lunes, 21 de agosto de 2017

PAULA



Por Alejandro Ramírez Morón

Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el refulgir plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?

Cada mes que pasa me hago menos a la idea de ya no tenerte. Recuerdo el embrujo de estrellas tornasoles alborotadas en mi cabeza –como navajas- que fue amarte, enamorarme de ti. Cómo hundías con ternura tus dedos largos y delicados en la maraña de mi pelo negro azabache. El piano robusto en medio de la sala de nuestro apartamento. La biblioteca ciclópea en el estudio. Las revistas regadas por el suelo. El café negro y el chocolate a media tarde.

Ahora me paso los días escuchando música sin parar. Es la única forma en que consigo apaciguar un poco los pensamientos. Creo que venderé los muebles y el apartamento. Necesito comenzar una nueva vida. Lejos de todo lo que me recuerde que tú y yo fuimos una pareja estable y hermosa. Que fuimos… que fuimos lo más bello y lo más grande…

Quizá me valla a París o a Bogotá. ¿Tú que piensas? Creo que me vendría bien cambiar de ambiente y de clima. ¿Ya encontraste una nueva pareja? ¿Qué se yo? A mí se me ha hecho difícil, pero sólo han pasado tres meses y medio. Llené nuestro viejo cuarto de rosas rojas y abrí las ventanas de par en par. El olor me recuerda tu sonrisa, que me hace tanta falta. Además compré la misma marca de champú que tú usas. No debería aferrarme. Lo sé.

¿Sabes? Siempre me gustaron tus pies, perfectamente cortados. Tus labios cremosos, limpios y rosas. Siempre me gustó ver el brillo de tu lengua rojo escarlata. Tus pestañas largas como cisnes negros. En cierta forma era música. Todo lo que nos pasaba era música. Y ahora que acabó… bueno… ¿Alguna vez podrás perdonar todo lo fuerte que fue mi manera de afrontar el final? Ojala que sí.

Yo todavía te amo. Me imagino que lo sabes. La verdad siempre se impone. Y quiero que sepas que no, que en el fondo de mi corazón, no hay nada más fuerte que el deseo de volver a estar junto a ti. Quizá más adelante podamos comprar la casa que nunca compramos, y cultivar las fresas que siempre soñamos en cultivar. Y quizá también podamos tener unos críos milagrosos, sanos y fuertes… Creo que voy a romper a llorar…

Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el refulgir plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?

I

No sé en qué año, ni en qué hora, perdí el rumbo de mis días… no sé en que trago de agua, en qué vuelta de hoja, en qué momento, al amarrarme los zapatos, se me deshizo el destino entre las muelas… cada hombre tiene un solo destino… ya lo sé… pero el mío arrastra sus cadenas cual fantasma… no sé si en algún momento debí haber girado a la izquierda, y lo hice a la derecha… no sé si perdí la vida en un instante y aún no me he dado cuenta…

¿Sabes? Es una cuestión relativa… acaso de segundos… acaso determinada por un simple pensamiento… quizá deba dedicarme a escribir y escribir hasta que me alcance la muerte… dejarlo ser… que sé yo… abandonarme… esta soledad es como una pared de hierro… tanta gente, tanta gente que ha ido y venido… no sé en qué año, ni en qué hora, perdí el rumbo de mis días…

Miro el centro de mi corazón… intento deshacer los nudos… hay que ser fuerte, Paula… en esta vida no hay otro camino que ser fuerte… en mis manos hay miles de huellas, he tenido que usarlas para amar y para matar… uno es lo que es, mi bella Paula… uno nunca cambia… cada hombre tiene un solo destino… estoy agradecido de la vida, porque te tuve entre esas, mis dos manos… porque mis manos de hierro tocaron tu cintura de papel… porque te vi reír como una niña… y también lloraste entre mis manos hasta deshacerte del dolor…

Han sido muchos años postergando lo que realmente quiero… eso me hizo el tipo irascible que rompió una relación de 10 años… el prepotente que tiró la mesa al suelo… y te gritó que eras una puta en medio de una medianoche lunar magnífica… que debió ser más bien el escenario de fondo para un buen vino… sí, me voy a dedicar a escribir… a hacer música… sin abandonar los negocios, eso sí… la vida es lo que es… yo soy lo que soy… y no puedo hacer nada por ser alguien más… ya todo está dicho… dos más dos siempre serán cinco… that’s it…  vendrá la muerte y tendrá tus ojos…

II

El domingo amaneció brillante. Me despertaron unos pajaritos que se pararon en la ventana. Anoche estuvo mi hermana con las niñas en casa, y dejaron en el suelo un lego con el que tropecé y de vaina me parto la frente del tremendo resbalón que dí al saltar de la cama… jejeje… venía de leer no sé que cosa sobre la prostitución en Bankok en una revista y lo primero que grité cuando caí al suelo fue: ¡puta madre!... ¿Puedes creer?

