Por Alejandro Ramírez Morón
Flores. Flores salvajes. Entrepierna brutal. Escozor. Ron barato y tabaco sin filtro. Per aspera ad astra. La máquina de hacer café despidió un aroma recio y sexual. Supo que llegaría tarde al trabajo. Se rascó torpemente la sesera, y marcó el número de su línea de taxi particular. “Sí. Buenos días. Es el arquitecto Ludovico Coppola. Saldré una hora más tarde esta mañana. Gracias”. Click. Abrió de par en par el ancho ventanal, y oyó el cloquear risible de las guacharacas.
Sobre la cama, enteramente desnuda, estaba Perla. Su amante de Petare. Las tenía en Catia, en el Country Club, en Caricuao, en Santa Paula, en Valencia, en Porlamar, en Panamá City, en NYC, y una en Sao Paolo que no veía desde hacía un par de años. En la TV se veía cómo un lince corría en medio de la selva tras un bambi; se le empañaron los ojos del cansancio y el hastío. Se sirvió un tazón de café negro sin azúcar. Radiohead. Everything in its right place. Kid A.
Perla ronroneó un buenos días carnal y sensualmente caraqueño, que le disipó la bruma mortecina que atenazaba sus neuronas. Se metió en la cama con ella, y comenzó a tocarla suavemente. Los navajazos del sol entraban como una maldición a las 8:37 am, y un gato cacri que había recogido en Plaza Venezuela deambulaba con aspecto bukowskiano de acá para allá, se afilaba las uñas en las cornetas del stereo, y lanzaba hoscos zarpazos a la lingerie de Perla, desperdigada en olores pringosos por el suelo.
Afuera, Caracas comenzaba su danza malandra, su ópera maldita, su puesta en escena demoniaca. “Se espera 2000% de inflación al cierre de 2017”, abrían los titulares de la prensa especializada en Economía & Negocios. Un par de peces gordos y más lentos que la pasta de tomate, se movían con pereza espesa en el diminuto acuario de la alcoba; una miniatura del Pensador de Rodin colocada sobre la mesa de noche. Puzo. Omerta –ese libro marcado- yacía surcado por un marcalibros en la mesa de noche.
Echaron un polvo, se mordieron los labios y la nuca, más café, más cigarro, y al baño: ducha helada los dos, otro polvo y ciao. Cada cual por su lado. Allí, Gillette en mano, Ludovico marcaba distancia de la nena, y le dejaba en claro -con dos miradas-, que ya sería hasta el próximo fin de semana. Ella –negra prieta y perfumada- orinaba mientras tanto, y revisaba el móvil en franco acuse de recibo. Sirvieron un par de líneas, inhalaron, y se vistieron velozmente. Tocaba plantar cara a la calle. Au revoir.
Era un anexo mediano, casi pequeño, pero cómodamente apertrechado. Un par de dormitorios (uno de ellos servía de biblioteca y estar), un solo baño, una pequeña kitchenette, y una coqueta salita regada con cojines árabes sobre el suelo; en el centro una mesa de madera estilo japonés. Ludovico no tenía coche, detestaba conducir, por eso iba y venía de todos lados en taxi. A veces, si podía, incluso llegaba a sus citas caminando. La casera era una vieja gallega de 78 años, bruta como una piedra, y avara sin parangón.
Salieron juntos, se despidieron con un beso tóxico y metálico, las carnes de sus bocas laceradas por el sexo, las drogas y el alcohol. Ludovico la vio perderse entre los espectrales árboles de La Florida -rociados por la luz de gas matinal- y se le perdió de vista al cruzar la esquina de la Funeraria Vallés. Él caminó hasta la línea de taxis, y saludó con un apretón de manos a Ramón, el brother que siempre lo llevaba y lo traía. “¿Qué hay, Ramón? ¿Qué se cuenta de las putas de Venevisión?”, reventaron en una carcajada.
Sobre la cama, enteramente desnuda, estaba Perla. Su amante de Petare. Las tenía en Catia, en el Country Club, en Caricuao, en Santa Paula, en Valencia, en Porlamar, en Panamá City, en NYC, y una en Sao Paolo que no veía desde hacía un par de años. En la TV se veía cómo un lince corría en medio de la selva tras un bambi; se le empañaron los ojos del cansancio y el hastío. Se sirvió un tazón de café negro sin azúcar. Radiohead. Everything in its right place. Kid A.
Perla ronroneó un buenos días carnal y sensualmente caraqueño, que le disipó la bruma mortecina que atenazaba sus neuronas. Se metió en la cama con ella, y comenzó a tocarla suavemente. Los navajazos del sol entraban como una maldición a las 8:37 am, y un gato cacri que había recogido en Plaza Venezuela deambulaba con aspecto bukowskiano de acá para allá, se afilaba las uñas en las cornetas del stereo, y lanzaba hoscos zarpazos a la lingerie de Perla, desperdigada en olores pringosos por el suelo.
Afuera, Caracas comenzaba su danza malandra, su ópera maldita, su puesta en escena demoniaca. “Se espera 2000% de inflación al cierre de 2017”, abrían los titulares de la prensa especializada en Economía & Negocios. Un par de peces gordos y más lentos que la pasta de tomate, se movían con pereza espesa en el diminuto acuario de la alcoba; una miniatura del Pensador de Rodin colocada sobre la mesa de noche. Puzo. Omerta –ese libro marcado- yacía surcado por un marcalibros en la mesa de noche.
Echaron un polvo, se mordieron los labios y la nuca, más café, más cigarro, y al baño: ducha helada los dos, otro polvo y ciao. Cada cual por su lado. Allí, Gillette en mano, Ludovico marcaba distancia de la nena, y le dejaba en claro -con dos miradas-, que ya sería hasta el próximo fin de semana. Ella –negra prieta y perfumada- orinaba mientras tanto, y revisaba el móvil en franco acuse de recibo. Sirvieron un par de líneas, inhalaron, y se vistieron velozmente. Tocaba plantar cara a la calle. Au revoir.
Era un anexo mediano, casi pequeño, pero cómodamente apertrechado. Un par de dormitorios (uno de ellos servía de biblioteca y estar), un solo baño, una pequeña kitchenette, y una coqueta salita regada con cojines árabes sobre el suelo; en el centro una mesa de madera estilo japonés. Ludovico no tenía coche, detestaba conducir, por eso iba y venía de todos lados en taxi. A veces, si podía, incluso llegaba a sus citas caminando. La casera era una vieja gallega de 78 años, bruta como una piedra, y avara sin parangón.
Salieron juntos, se despidieron con un beso tóxico y metálico, las carnes de sus bocas laceradas por el sexo, las drogas y el alcohol. Ludovico la vio perderse entre los espectrales árboles de La Florida -rociados por la luz de gas matinal- y se le perdió de vista al cruzar la esquina de la Funeraria Vallés. Él caminó hasta la línea de taxis, y saludó con un apretón de manos a Ramón, el brother que siempre lo llevaba y lo traía. “¿Qué hay, Ramón? ¿Qué se cuenta de las putas de Venevisión?”, reventaron en una carcajada.
FIN

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