miércoles, 14 de septiembre de 2016

ESTRELLA



Por Alejandro Ramírez Morón

Estrella era una estrella negra, como una placenta pura y limpia. Brillante y chic. Sexy y maldita. Tenía tatuado un alacrán, en el borde blanquísimo del tobillo izquierdo. Tomaba coca todas las noches, y perfumaba sus lóbulos con Chanel Number 5. Sideral bomba, de menudas extremidades inferiores, y dedos largos, como antenas de insectos. Estrella amaba la pólvora en las venas, los Smith & Wesson, calibre 38, y el vino tinto Gato Negro, Cabernet Sauvignon. “Los Cabernet Sauvignon son machos bellos”, disparaba cuando le pedían una sugerencia.

Tocaba un piano Rhodes, y conducía un Escarabajo Volkswagen de 1968, azul celeste y con una calcomanía de Radiohead en el vidrio trasero. Le gustaba usar el Rhodes para tocar nocturnos de Chopin, o malagueñas malditas. Tenia tres amantes fogosos, varones ásperos, prietos y calientes, pero su suavidad estaba reservada para Isabella, una lesbiana divina, francesa y adicta a los libros de Mario Puzo. Estrella vivía en un pequeño depto de la Avenida Victoria.

Le gustaba desayunar arepas asadas, con queso telita, y un café Arábica, que costeaba a razón de 250 BsF, cada 100 gramos. Hundía sus dedos en la vagina, y luego comía sus fluidos, como quien devora un néctar de vida eterna. Había querido ser estrella de rock, y había terminado por ser una connotada reportera de negocios. Market share, penetración de mercados, brand awarness, marketing guerrilla, publicidad emocional, lovemarks. Estrella se estrellaba. Más que reportera estrella, era la reportera estrellada del periodismo de negocios caraqueño.

Tenía un PC Lenovo negro como el petróleo, y fumaba una pipa marca Brebbia, que le servía para pasar por la garganta toneladas de chill out, house y drum & bass. Su mamá había sido tipógrafo en la Biblioteca Nacional, y por eso había tenido acceso a los mejores libros de Gallegos, de Garmendia, de Sánchez Peláez, de Ludovico Silva.

Recorría, con 10 años de edad, el Boulevard Panteón jugando a contar las losas. Y el olor rancio de los negros de El Silencio, comenzaron a ponerla cachonda a los 15 años, cuando todavía jugaba rayuela frente a La Catedral. A los 20 años se atrevió a tomar LSD, y conoció Abbey Road, de The Beatles, para jurar a la luna que nunca se casaría, que nunca fregaría platos, que nunca sería una tonta ama de casa, pestilente a aceite agrio. Estrella sería estrella. De rock. De lo que fuera.

Pero un día, hurgando en su biblioteca, topó con una edición de la Biblia, de los Gedeones Internacionales, esa horda de evangélicos que inundan los hospitales y las cárceles con un librito azul rey. Leyó por curiosidad antropológica. Y Cristo conquistó su corazón, por curiosidad teológica. Estrella decidió en ese momento –Cristo le habló, y le dijo que la quería coronando el universo- que sería católica practicante.

Lo que vino después no fue fácil. Nunca dejó la coca, ni dejó de tocar malagueñas malditas en el piano Rhodes, pero se hizo adicta al Santo Rosario, a la misa, a la confesión, al ayuno, y a la Biblia, pero en su edición latinoamericana. Pretty chic.


FIN

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