sábado, 24 de diciembre de 2016

ARTE Y PARTE



Por Alejandro Ramírez Morón

Desde el pequeño balcón de aquella suntuosa habitación del Cartagena Hilton, una especie de cajetín blanquísimo presidido de manera más o menos inestable por una mesita redonda y livianamente coronada de exóticas frutas tropicales, se podía otear el negro espeso de la noche, amarrado al ancho mar, y violentado en el horizonte lejano por las borrachas luciérnagas de neón de la ensenada.

Martín se había dado una ducha caliente, y ahora estaba desnudo de cuerpo entero, el cuello perfectamente rasurado, y poseído por el pesado vaho de un perfume de marca que recién acababa de comprar, el celofán del empaque aún destellando –ligero- sobre el piso.

Encendió la televisión HD de 32 pulgadas, y la luminosidad aguda de los rayos catódicos tornó aún más metálico y obsceno –si cabe- el brillo de los objetos en la habitación. Dió fuego a un rubio ligero y tomó una cerveza venezolana del mini bar. El pelo peinado hacia atrás, Martín estaba en sus tempranos treinta, y era ya un prestigioso negociante de obras de arte. Había comenzado desde abajo, a los 17 años, como asistente de la directora de un lustroso museo de Caracas: “sí, señora... no, señora”... pero poco a poco había ido ganando terreno, tachonando rancias metas con pie de plomo, y ahora las luces de la ensenada le transmitían la paz de la misión cumplida. El Cartagena Hilton era apenas un juego de niños comparado con todo el lujo y el poder que anhelaba y –él estaba seguro, como quien mira con sus propios ojos una cosa- asimismo lo esperaba.

Se dice que los espacios físicos se impregnan del alma de quien los habita. En esa habitación del Cartagena Hilton reinaban la serenidad y la contundencia. Martin sabía que no podía permitirse perder, y que el mundo de los negocios, cuando se ha entrado de verdad en lo bueno, es tan negro como esa noche que pisaba con fueza al mar más allá del balcón, tan espeso, y, sobre todo, tan peligroso y plagado de tiburones. Por eso su ánimo –curtido, cincelado, por años tras años de olfato, oficio e intuición- había terminado por asentarse en un natural sereno y contundente. Lo que había aprendido a los 17 años le serviría para toda la vida, lo sabía con certeza: “sí, señora... no, señora”... brevedad de palabra, precisión de intenciones...

Apagó el televisor. Chirrrssss… quedó –transparente- la estática flotando en el aire. Se tumbó sobre la gigantesca cama, cubierta de confortables colchas blancas, y dejó que la brisa que entraba desde el balcón acariciara su perfumada desnudez de roble. Pensó en una mujer olorosa y de muslos cremosos, la vió claramente en su cabeza, retuvo la imagen por unos segundos, hasta que el reloj despertador lo sacó con violencia del ensueño. Debía vestirse para bajar a la cena.

Un holgado pantalón negro de algodón y polyester, blusa suave de lino crema y unas zapatillas de felpa italiana color beige. Estuvo listo en un tris. Desplegó de largo a largo su perfecta dentadura frente al espejo, en búsqueda de algún impertinente resto de comida, pero todo estaba en orden. Guardó la cámara fotográfica y su Ipod en la caja fuerte de la habitación, y se echó a andar pasillo adentro, una hilera convencional de puertas sintéticas, alineadas aritméticamente, luz halógena cada tres habitaciones, frío glacial y aroma a alfombra recién aspirada. Era feliz, era quien quería ser, era justamente quien había querido ser desde los 5 años, ni policía ni aviador: un implacable y exitoso hombre de negocios... la mano de hierro más cotizada del mercado.

I

El elevador era un ascéptico y acomodado lugar, dominado casi en su totalidad por un color plata pulimentado con esmero –era obvio-, en el cual se permanecía tan solo unos instantes, con arreglo a la vertiginosa velocidad de sus poderosas y perfectamente aceitadas correas alemanas, negras e inescrutables, como un par de peligrosas lenguas de dragón.

Allí, en el higiénico elevador del Cartagena Hilton, si uno corría con relativa buena suerte, y nadie abordaba en un piso inferior, había chance de distender el gesto, de respirar profundo y contar hasta diez, de liberar algún suspiro preñado de decepción o escaso encanto, en fin, se podía ser uno mismo, al menos durante un minuto.

