La madrugada era negra, como una inmensa mantarraya bailando
en fondo de un océano viscoso. Todos aquellos años habían pasado en vano. Un
amor platónico que lo llevó al alcoholismo, ahora se desvanecía entre sus dedos
como el humo de un cigarrillo caótico. Nada. El tiempo se lo había llevado
todo. La niña ya no era parte de su repertorio de anécdotas, se le antojaba una
extraña, una maldición, un anatema.
La cocaína y la impudicia. Dos vicios con el corazón negro.
Anciano. Se sentía anciano. Sin horizonte, más que la muerte. Palabras. Le
sobraban las palabras. Javi era un escritor del under. Nunca había publicado un
libro, pero sus textos habían sido recorridos por muchas pupilas atónitas.
¿Cómo se podía ser tan inmoral?
Pero ahora el tiempo se lo había llevado todo. Su brillo de
reportero estrella de las revistas de mayor recalada en Caracas, de a poco,
había sido cubierto por la muerte. Por la mantilla fúnebre de la muerte. Había
terminado a las putadas con casi todos sus editores. Y se apagó. La gran
promesa que había sido a los 18 años ahora era Satán y daga. Cocuy de penca,
con cigarrillos de contrabando, y la melancolía de Radiohead dejándolo ciego,
como a Borges.
Javi Roth. Sexual. Sensual. Frontal. El enemigo de las
multinacionales, de los burós de comunicaciones. El amable traidor. El devoto
de Charly García. Javi Roth se había despertado en medio de aquella madrugada
buscando algo que ver en el Smartphone. Y sólo encontró gente feliz y exitosa
en las redes. ¿Acaso no había alguien por ahí no tan feliz?
Después de Los Beatles, Radiohead era su banda de rock
favorita. Shuffle. Un playlist de Radiohead, café negro sin azúcar y tabaco de
a 1 dólar la cajetilla. Se sentó a escribir. Con casi 50 años a cuestas, sabía
ya que el tiempo es una lápida. Que todo lo borra. Que destruye hasta la más
amarga pesadilla. Se supo un tipo con suerte, sin embargo.
Se le daban las mujeres. Javi había pasado de ser un flaco
fibroso y aceitado, a pesar 100 kilos. Se había dejado un mostacho que no
permitía distinguir si se estaba frente a un notario, o frente a algún Freddy
Mercury petareño; se había enrollado el alma en el ombligo, se había tragado el
corazón, y nunca más se le vio en los cocteles, en las fiestas, en los bares.
Se encerró con tranca dentro de sí mismo, y botó la llave.
Sin embargo, esa madrugada de mediados de abril de 2023, entendió
que se podía ser un tipo con suerte, y a la vez un absoluto desconocido.
Brillaba en la oscuridad. Apagaba la luz de la alcoba y fluorescía,
mientras el humo de sus cigarrillos describían en el aire, lentos espirales
azul turquesa. Palabras. Le sobraban las palabras. Y por eso puso Radiohead y
se sentó a escribir: sería un escritor de buhardilla de ser preciso. Pero jamás
transaría con el mundo rosa de mariquitas exitosas, que salían retratadas en el
Facebook con los más añejos y cabronazos de los historiadores.
Escuchó “How
to disapear completely”. Voló. Atravesó las paredes mustias del viejo depto de mamá. Vió las luces estraboscópicas, y los parlantes destrozados. Los fuegos
de artificio y los huracanes en su vientre. Al menos estaba vivo, y, sí, era un
tipo con suerte.
FIN

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