Por Alejandro Ramírez Morón
Gerenció el año con mano de hierro y guante de seda. Aquella oscuridad siniestra que se había apoderado de Caracas lo hacía todo más difícil. La capital era un acertijo maligno, un garabato ilegible, un enrevesamiento de vectores negros, como maldiciones de gélidas brujas europeas; ser católico practicante no era cosa fácil, ser luz en las tinieblas era cosa que dolía, y a veces dolía mucho. A veces sentía como si un ejército impío de puñales se le clavara en el corazón.
Pero las mañanas de Caracas eran radiantes, y pensar en Eva le sembraba mariposas en el estómago, imaginar que dormía abrazado con ella le calmaba aquel vértigo ciego. Bendijo sus ojos pardos, de niña dulce y mansa; quiso tener una guitarra acústica entre los dedos, quiso tener el poder de ordenar el fin de aquella terrible era de violencia y mala saña. Extrañó la ciudad de su infancia, el Fairlane 500 de su padre, aquel olor a limpio, el cosquilleo de su aire acondicionado.
Se tendió boca arriba en la cama tibia, cerró los ojos y miró hacia adentro: allá estaba el universo-abismo, allí adentro estaba el allá afuera, el out there. Quiso llorar a gritos, quiso pedir perdón a todas las personas a las cuales había hecho daño, quiso ver a Cristo decretar una amnistía; quiso llorar a gritos. Dio un sorbo generoso a su vaso de ron con hielo, y un par de caladas varoniles a su puro cumanés. Se desnudó. Se masturbó un rato largo. Y cayó dormido toda la noche. 11:47 pm.
Soñó con mafias negras, con oficinas angulosas, con tacones lejanos, soñó que estaba en una mansión de impoluta arquitectura victoriana, y que se lanzaba por un tobogán de plástico negro, que lo escupía en una calle sucia y vacía; soñó que volaba en un Ícaro sobre temibles vastedades oscuras. Soñó con Eva, vestida de blanco y descalza, con un cáliz de plata en la mano derecha, y un ángel sobre su cabeza que le decía: “Ella vendrá por ti, pero sólo vendrá una vez”.
Despertó sobresaltado y empapado en sudor frío. Apretó fuertemente un rosario negro de plástico que tenía sobre la mesa de noche, y tocó su frente con un poco de agua bendita. Se levantó, fue a la cocina, y montó un café negro bien cargado. Más tabaco. Un café negro con un toque de ron. Se asomó al ventanal insólito y frío, como una entrada hacia otra dimensión, e inhaló con furia el aire criogénico de la madrugada. “Dios, ten piedad y misericordia de nosotros”, deslizó hacia el fresco bambolear de los árboles.
Decidió darse una ducha de agua helada, y trabajar un poco sobre dos textos que tenía descolgados y en el tintero. Entonces sintió sobre su escritorio el aletear astuto de una tara verde, verdísima. El insecto se paró sobre el módem negrísimo, y se quedó mirándolo fijamente a los ojos, como un emisario elegante y bien trajeado, como un soldado que ha venido a traer un mensaje de guerra a muerte, como un designio que se materializa de repente, sacro y mineral.
Sobre la pared comenzaron a rebotar los primeros azules del amanecer. La tara voló y salió por el ventanal con violencia nipona. El vecino cocinaba panquecas a esa hora, y el olor noble de la mantequilla se coló hasta sus narices. Cerró los ojos. Se sujetó la cabeza entre las manos masculinas. La sensación de tormento comenzó a disiparse con aquel aroma sereno. Crucifixxio Zapata entendió que había comenzado la jornada. Entró al portal de New York Times. 5:30 am.
Sonó el teléfono de su despacho. “Es Eva. Buen día, mi amor. Voy por ti en media hora”, susurró. Click.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario