martes, 13 de diciembre de 2016

La Balada de Roxana



Por Alejandro Ramírez Morón

Roxana enjugó su generosa melena con shampoo de frutas, almendras y aloe vera. Aquel baño oxigenado por exhalaciones de yegua sideral, estalló en una fiesta de aromas corpulentos, que iban a perderse en el vapor espeso que el agua hirviendo hacía gobernar. Cabeza de Medusa. Un hilo indisciplinado de jabón le corrió de la nuca a la baja espalda, describiendo orlas coquetas, burbujitas (plop, chin, swip, splash…), sonidos chiquiticos, apenas perceptibles por el oído humano. 

A través del ventanal de la ducha –vidrios ahumados, reja dura, con el hampa nunca se sabe- se abría de palmo a palmo el milagro matutino del Ávila sacudido por el sol de Caracas. Roxana tenía al menos dos o tres buenas ofertas de trabajo en el extranjero, pero -más allá de los detalles de dinero, piso, visados y esas cosas- aquel cerro milagroso la mantenía, en cierta medida, amarrada a la capital del infierno, a Venezuela y su violencia angelical, que no encontraría muy fácil allende.

Se sacó con una lluvia feroz de agua helada –navajazo, astilla casta, mordida mineral- aquel manto perfumado de shampoo que la coronaba. La brisa de diciembre se coló por el ventanal, como un hada o un espectro alegre, tensando la piel de sus mejillas, pidiendo una sonrisa a sus labios, alojando una luciérnaga de gozo en su plexo solar. Asomó ahora la cara francamente, ex profeso, y pudo inhalar el mentol picante de la hierba recién cortada. Entendió que ya era Navidad.

Cubierta con una gruesa bata de paño -color verde aguacate-, Roxana fue marcando pisadas de agua hasta su alcoba, donde el aire acondicionado compactaba un fuerte olor a nicotina, incienso y perfume de mujer. Allí se sabía reina, dueña y señora, faraona de su propio guión cinematográfico, Cleopatra (sin Antonio que la molestara), y propietaria de la voluntad de un ejército de varones seducidos, ya a sus pies; de una cuenta Gmail y de un Mercedes Benz. 

Echó a andar la placa Mama Said, de Lenny Kravitz, y dio un par de caladas agresivas –pero sensatas- a un porro. Sobre la mesa de noche, se desperdigaban iridiscentes memorias familiares, fotos mágicas de su abuela materna, libros de poesía nipona, un frasco de Nutella a medio devorar, y una libreta con anotaciones diversas, ideas aéreas, bocetos y conceptos que se le habían escurrido entre los dedos, y que habrían muerto del todo, de no haber sido por el lápiz.

Había decidido pasar la mañana en casa. Cerró los ojos y miró hacia adentro. Tenía 47 años recién cumplidos, y una clara certeza de haberlo comprendido todo. “Hay poco que perder, y mucho que ganar. Cuando me doy un baño a fondo, me siento feliz como los perros callejeros”, anotó con trazo lento e irregular. El nirvana opiáceo de la ganya le reventó de pronto en la sesera. Hizo rodar en su pantalla plana una porno de John Holmes, y tocó su entrepierna dulcemente. Ahhh…

El edredón felpudo le cubría el par de piernas musculosas. John Holmes arremetía un coño frondoso, con brío felino. Se vio en el plasma Sony aquel glande poderoso y sonrosado, explotar golosamente en un blanco néctar.

FIN

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