Por Alejandro Ramírez Morón
La reverberación orgánica de la Fender Stratocaster se alojó en su vientre, como una rana mágica o el dedo milagroso de Dios, tocando sus entrañas. Estaba desnuda en su alcoba, tomando mucha agua, comiendo ostras sin parar. No hacían dos horas de su última rutina de cardio; salvaje y visceral, explosiva y carnal. No había tenido chance de ducharse, así que un olor pringoso a sudor canino le nacía en la entrepierna, y se derramaba –sexual- por todo el recinto. Masajeó sus pies.
En el stereo marca Sony –negro azabache, polímero insólito- se dejaba colar una selección de chill out. Esa noche vendría él a cenar. Alex llegaría sobre las 10 pm. Pensó en su greña corta y alborotada, en sus manos de boxeador callejero, en su angulosa cara de mafioso; sin embargo, unas cejas finas pero inteligentes le daban a su rostro un encanto de lactante, de santo de iglesia, que bajaba por su tórax bronco hasta un pubis infernal, hasta una verga morena y elegante.
Violeta. Su nombre era Violeta. Usaba Trésor, de Lancome, y devoraba noticias en Internet de manera incontenible. Se preguntaba qué pensarían los seres del espacio exterior, si tuvieran que vivir aunque sólo fuera por un día en el planeta Tierra. San Juan Pablo II los había definido como “ángeles hermosos”. ¿Qué pensarían? Si tuvieran que vivir aunque sólo fuera por día en este valle de balas. Violeta tenía un potente telescopio, y antes de dormir, escrutaba las gélidas estrellas.
Su cama matrimonial, tamaño King Size, estaba cubierta por un edredón robusto de astros y planetas, usaba tres almohadones presuntuosos y gordos como damas inglesas, y apretaba entre sus piernas un Chewbacca de peluche, que ya no soportaba un viaje adicional al hoyo negro de su lavadora. Tenía los brazos fibrosos y aceitados, la faz perfecta de una estatua etrusca, y un corazón de niñita, que no había cambiado a lo largo de los años. Era una cuarentona de 6 años.
Cenarían sushi, con un espumante helado. Todo estaba dispuesto en la cocina, un enrevesamiento de líneas rápidas y geometrías astutas, maravilla del diseño moderno, regalo de Alex años atrás, cuando habían decidido formalizar su relación. Allí, sobre el tablón donde picaban cebollas, tomates y carnes rojas, él había colocado una botella de Möet Chandon, sólo para blandir un par de anillos de plata sin mayores afeites, sencillos como el amor que ataba sus corazones.
Comerían desnudos, como siempre. Así que ella sólo se dio una ducha de agua helada, y se echó un Rosario de madera al cuello. Encendió un incienso de mandarina, mientras el chill out rebotaba en las paredes del comedor, todo a media luz, misterioso y natural. Se oyó la puerta abrirse en una pequeña chispa cálida y familiar –sólo un click, él tenía la llave-. Violeta desplegó un par de ojazos marrones -black swan-, encendió un porrito generoso, y corrió a echársele en los brazos.
Alex la atajó con rica calidez y erótica dulzura, le dio un beso mojado en la boca, y dejó las llaves sobre la mesa blanquísima del comedor. “Me voy a duchar yo también, amor mío”, susurró entre dientes, mientras le pellizcaba la nalga carnosa y coqueta. Un ángel sonrió desde el espacio. Luz.
FIN

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