Martín calculó como quien lo hace digitando en una máquina, un milenario ejercicio de hombres de negocios, del ábaco al PC, pero ahora sobre sus variopintas emociones: Sí, ahí en la soledad criogénica del elevador era sólo Martín, el pelado que se comía las uñas y en el fondo deseaba una mujer, muchos hijos y un golden retriever en el jardín, pero eso era porcentualmente muy inferior al matador de pupilas aceradas y tacto imperturbable, tanto que ya el elevador llegaba a la planta baja y ni se acordaba, tanto que aquel resquicio de piedad se diluía en una nueva contracción de los músculos de la cara, en una mano codiciosa acariciando la blusa de lino, para que no quedara arruga alguna, y esa chica X o Y –la noche era joven y las probabilidades infinitas- no encontrase de dónde agarrarse para resistirse a sus encantos de hombre impoluto en la forma y en el fondo.

Las puertas del elevador se abrieron con perfección cibernética, haciendo una ligera pausa acolchada –puro hi tech, pura aerodinamia- al final de la operación, mientras una campanita de sonoridad electrónica repicaba en los oídos de un encandilado Martín, y una voz de película de ciencia ficción cantaba el arribo a la planta baja.

Martín caminó con aérea majestad de galgo hasta la recepción del hotel, y preguntó con serenidad franciscana: “¿No ha venido por mí el señor Alejandro Olivares?”. Que no, que no había llegado todavía, que el señor Olivares siempre tardaba un poco -minutos más, minutos menos-, usted sabe, los negocios no dejan tiempo para nada, pero que había llamado hacía no mucho para pedir que se advirtiera sin falta y de manera cabal a su merced, el señor Martín Lopezna, que sería recogido en breve por una camioneta marca Mercedes Benz, color blanco, con vidrios negros y brillantes como el petróleo virgen, puro y recién extractado.

Decidió tomar asiento en una de las cómodas y mullidas poltronas, pardas y macizas como un cuarteto de adormilados hipopótamos, que el lobby ofertaba como oasis en medio del mundano tránsito de calzados, y cruzó las piernas en gesto de nerviosismo, como quien aprieta con los ojos el transcurrir del counter de un banco, a la espera de su turno.

Era mucho lo que estaba por decidirse en esa cena, cómo no. Pero Martín no podía siquiera imaginar cuánto en realidad estaba por decidirse. El dinero apenas terminaría importando. Peanuts. Y eso era lo crucial. Lo capital.

II

Finalmente, el neumático brillante de la camioneta Mercedes Benz masticó –dejando en el aire un chillido transitorio, agudo y gomoso- el borde de la estrecha acera que hacía frente en el Cartagena Hilton.

Martín abordó el asiento de atrás, toda vez que uno de los empleados del hotel se sirvió abrirle con gentileza la portezuela de la poderosa camioneta. ¡Tras! Se oyó cerrarse la puerta. Hubo dos o tres segundos de silencio a bordo de la Mercedes Benz, justo mientras Martín se acomodaba, sentía en sus mejillas el soplo helado del aire acondicionado templarle la piel, y Alejandro Olivares atisbaba a volverse sobre su propio eje en el asiento del copiloto, para extenderle una mano cortés y vehemente.

Cruzaron los saludos de rigor. Apretón de manos sólido y severo, propio de dos acorazados hombres de negocios. En el reproductor MP3 de la Mercedes tintineaba –no obstante- un enternecedor y frágil estudio de Frederic Chopin.

Alejandro Olivares era un bogotano astuto y suave, propietario en Caracas de una cadena de restaurantes de comida mantuana, y tenía atenazada entre ceja y ceja la idea de convertir cada pieza de su flamante cadena gastronómica, en una particular galería de arte, con exposiciones itinerantes, de jóvenes artistas, venezolanos y extranjeros. Aquello tenía que ser de excepción. Había millones en juego. Allí cruzarían –ese era el plan- copas, tenedores, sonrisas plásticas y angulosas codicias los más exquisitos y aventajados visitantes de la capital.

Para eso Olivares había aprovechado su coincidencia en Cartagena con Martín, éste en viaje de placer, aquel siempre lidiando con una, dos o varias almas, a la caza del mejor centavo, de la mejor oferta. Para eso lo había citado, y no para otra cosa: para convencerlo, tendido hábil y lábilmente a las suelas de su cómodo par de zapatillas italianas de felpa, pero desde el límpido mantel de un restaurante de mariscos –había que pagar al menos un par de filetes y una botella de buen vino, las inversiones gruesas vendrían después- que pusiera su ojo clínico y su tacto de oro, en cuestiones de arte, al servicio de aquella entrañable empresa de la pujante nouvelle cuisine caraqueña.

Las luces del malecón, a ratos, eran más tenaces que los voluntariosos cristales ahumados, y el interior de la Mercedes Benz se teñía por fugaces instantes de un resplandor blanquecino y fantasmal. Al fin, llegaron al restaurante Club de Pesca.

III

Los dos filetes de merluza asada humeaban como tizones sobre un par de platos blancos de diámetro dadivoso, ornamentados con jugetones motivos marinos color azul petróleo. Los dos hombres se acomodaron en sus respectivas sillas, y exhalaron un resoplido de cansancio o hastío, quizás acicateados por el calor húmedo de la bahía.

