Por Alejandro Ramírez Morón
Su cuello era fino, como el de un cisne. Sus greñas una maraña blonda, que sujetaba con una pequeña daga con cacha de carey. Ella quería amar. Ella quería gritar. Morder y arañar. Soñaba con un macho cabrío, moreno y de rasgos angulosos. Todas las noches. Roxy le había dado el nombre de Miguel Ángel. Tenía la certeza de que ese hombre que veía en sus sueños un día llegaría a su vida real. Lo sabía. Desde niña había tenido sueños premonitorios.
Aquella mañana fría de diciembre en Caracas, la avenida San Juan Bosco de Altamira era un atajo de carros, y las aceras un hervidero de transeúntes ávidos de festejar. Esa noche era la Navidad del año 2020, y los caraqueños –ya resignados a la peste negra- igual sonreían, tarareaban y lanzaban piropos a las negras, cargadas con bolsas de regalo. Roxy miró por la ventana enrejada de su depto para solteros. Decidió ir a hacer algunas pequeñas compras para esa noche.
Por fortuna, la panadería y el expendio de licores quedaban muy cerca, apenas cruzando una calle, ahí en la zona rosa. Compró pan de jamón, panetón, turrones, panecillos, cremas de ajo y berenjena, y un dulce de lechosa que venía empacado al vacío. En la licorería se decantó por el ron Cacique, Coca Cola, hielo y limones frescos. Tomaría Cuba Libre para recordar los tiempos de Carlos Andrés Pérez, cuando era todavía una liceísta, y se iba de farra con sus compañeros.
Miguel Ángel. Así lo había bautizado ella. Y de repente, luego de pagar, y al cruzar de nuevo la calle, allí estaba: era él. Era el mismo tipo que la visitaba en sueños. En la plazoleta había un busto de cierto prócer italiano, una especie de filántropo de la provincia italiana, que había redactado un corpulento manual de ortografía para estudiantes de primaria. Los parroquianos, en gran medida colonia de la bota, habían querido agasajar al intelectual. Roxy fingió tropezar con el busto.
Dejó caer el pan de jamón. Quería trabar conversación con aquel hombre, que la había perseguido durante los últimos 6 meses en sueños. En efecto, el hombre se inclinó y recogió el paquete con el pan.
-Acá tiene, señorita. No sea tan atorada, que estamos en Navidad…
-Gracias! Eres muy gentil. Cómo te llamas?
-Miguel Ángel. Y tú?
-Yo me llamo Roxy. Y te conozco desde hace tiempo. Pero tú no me conoces a mí…
-Jajaja. En serio? Qué loco. Cómo así? –Roxy tenía 40 años y él apenas pasaba de los 20-.
-Qué harás esta noche? Quieres cenar conmigo y escuchar aguinaldos en mi casa?
-Bueno, mira. Yo tampoco tengo familia. Puedo poner unos disquitos de Lavoe, si no te molesta. Los aguinaldos me cansan al rato –dijo con voz de niño lindo y la besó en los labios con calor de carne-.
Esa noche cenaron juntos. Bailaron con los discos de Lavoe, y el ron se les fue a la cabeza. Se metieron en la cama, y entonces fueron llamas ardientes por dos horas y un poco más. Finalmente, el sueño pudo más que ellos. Se encontraron en el mundo de Morfeo, y soñaron al mismo tiempo que tenían un hijo en común. Al amanecer, Miguel Ángel salió del depto sin hacer ruido. Nunca más se vieron. Pero Roxy quedó embarazada esa noche. El niño se llamó Héctor, en homenaje a Lavoe.
FIN

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