Por Alejandro Ramírez Morón
@aleramirezve
Su vida era como un mar negro y embrujado. Sobre su escritorio, la cajita de las píldoras para dormir, un par de libros de Phillip Roth, tabaco, café y los cassettes de Motown. Caracas la sorda. Caracas la bestia sorda. Había recogido una gata callejera, llena de rasguños en toda la cara, que se afilaba las uñas en las cornetas del stereo. Dios y el Diablo. Una honda herida en el corazón. Y aquel diciembre que llegó con sus días hermosos, y el hambre cruel mordiendo las avenidas.
Sobre los 40 años, Xavier Viscayne -el imposible, el superhéroe que no fue-, dejaba correr la hiel por su garganta, como una medicina ya conocida por años. El jarabe para la tos que le producía la presencia de gente extraña. El bálsamo que le curaba las heridas. Viscayne era, en cierta medida, un tipo malo, o un mal tipo. No creía en nada, ni en nadie. Y daba el zarpazo cuando era necesario. No se lo pensaba dos veces. Pensaba, como Vargas Vila, que piedad es debilidad.
La noche de Navidad compró un licor barato y aceitunas. Y se pasó toda la jornada escuchando el soundtrack de Kill Bill y leyendo Las Flores del Mal. Pasadas las 12 de la noche se asomó al ventanal de su casa, un pequeño anexo en Bello Monte que le había alquilado a una pareja amiga, que se había marchado de Venezuela como quien huye de la peste bubónica. Recordó su infancia, ya con los tragos en la cabeza, cerró los ojos y alcanzó a hacer una pequeña plegaria.
Una salva divertida y juvenil de fuegos de artificio reventó en el horizonte. El olor a pólvora fresca se le metió por la nariz, y le hizo recordar cómo cuando niño se pegaba de los frascos de querosene de su madre, para aletargarse los sentidos. Caracas era una ruina. Una ruina lastimera. Era la Navidad de 2019 y Xavier sintió todo el peso de su propia pesadilla carcomiendo sus entrañas. Lanzó un juramento, espetó una maldición, y se tumbó en el sofá cama de la sala.
La gata se le montó sobre la barriga, mientras él se servía otra copa de licor de esquina. Encendió un puro y acarició a la minina, como quien desea volver a ser niño. Maligna, que se así se llamaba la gata, era negra y brillante, y sus pupilas destellaban verdísimas como algas marinas. Viscayne había tomado un par de somníferos, pero realmente quería dormir para siempre.
Así que tomó papel y lápiz, y escribió: “Me voy, porque ya no aguanto el peso de mis demonios. He decidido salir de este plano, en la esperanza de que -más allá- la paz esté en algún lugar. Soy un hombre joven todavía, pero en realidad me siento como de cien años. Luché por años, sin ver el fruto de esa lucha. Me voy en Navidad. Y tal vez por eso Cristo se apiade de mi alma. Me voy sereno. Con la cabeza volada de alcohol y pastillas. Ciao. No lloren por mí. No vale la pena”.
Se levantó como pudo, llegó hasta el armario, y sacó la Smith & Wesson plateada. No le costó mucho llevar el cañón hasta su sien, y apretar el gatillo. La detonación sonó como un petardo más en medio de la candela de una salsa brava, que quemaba el edificio contiguo. Así se nos fue Xavier. Bye.
FIN

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