viernes, 1 de noviembre de 2019

El ruiseñor de la mafia



Por Alejandro Ramírez Morón

Se hundió en la tina caliente con el cuerpo resquebrajado por los calambres y el cansancio. Había sido un día de trabajo demoledor. Stella no tenía coche, y debía trajinar Caracas a pie, en autobús, y –lo peor- en un Metro cada vez más pestilente y brutal. Sus nalgas se relajaron al extremo al tocar el piso de la tina, una cerámica color azul petróleo que había hecho instalar hacía años atrás, cuando la economía de Venezuela era una muy distinta. It’s the economy, stupid.

Frente a aquel prodigio de agua y burbujas de jabón, un pequeño ventanal ofrecía un fragmento del Avila. Llovía. Era una lluvia persistente, pertinaz, cuyo susurro la hizo adormecerse y sentir todos los músculos del cuerpo distenderse. Caían las 6:30 pm sobre el valle de balas.

Cerró los ojos, y llevó su mano derecho a su entrepierna. Se tocó. Se tocó suavecito. Pensando en ella, y luego en él, y luego otra vez en ella. Apretó muy duro los dedos de los pies, y las mandíbulas sonaron como risitas de niño, cuando el orgasmo le llegó a la tapa de la cabeza. Ufff… encendió un Belmont, luego de secarse un poco las manos con la toalla que encontró más cerca. Ufff… el plexo solar se le relajó, en una especie de brisa fresca y mentolada. No hay nada mejor que casa.

Recostó el cuello del respaldar, y encendió un pequeño radio negro petróleo, marca Stereophonic, que se había encontrado en la basura de su edificio, y que había logrado reparar, echando mano de un par de herramientas. Una emisora de jazz dejaba escuchar “On the Sunny Side of the Street”, una pequeña exquisitez del swing de los años 50’s. Se fue quedando dormida, fue cayendo bajo el embrujo de esa serie de signos y señales que anteceden al sueño.

Soñó con Michael Corleone. Iba trajeado de negro impecable y le decía: “Stella, debes darte cuenta de todo el dinero que gastas en tonterías. No es personal. Son sólo negocios. ¿Qué vas a hacer luego con ese montón de libros de segunda mano, que ni siquiera te has molestado en leer?”, le decía el vástago de Don Corleone. Y luego le daba un beso en la boca. Se convertía en ruiseñor y salía volando por la ventanilla frente a la tina. Un aleteo la despertó.

En el borde del pequeño ventanal había un ruiseñor parado con majestad de capo. Cantó. Cantó precioso. Y ella no quiso mover ni un dedo. Era un instante de mágica hermosura que hubiese sido una torpeza romper. El pájaro voló finalmente. Y ella soltó una lágrima de alegría que cayó en el fondo de la tina. Se levantó, ya más relajada y descansada, el par de tetas corpóreas colgándole sobre el abdomen. Se secó. Se puso una bata de baño color crema. Y se sirvió un té negro.

FIN




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