Por Alejandro Ramírez Morón
Pasó el cerrojo y la cadenilla detrás de la puerta. Una fetidez a semen y tabaco rancio se fundía en un almizcle raro con las exudaciones criogénicas del aire acondicionado. Paul “Taco” Lancaster llevaba unos jeans apretados y con el ruedo remangado, una franela negra de algodón con la cara de José Gregorio Hernández, y calzaba un par de mocasines de suela, cuero negro, trenzas que ataba con doble nudo. En su cuello un cuero negro con un cristo de plata mexicana.
Abrió el paquete de Marlboro Rojo y encendió un rubio picante y demoniaco. Rompió la cinta de seguridad de su botella de ron Cacique y dio un trago largo directo desde la botella. Un par de líneas sobre la mesa de noche y “sniffff… sniffff…”. La cabeza le retumbó como un bombo borracho y la entrepierna se le pringó en un escalofrío que le tensó el cuero de las bolas y le erizó el vello púbico, infernal y negrísimo, como el afro de Prince en los 70’s.
Levantó la bocina del teléfono, un aparato vetusto color beige y con teclas marrón cigarro, los números desteñidos y la bocina llena de quemaduras de tabaco.
-Hola –su voz de tenor rasgada por el vicio y la noche se oyó bajo la sordina del hilo telefónico-.
-Motel Orquídea, buenas noches –un rumor de vasos y risotadas se confundió con el timbre nasal de la recepcionista.
-Buenas noches. Le hablo de la habitación 15-A. Tráigame, si es tan gentil, una pizza margarita con champiñones y anchoas negras.
-Listo. A su cuenta…
-OK. Gracias –se filtró como data sensible aquella voz de Leonard Cohen, a medianoche-. También quiero un negro…
-¿Ah?
-Un negro. Sí. Un hombre de raza negra…
-Ah!!! Ok… está bien. Y, ¿antes o después de la pizza margarita?
-No, no… después, claro. Hágalo venir un par de horas después de traer la pizza.
-Entendido, señor Lancaster. A su cuenta también…
-Ciao –habló con voz de Dionisio o Baco caraqueño-. Click…
Prendió el televisor Hitachi que pendía de un paral en la pared de la cómoda. Se desnudó y se dio una ducha de agua helada. Jabón de olor y más coca. Encontró una porno de faena dura y sucia. Se masturbó con rabia. Heavy. Se hirió el glande. “Riiiing”… sonó el timbre. Ahí estaba la pizza.
FIN

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