jueves, 16 de febrero de 2017

AD MAJOREM DEI GLORIAM


Por Alejandro Ramírez Morón

Los pies eran su fetiche. De niña caminaba descalza en el jardín de la casa de su abuela, sólo para sentir las punzadas agudas –como tildes en un poema de Baudelaire- de las tozudas piedritas en las plantas de sus pies. Una piel blanquísima como una capa de cebolla, era el envoltorio perfecto para aquel cuerpo de ninfa, siempre perfumado y suave, vagamente cubierto por una película de vello rubio y delicado, como finos hilos dorados que pespunteaban sus formas femeninas.

Un par de tetas corpulentas y lechosas se escondían bajo aquella blusa blanca de seda, un rosario de oro muy discreto alojado entre las comisuras carnosas. Miró la montaña borracha de verdes y marrones, e inhaló con fuerza el aire frío de las 6:30 am. Bajó a los jardines del campus. Era hora de oír misa. Casi nadie merodeaba todavía. En la capilla sólo el cura –sotana negra y mirada fresca como un vaso de leche-, disponía sobre el altar la Biblia, el cáliz y la hostia.

Comulgó. Tenía el hábito de confesar cada mes y medio, o dos meses, porque para Carmen la misa no era otra cosa que una gran fiesta, en la cual si no comulgas es como si no bebieras, ni comieras, ni bailaras. Un Cristo de caoba se empinaba sobre el Sagrario, y mientras se leía el Evangelio del día, Carmen se preguntó qué cosa pasaba entre la mano, el clavo y la madera. ¿Podía morir la sangre de Cristo? ¿Qué hubiera pasado si una muestra hubiese sido sometida al microscopio?

“Podéis ir en paz”, retumbó la voz nasal del sacerdote, al tiempo que un aletear de feligreses ebrios del Espíritu Santo cruzaban apretones de manos, echaban mano de sus maletines, y empezaban a perderse en el eco sordo de los perros callejeros ladrando allende las puertas del templo. Carmen María Solano Olivares. Ese era su nombre completo. Así figuraba en la lista de asistencia de los profesores. El sol ya mordía la pasta astrosa del césped. Show time.

Dio fuego a un rubio ligero, y repasó mentalmente la estructura de la clase que le tocaba dar en una hora. Había leído una frase del Cardenal Ratzinger que sugería mantener “la mente en la Cruz”, y entendió que esa cruz también estaba en sus apuntes mentales, en el centro de toda área de diseño, en los zapatos de sus alumnos (que ella intentaba llevar por buen camino), es decir, en todo lo que había de puro y santo frente a sus ojos.

Alzó los ojos a los montes que bordeaban la universidad, miró las nubes robustas, los zamuros de Caracas describiendo siluetas inteligentes muy arriba sobre el cielo, y recordó aquellas mañanas transparentes caminando descalza en casa de su abuela. Más allá se escondía una inmensidad de astros criogénicos y galaxias minerales, que nada tenían que ver con el afán de smartphones y cigarrillos que ya se había apoderado de los jardines.

“AD MAJOREM DEI GLORIAM”, susurró muy suave, elevando el zig zag de su plegaria más allá de la estratósfera. Un helicóptero militar rompió el ensueño en un repiquetear atronador y ciego. Entonces recordó que la conversión de San Ignacio de Loyola había comenzado con una guerra. Paz.

FIN

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