Martín tomó un sorbo de vino tinto chileno, y encendió uno de sus rubios ligeros, mientras Olivares estudiaba –la mirada insidiosa pendulando entre el filete de merluza y el distendido Martín- cada gesto de su presa con laboriosidad cartesiana. Había millones en juego. Aquel negocio era para el restaurador bogotano un auténtico bocato di carninale. Y –de concretarse- para Martín también. Pero el dinero apenas terminaría importando. Y eso era lo capital. Lo crucial.

El asunto era sencillo: se trataba de convencer a los más cotizados artistas plásticos caraqueños y latinos en ascenso de abandonar por un momento el embarazoso andamiaje del negocio de las galerías y los museos tradicionales, para ofrecer a los comensales de Mantuano, la cadena de restaurantes de Olivares, audaces colectivas itinerantes, que hicieran del lugar no sólo un exquisito y atrevido punto de recalada de los más selectos artistas, bohemios refinados de Master Card Black y Mini Cooper, sino el imán plástico y gastronómico de Latinoamérica e, incluso –por qué no, la globalización daba para casi todo-, Norteamérica y Europa.

Martín escuchó con gesto distendido y las cejas enarcadas a cada mención de costos, dólares, market share y jugosas ganancias netas, volviendo cada tanto la vista con pereza hacia la ristra melancólica de yates que dormían aparcados en el muelle. Después de dos botellas de vino tinto chileno, Martín solamente deseaba cancelar la cuenta y volver al Cartagena Hilton, pero la argumentación matemática y seductora como el opio de Olivares había logrado ya para esa hora pellizcar su atención, convencerlo de que prestar su inteligencia y sus contactos para aquella travesura mil millonaria podría ser divertido. En realidad, él no lo sabía, la noche apenas comenzaba.

“Dame hasta mañana en la noche para pensarlo. Si no acepto el trato, te diré quién puede ayudarte allá en Caracas. Pero lo más probable es que, después de todo, el negocio termine por resultarme atractivo”, disparó a rajatabla, y se tapó la boca con la servilleta para deslizar un lánguido bostezo que daba por concluida la reunión. Olivares llamó con un ademán al mesero y fijó, él también, los ojos como un par de puntas de alfileres en el muelle.

Pero en ese momento, repicó el timbre futurista del costoso y sofisticado aparato celular de Olivares: “Aló… sí… ¿Verónica? ¿Dónde estás? ¿Qué tal, socia? Estoy acabando de cenar con Martín Lopezna, el marchante venezolano del que te hablé… ¿Qué? ¿Qué vienes para acá? Oye, pero ya estamos terminando de cenar”. Martín se sintió agitado por la llamada: era una mujer.

Era verdad que estaba cansado, y la habitación del Hilton estaba provista de una cama tentadora para ensayar el más profundo de los sueños. Pero –pensó-, ¿acaso las camas estaban hechas sólo para dormir? Hizo un gesto a Olivares, para indicarle que no rechazara a la chica. “No, hombre. Pero qué descortesía. Dile que venga. Al menos una copa más de vino tinto. ¿Cómo vamos a despreciar a tu socia?”, concedió y esbozó una media sonrisa.

Alejandro Olivares dibujó –él también- una sonrisa de Mona Lisa. El pez había caído. Amarrar un romance entre su socia, la chef Verónica Pinto, y el pujante Martín, sería sencillo, y era también amarrar el negocio. Se movió un poco para atisbar una posición más cómoda en la silla. Sintió el sudor en la pretina de sus pantalones. “Bueno, Vero… fresca… Podemos estar un ratito más… si estás cerca del Club de Pesca acércate… pero prontito… mira que ya nos estábamos levantando… no… no es molestia… cómo piensa, su merced”. Click.

El destino se le acababa de cruzar, puro y duro, insondable e inexpugnable, al joven marchante Martín Lopezna, de 32 años y rostro angélico como una luminosa estatua de santo, apostada en cualquier catedral latinoamericana. Ahí, los párpados dilatados de sueño y las manos entrecruzadas sobre el mantel semi arrugado. Bocaza. Por un momento se arrepintió de haber auspiciado el encuentro con Verónica. Pero las mujeres eran su debilidad, su talón de Aquiles, y varias personas le habían hecho comentarios vehementes sobre los encantos de geisha de la cocinera. “¡Es una diosa!”, le había deslizado –con un guiño de ojo- un colega mexicano. Por un momento deseó no haber abierto la boca, cuando advirtió en el semblante de Olivares un aire de satisfacción, mezclada con un dejo relajado de comodidad y espíritu acometedor.

