Por Alejandro Ramírez Morón
Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo
de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el refulgir
plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el
ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus
manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del
queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?
Cada mes que pasa me hago menos a la idea de
ya no tenerte. Recuerdo el embrujo de estrellas tornasoles alborotadas en mi
cabeza –como navajas- que fue amarte, enamorarme de ti. Cómo hundías con
ternura tus dedos largos y delicados en la maraña de mi pelo negro azabache. El
piano robusto en medio de la sala de nuestro apartamento. La biblioteca ciclópea
en el estudio. Las revistas regadas por el suelo. El café negro y el chocolate a
media tarde.
Ahora me paso los días escuchando música sin
parar. Es la única forma en que consigo apaciguar un poco los pensamientos. Creo
que venderé los muebles y el apartamento. Necesito comenzar una nueva vida. Lejos
de todo lo que me recuerde que tú y yo fuimos una pareja estable y hermosa. Que
fuimos… que fuimos lo más bello y lo más grande…
Quizá me valla a París o a Bogotá. ¿Tú que
piensas? Creo que me vendría bien cambiar de ambiente y de clima. ¿Ya
encontraste una nueva pareja? ¿Qué se yo? A mí se me ha hecho difícil, pero
sólo han pasado tres meses y medio. Llené nuestro viejo cuarto de rosas rojas y
abrí las ventanas de par en par. El olor me recuerda tu sonrisa, que me hace
tanta falta. Además compré la misma marca de champú que tú usas. No debería
aferrarme. Lo sé.
¿Sabes? Siempre me gustaron tus pies,
perfectamente cortados. Tus labios cremosos, limpios y rosas. Siempre me gustó
ver el brillo de tu lengua rojo escarlata. Tus pestañas largas como cisnes negros.
En cierta forma era música. Todo lo que nos pasaba era música. Y ahora que
acabó… bueno… ¿Alguna vez podrás perdonar todo lo fuerte que fue mi manera de
afrontar el final? Ojala que sí.
Yo todavía te amo. Me imagino que lo sabes. La
verdad siempre se impone. Y quiero que sepas que no, que en el fondo de mi
corazón, no hay nada más fuerte que el deseo de volver a estar junto a ti. Quizá
más adelante podamos comprar la casa que nunca compramos, y cultivar las fresas
que siempre soñamos en cultivar. Y quizá también podamos tener unos críos
milagrosos, sanos y fuertes… Creo que voy a romper a llorar…
Paula, bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo
de mis venas? ¿En el azul eléctrico de la garganta de la media noche? ¿En el
refulgir plateado de tu blusa de satén, ceñida a tu torso dulcemente simétrico?
¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de
tus manos níveas? ¿En el dulce olor a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero
del queso azul y el vino tinto? Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?
I
No sé en qué año, ni en qué hora, perdí el
rumbo de mis días… no sé en que trago de agua, en qué vuelta de hoja, en qué
momento, al amarrarme los zapatos, se me deshizo el destino entre las muelas…
cada hombre tiene un solo destino… ya lo sé… pero el mío arrastra sus cadenas
cual fantasma… no sé si en algún momento debí haber girado a la izquierda, y lo
hice a la derecha… no sé si perdí la vida en un instante y aún no me he dado
cuenta…
¿Sabes? Es una cuestión relativa… acaso de
segundos… acaso determinada por un simple pensamiento… quizá deba dedicarme a
escribir y escribir hasta que me alcance la muerte… dejarlo ser… que sé yo… abandonarme…
esta soledad es como una pared de hierro… tanta gente, tanta gente que ha ido y
venido… no sé en qué año, ni en qué hora, perdí el rumbo de mis días…
Miro el centro de mi corazón… intento deshacer
los nudos… hay que ser fuerte, Paula… en esta vida no hay otro camino que ser
fuerte… en mis manos hay miles de huellas, he tenido que usarlas para amar y
para matar… uno es lo que es, mi bella Paula… uno nunca cambia… cada hombre
tiene un solo destino… estoy agradecido de la vida, porque te tuve entre esas, mis
dos manos… porque mis manos de hierro tocaron tu cintura de papel… porque te vi
reír como una niña… y también lloraste entre mis manos hasta deshacerte del
dolor…
Han sido muchos años postergando lo que
realmente quiero… eso me hizo el tipo irascible que rompió una relación de 10
años… el prepotente que tiró la mesa al suelo… y te gritó que eras una puta en
medio de una medianoche lunar magnífica… que debió ser más bien el escenario de
fondo para un buen vino… sí, me voy a dedicar a escribir… a hacer música… sin
abandonar los negocios, eso sí… la vida es lo que es… yo soy lo que soy… y no
puedo hacer nada por ser alguien más… ya todo está dicho… dos más dos siempre
serán cinco… that’s it… vendrá la muerte
y tendrá tus ojos…
II
El domingo amaneció brillante. Me despertaron
unos pajaritos que se pararon en la ventana. Anoche estuvo mi hermana con las niñas
en casa, y dejaron en el suelo un lego con el que tropecé y de vaina me parto
la frente del tremendo resbalón que dí al saltar de la cama… jejeje… venía de
leer no sé que cosa sobre la prostitución en Bankok en una revista y lo primero
que grité cuando caí al suelo fue: ¡puta madre!... ¿Puedes creer?
