Por
Alejandro Ramírez Morón
Estrella era una estrella negra, como una
placenta pura y limpia. Brillante y chic. Sexy y maldita. Tenía tatuado un
alacrán, en el borde blanquísimo del tobillo izquierdo. Tomaba coca todas las
noches, y perfumaba sus lóbulos con Chanel Number 5. Sideral bomba, de menudas
extremidades inferiores, y dedos largos, como antenas de insectos. Estrella
amaba la pólvora en las venas, los Smith & Wesson, calibre 38, y el vino
tinto Gato Negro, Cabernet Sauvignon. “Los Cabernet Sauvignon son machos
bellos”, disparaba cuando le pedían una sugerencia.
Tocaba un piano Rhodes, y conducía un
Escarabajo Volkswagen de 1968, azul celeste y con una calcomanía de Radiohead
en el vidrio trasero. Le gustaba usar el Rhodes para tocar nocturnos de Chopin,
o malagueñas malditas. Tenia tres amantes fogosos, varones ásperos, prietos y
calientes, pero su suavidad estaba reservada para Isabella, una lesbiana
divina, francesa y adicta a los libros de Mario Puzo. Estrella vivía en un
pequeño depto de la Avenida Victoria.
Le gustaba desayunar arepas asadas, con queso
telita, y un café Arábica, que costeaba a razón de 250 BsF, cada 100 gramos . Hundía sus
dedos en la vagina, y luego comía sus fluidos, como quien devora un néctar de
vida eterna. Había querido ser estrella de rock, y había terminado por ser una
connotada reportera de negocios. Market share, penetración de mercados, brand
awarness, marketing guerrilla, publicidad emocional, lovemarks. Estrella se
estrellaba. Más que reportera estrella, era la reportera estrellada del
periodismo de negocios caraqueño.
Tenía un PC Lenovo negro como el petróleo, y
fumaba una pipa marca Brebbia, que le servía para pasar por la garganta
toneladas de chill out, house y drum & bass. Su mamá había sido tipógrafo en
la Biblioteca Nacional ,
y por eso había tenido acceso a los mejores libros de Gallegos, de Garmendia,
de Sánchez Peláez, de Ludovico Silva.
Recorría, con 10 años de edad, el Boulevard
Panteón jugando a contar las losas. Y el olor rancio de los negros de El
Silencio, comenzaron a ponerla cachonda a los 15 años, cuando todavía jugaba
rayuela frente a La
Catedral. A los 20 años se atrevió a tomar LSD, y conoció
Abbey Road, de The Beatles, para jurar a la luna que nunca se casaría, que
nunca fregaría platos, que nunca sería una tonta ama de casa, pestilente a
aceite agrio. Estrella sería estrella. De rock. De lo que fuera.
Pero un día, hurgando en su biblioteca, topó
con una edición de la Biblia ,
de los Gedeones Internacionales, esa horda de evangélicos que inundan los
hospitales y las cárceles con un librito azul rey. Leyó por curiosidad
antropológica. Y Cristo conquistó su corazón, por curiosidad teológica.
Estrella decidió en ese momento –Cristo le habló, y le dijo que la quería
coronando el universo- que sería católica practicante.
Lo que vino después no fue fácil. Nunca dejó
la coca, ni dejó de tocar malagueñas malditas en el piano Rhodes, pero se hizo
adicta al Santo Rosario, a la misa, a la confesión, al ayuno, y a la Biblia , pero en su edición
latinoamericana. Pretty chic.
FIN

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