“Por la boca muere el pez”, masculló Martín, entre dientes. De una manera u otra, le quedarían pocas maneras de zafarse del negocio, si se embarcaba en una aventura con La V…, como se le conocía en los corrillos gastronómicos caraqueños. Así que tocaba poner todo el esfuerzo para ganar todos esos millones que Olivares ofrecía como pan ya comido, o resignarse a hacer el papel de tonto útil.

Tomó una gruesa bocanada de aire y dio un suspiro. Después de todo, la idea era buena, había que admitirlo. Seducir a un puñado de artistas extravagantes y exitosos, millonarios, de pelo verde y ojeras trasnochadas, le tomaría sólo algunas gestiones. El poder estaba en sus manos. Era verdad que el negocio que Olivares le planteaba podía abrirle puertas nuevas, y granjearle una buena tajada de millones. Pero, al final del día, el dinero acabaría importando muy poco. Y eso era lo capital. Lo crucial.

Súbita. Repentina. ¡Zaz! Como una pluma que de repente se desprende del ala agitada de un ángel. Sorpresiva y más silenciosa que una tumba. Como un secreto, o una vela que de pronto se apaga dejándonos en penumbras, como pisadas ciegas, o una seda que se desliza suave entre un par de piernas austeras. Así hizo su entrada triunfal, sin sentirse siquiera, la firme y seductora chef Verónica Pinto.

Los lóbulos rosa y los puños femeninamente castrenses tocados por un perfume delicado, con reminiscencias a jazmín y naranja, iba trajeada con un sencillo vestido negro hasta las rodillas, las ambiciones sujetadas a la cadera marmórea por un delgadísimo cinturón de cuero beige. Un par de tacones medianos color crema la plantaban con fuerza sobre los rudos, sucios y gastados listones de madera que componían –azarosos- el piso del Club de Pesca. Sonrió, se sentó –frágil- y dijo: “Soy una condenada diablita… ya los señores estaban cancelando la cuenta”.

IV

¡Plop! Descorcharon otra botella de vino chileno. Los cuerpos calientes, húmedos, despacharon una cajetilla de rubios americanos, hicieron arañas con las servilletas de papel, hablaron de buenos negocios, de cocina y vino, de ciudades hermosas, de autos de lujo, mancharon el mantel, Verónica perdió el rouge, toda sudor, la noche entró de verdad, violenta, como una bestia negra, ansiosa y rebelde. Nada. La cuenta –ahora sí- y al casco colonial. A bailar.

Los faros de la camioneta Ford Explorer de Verónica se encendieron furiosos, sonaron las portezuelas cerrarse, y la Van Mercedes que los había llevado hasta el Club de Pesca volvió al aparcadero de la casa de Alejandro Olivares, el chofer somnoliento y aterido por el gélido aire acondicionado, el restaurante colgado de la luna y las luces parduscas de la bahía.

Llegaron al casco colonial. Allí tomaron una mesa en un bar llamado Mephisto. Ordenaron un servicio de whisky 18 años marca Chivas Regal. “Sí… ando de paseo por Cartagena… me alojo en el Hilton… jejeje… ¿que mis ojos son preciosos? Por Dios, Verónica… me ruborizo… qué decir de tus tacones y tu falda… te ves divina… preciosa tú… ¿bailamos?”.

Tocaba un ensamble de salsa brava que recordaba a los mejores tiempos de La Fania. Verónica y Martín se lanzaron a la pista de baile, atestada de turistas, pestilente, hirviendo como un tizón, el piso infectado de pegostes de grasa y chicle bomba. Bailaron como bestias. Rieron a carcajadas. Se toquetearon de a poco, discretos, comedidos, prudentes, pero cada vez más excitados. Alejandro Olivares dio cuenta del tercer scotch sentando en un puff color naranja y entendió que estaba demás. “Ciao, chicos… sí… tengo una agenda terrible mañana… pásenla en grande…ciao… bye”.

Cuando ya quedaba apenas un tercio de la botella de Chivas, Martín se acercó a Verónica y le clavó un beso colosal en la boca. Los cuerpos ardiendo, ambos sintieron un alivio gigantesco: era justamente lo que cada uno de ellos quiso hacer desde el mismo momento en que se vieron, unas horas antes, apenas. “Eres un bandido… qué rico ese beso, chico… por Dios”, dijo la V, rompiendo en una sonora risotada. “¿Nos vamos al Hilton?”, preguntó Martín, y añadió: “tengo una vista preciosa de la bahía, y un balcón que es una putería… blanquísimo… coqueto… chic… pequeñito pero confortable… podemos charlar un poco… no sé… no tiene por qué pasar nada… lo prometo”, dio por redondeada su propuesta. Verónica asintió, y sacó su Master Card Black. Nunca había deseado tanto usar su tarjeta de crédito. El resto es historia.

FIN



  

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