Sí… aquella vez te grité puta y es verdad que era
una noche de estrellas… es verdad… pero ya sabes que andabas de tragos con el
maldito producer ese del demonio…
tienes que entender… no sé… además nos habíamos metido coca… de verdad, no sé… para
colmo te habías puesto aquel vestidito negro que apenas te cubría la espalda…
lo que vino después es como un mazazo en la cabeza a plena luz del día…
¿Qué pensaste cuando te montaste en ese vuelo
rumbo a Barcelona? Me dejabas hecho mierda, un manojo de nervios y lágrimas. Ahí
quedé, negociando con el dolor. En la tarde me fui al gimnasio y rompí a llorar
en el sauna. Deben haber pensado que soy maricón. No me dejaste opción alguna.
Actuaste de modo cruel y calculado. ¿Tan mal te hice sentir, en realidad? No
dejaste ni un número telefónico, una dirección… sólo una nota sobre la mesa de
la sala: “Me voy a España… por favor, no se te ocurra tratar de localizarme”. ¿Cómo
demonios esperabas que me sintiera? Ahora me paso los días escuchando música
sin parar. Sí.
III
Sí… Voy a vender este apartamento de mierda y
estos muebles comprados a plazos. ¿Sabes qué? En Bogotá dejé una noviecita que
bien podría sustituirte. Pensándolo mejor, no sé qué demonios te has pensado.
Me la voy a llevar en teleférico a la montaña de Monserrat y le voy a mostrar
el Cristo greñudo que se arrastra allá en la cima, bien en el frío: “de velo y
corona, mi ángel… listo… fresco… ante Dios y ante los hombres”… tú consíguete
un españolete de esos que huelen bien mal...
¡No joda, Paula! ¿Por qué demonios me dejaste
tirado como un trapo sucio? Coño, yo te amaba… te amaba deep and hard… te dí mi carne, te dí mi piso, te dí mi alma, te dí
una extensión de mi Master Card que ni siquiera necesitabas, te dí mis recuerdos,
mis cuentos de fantasmas… te lo hubiera dado todo menos mi cuenta Gmail… esa la
descubriste tu misma el día desgraciado en que me faltó hacer logout… ¿cómo te vas a poner a revisar
mis correos, coño? Sí, vale, te estaba pegando cachos…
¡Coño de la madre! ¡Lo lograste! ¡Acá estoy
llorando como un crío!
IV
“Flaca… no me claves… tus puñales… por la
espalda… tan profundo… no me duele… no me hace mal… lejos… en el centro… de la
tierra… las raíces… del amor… donde estaban… quedarán…”. No. Que va. Voy a
abrir una botella de vino chileno mientras oigo este condenado tema de
Calamaro. Y te voy a escribir una carta. O vuelves o no vuelves… no hay dos… de
cualquier manera, vendrá la muerte y tendrá tus ojos…
Caracas,
15 de mayo de 20…
En estos
momentos sobre Caracas cae una lluvia serena y pertinaz que me ensordece. Han
pasado casi cuatro meses y ahora apenas me resuelvo a escribir estas líneas. No
sé a qué dirección te la voy a mandar. Pero ten por seguro que voy a encontrar
la indicada. ¡Ay, Paula! El ángel de tus manos quedó gravitando sobre mi
cabeza…
Ahí
están tus creyones Mongol, con los que hacías retratos por las tardes. Bella,
mi bella Paula, mi altanera y orgullosa Paula, dime una cosa: ¿Qué demonios
haces en Barcelona? ¿Venden Nutella? Sí, claro… cómo no van a vender Nutella…
Coño,
Paula, cómo me haces esto. ¿De verdad hasta acá nos trajo el río? Hace nada
estaba sonando Flaca, de Andrés Calamaro. Y sabes qué suena ahora, Eternal
Flame, de Bangels. Te imaginarás que estoy llorando. Pero hasta aquí.
Pongámonos serios, que la vaina es seria.
Es
verdad que te pegué unos cachos, pero también es verdad que no has debido
revisar mi correo, ni por error. Y también es verdad que tenías tiempo bebiendo
en exceso con tu productor. Con tu condenado y –maldita sea la hora en que
nació- productor estrella.
¡Fueron
diez años, Paula! ¡Diez años! ¿Alguna vez podrás perdonar todo lo fuerte que
fue mi manera de afrontar el final? Ojala que sí. Quiero que sepas que te amo
con un amor redondo, azul, cabrujiano y –a esta hora- más demoledor de lo que
yo quisiera.
Yo
todavía te amo. Me imagino que lo sabes. La verdad siempre se impone. Y quiero
que sepas que no, que en el fondo de mi corazón, no hay nada más fuerte que el
deseo de volver a estar junto a ti. Quizá más adelante podamos comprar la casa
que nunca compramos, y cultivar las fresas que siempre soñamos en cultivar. Y
quizá también podamos tener unos críos milagrosos, sanos y fuertes… Creo que
voy a romper a llorar…
Paula,
bella Paula… ¿dónde estás? ¿En el rojo de mis venas? ¿En el azul eléctrico de
la garganta de la media noche? ¿En el refulgir plateado de tu blusa de satén,
ceñida a tu torso dulcemente simétrico? ¿En el ph de tu saliva? ¿En el verde
oliva de tu falda? ¿En el pliegue suave de tus manos níveas? ¿En el dulce olor
a crema de tu cuello? ¿En el sabor áspero del queso azul y el vino tinto?
Paula, mi bella Paula… ¿Dónde estás?
Yours,
A
FIN

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