varones en la garita. Pero ella era rica, en todo sentido. En la forma y en el fondo.

Había escrito una telenovela en los buenos tiempos de RCTV, que le había permitido comprar un Mercedes Clase A, pero prefería las caminatas largas y elásticas. Le encantaba el empedrado del Boulevard del Cafetal, por ejemplo, y ver cómo los Golden Retriever paseaban como ángeles amarillos. Amor Amarillo… cristales de amor amarillo… Rosa… rosa… tan maravillosa… ay! Quién pudiera, Rosa… alguno de estos días… alguna de estas noches…

A veces, los domingos, se iba caminando hasta el kiosco de Plaza Las Américas, y compraba un par de revistas, a veces PRODUCTO, a veces GERENTE, a veces sólo miraba por mirar. “Rosa… tú tan negra… y tu novela tan rosa”, le piropeó una vez el bombero de la estación de servicio. “Rosa la que tienes tú entre las nalgas. ¿Cómo que rosa, si la protagonista muere de VIH?”, reventaron ambos en una estridente carcajada, como si el cielo de Crackas se viniera sobre las losas.

Llegó a su casa, y abrió una botella de El Record, un aguardiente barato que le calentaba las orejas y la hacía reírse como si se hubiese fumado una buena ganya. Echó a rodar Buddha Bar 12 by Ravin, y empezó a revisar las cuentas de todos los bancos. Hiperinflación. Era increíble: entre más dinero producía, más gastaba, y más le pedía la quincena. “Ay! Rosa… tú sí estás rica, tú si eres rica”, pensaba ella, una sonrisa de Mona Lisa sobre las ambiciones como un frío en el estómago.

Encendió un Belmont (“esta vaina ya es impagable”) y vio el parpadear nervioso del módem Netgear. “Coño, que no se me caiga la Internet”, masculló con el par de tragos ya colocados entre las tetas pequeñas como ciruelas. Hacker. Rosa había sido amante por años de un hacker. Podría cometer delitos informáticos, pero no se atrevía. Sabía que eso no estaba bien. Hiperinflación. Un crecimiento de los precios de 2000% al cierre de 2017.

Había que arreglarle el computador al Clase A. O tendría que seguir dando caminatas extenuantes. No es que no le gustara. Pero el Mercedes olía mejor que la mierda de la bestial Crackas.

FIN

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