Sí… aquella vez te grité puta y es verdad que era una noche de estrellas… es verdad… pero ya sabes que andabas de tragos con el maldito producer ese del demonio… tienes que entender… no sé… además nos habíamos metido coca… de verdad, no sé… para colmo te habías puesto aquel vestidito negro que apenas te cubría la espalda… lo que vino después es como un mazazo en la cabeza a plena luz del día…

¿Qué pensaste cuando te montaste en ese vuelo rumbo a Barcelona? Me dejabas hecho mierda, un manojo de nervios y lágrimas. Ahí quedé, negociando con el dolor. En la tarde me fui al gimnasio y rompí a llorar en el sauna. Deben haber pensado que soy maricón. No me dejaste opción alguna. Actuaste de modo cruel y calculado. ¿Tan mal te hice sentir, en realidad? No dejaste ni un número telefónico, una dirección… sólo una nota sobre la mesa de la sala: “Me voy a España… por favor, no se te ocurra tratar de localizarme”. ¿Cómo demonios esperabas que me sintiera? Ahora me paso los días escuchando música sin parar. Sí.

III

Sí… Voy a vender este apartamento de mierda y estos muebles comprados a plazos. ¿Sabes qué? En Bogotá dejé una noviecita que bien podría sustituirte. Pensándolo mejor, no sé qué demonios te has pensado. Me la voy a llevar en teleférico a la montaña de Monserrat y le voy a mostrar el Cristo greñudo que se arrastra allá en la cima, bien en el frío: “de velo y corona, mi ángel… listo… fresco… ante Dios y ante los hombres”… tú consíguete un españolete de esos que huelen bien mal...

¡No joda, Paula! ¿Por qué demonios me dejaste tirado como un trapo sucio? Coño, yo te amaba… te amaba deep and hard… te dí mi carne, te dí mi piso, te dí mi alma, te dí una extensión de mi Master Card que ni siquiera necesitabas, te dí mis recuerdos, mis cuentos de fantasmas… te lo hubiera dado todo menos mi cuenta Gmail… esa la descubriste tu misma el día desgraciado en que me faltó hacer logout… ¿cómo te vas a poner a revisar mis correos, coño? Sí, vale, te estaba pegando cachos…

¡Coño de la madre! ¡Lo lograste! ¡Acá estoy llorando como un crío!

IV

“Flaca… no me claves… tus puñales… por la espalda… tan profundo… no me duele… no me hace mal… lejos… en el centro… de la tierra… las raíces… del amor… donde estaban… quedarán…”. No. Que va. Voy a abrir una botella de vino chileno mientras oigo este condenado tema de Calamaro. Y te voy a escribir una carta. O vuelves o no vuelves… no hay dos… de cualquier manera, vendrá la muerte y tendrá tus ojos…

Caracas, 15 de mayo de 20…

En estos momentos sobre Caracas cae una lluvia serena y pertinaz que me ensordece. Han pasado casi cuatro meses y ahora apenas me resuelvo a escribir estas líneas. No sé a qué dirección te la voy a mandar. Pero ten por seguro que voy a encontrar la indicada. ¡Ay, Paula! El ángel de tus manos quedó gravitando sobre mi cabeza…

Ahí están tus creyones Mongol, con los que hacías retratos por las tardes. Bella, mi bella Paula, mi altanera y orgullosa Paula, dime una cosa: ¿Qué demonios haces en Barcelona? ¿Venden Nutella? Sí, claro… cómo no van a vender Nutella…

Coño, Paula, cómo me haces esto. ¿De verdad hasta acá nos trajo el río? Hace nada estaba sonando Flaca, de Andrés Calamaro. Y sabes qué suena ahora, Eternal Flame, de Bangels. Te imaginarás que estoy llorando. Pero hasta aquí. Pongámonos serios, que la vaina es seria.

Es verdad que te pegué unos cachos, pero también es verdad que no has debido revisar mi correo, ni por error. Y también es verdad que tenías tiempo bebiendo en exceso con tu productor. Con tu condenado y –maldita sea la hora en que nació- productor estrella.

¡Fueron diez años, Paula! ¡Diez años! ¿Alguna vez podrás perdonar todo lo fuerte que fue mi manera de afrontar el final? Ojala que sí. Quiero que sepas que te amo con un amor redondo, azul, cabrujiano y –a esta hora- más demoledor de lo que yo quisiera.

Yo todavía te amo. Me imagino que lo sabes. La verdad siempre se impone. Y quiero que sepas que no, que en el fondo de mi corazón, no hay nada más fuerte que el deseo de volver a estar junto a ti. Quizá más adelante podamos comprar la casa que nunca compramos, y cultivar las fresas que siempre soñamos en cultivar. Y quizá también podamos tener unos críos milagrosos, sanos y fuertes… Creo que voy a romper a llorar…

Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el refulgir plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?

Yours,

A

FIN







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