Por Alejandro Ramírez Morón
Evangelio según San Lucas 6,6-11.
Otro sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo.
Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: "Levántate y quédate de pie delante de todos". El se levantó y permaneció de pie.
Luego les dijo: "Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?".
Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada.
Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.
Evangelio según San Lucas 6,6-11.
Otro sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo.
Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: "Levántate y quédate de pie delante de todos". El se levantó y permaneció de pie.
Luego les dijo: "Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?".
Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada.
Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.
Cruzó un infierno abyecto y visceral. El Diablo llegó a atenazarlo de modo impío. Las madrugadas fueron oscuras y letales. El vértigo en su estómago, cada amanecer, le prensó las bolas hasta el extremo. Mano de hierro, guante de seda. Tragó amargo y escupió dulce. Negro. Todo llegó a ser absolutamente negro. Pero Cristo un día lo tocó. Dio un soplo sagrado sobre sus tinieblas espesas, y en un tris el flaco desenmarañó aquella enrevesada trama macabra.
La Corona de Espinas entonces se apoderó de su mente. Fijó para siempre su mente en la Cruz. Los clavos de Cristo le salvaron del hondo abismo. Quedó cojo de una pierna, y una mano se le paralizó parcialmente. La cabeza se le llenó de canas, apenas rebasados los 40 años, y una espectral perplejidad se alojó en aquel par de ojazos negros, como una señal de alarma, un rastro del espanto, del asombro, del terror. Perdió mucho peso, y –a la par- echó un cuerpo fibroso y aceitado.
Se llamaba Santiago Emmanuel, y había nacido en la agreste Caracas de los años 70’s. Venía de Catia, amaba con locura la tecnología, y había nacido con la mirada de nácar, bajo el efluvio de una irreversible maldición: los hembrones. Quiso ser casto (había intentado ser jesuita), pero cuanto más alto subía, más bajo caía, en esa ruda empresa. Sentía una enfermedad maligna por los coños pringosos, las tetas inflamadas, las piernas musculosas, las nalgas cremosas y perfumadas.
Madre Tierra. Había entendido un día, que las mismas flores que él recogía en el camino de Petare para sus santos, se conectaban con los árboles del Ávila, con las algas del mar Caribe, con los jardines de Japón, con el Everest, con la Patagonia; era una misma cosa. Animal. Se sentía esencialmente salvaje y animal. Sabía que morir por su cuerpo, era morir por su alma. Era particular devoto de San Francisco de Asís, el santo de los músicos y de los animales. Sancti.
Un día su maestro espiritual le dio duro y por el pecho, en medio de una confesión, cuando él se deshacía en auto indulgencias para justificar su derroche: “Pensar que María Santísima fue apenas la mujer de un humilde carpintero”. Entonces lo entendió todo. Renunció a las riquezas y el poder, que lo perseguían, y se le ofrecían con entera facilidad. Eso le trajo dolor. Por las mañanas se llamaba Dolor “El Magnífico”. Pero era feliz. Cuando cruzaba cada desierto cruel era totalmente feliz. GRACIAS TOTALES.
“Ama hasta que duela. Si duele es buena señal”, dijo Madre Teresa. Él lo comprendía. No pain, no gain. Tenía la sensación de que no iba a estar mucho tiempo en este mundo. De modo que vivía cada día como si fuese a ser el último. En un momento todo llegó a ser absolutamente negro. Y el Diablo llegó a atenazarlo de modo totalmente impío. Pero él resistió la paliza. Y sólo le quedaban los cojones. Pobre. Era muy pobre. Pero Cristo supo darle cojones. Se daba por bien pagado.
Madre Tierra. Animal social. Pero animal, al final de la jornada. Canción animal. Tarzán. Rey de la Selva. Rey de Caracas. Esa feroz selva de concreto. Donde si no matas, te matan. Ciao. Au revoir. Cést fini.
FIN

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